03.09.18
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Crítica: Yanka y el espíritu del volcán, por Pedro Seva

(Argentina, 2018)

Dirección: Ivan Abello. Guion: Ivan Abello, Julieta Ledesma y Fernando Regueira. Elenco: Maite Lanata, Juan Palomino, Enrique Dumont, Ezequiel Volpe, Aymará Rovera, Gastón Pauls, Hugo Arana. Producción: Ignacio Rey, Gastón Rothschild, Fernando Sirianni, Manuel Faillace. Distribuidora: Digicine. Duración: 85 minutos.

Cien años adelantado.

Hace algunos meses, en este sitio, Jose Luis De Lorenzo se preguntó sobre la capacidad de reconocimiento autoral –auteurismo– del trabajo efectuado por un guionista. Tarea harto difícil de descifrar, debido en parte a la tendencia (¿Actual?) de sopesar toda acción colectiva sobre la mera individualización de una persona, y en parte, a la indefectible incapacidad de ver el todo más que como la simple suma de compartimentos separados; al fin y al cabo: componentes dispersos.

Entonces, ¿Es un error considerar toda una empresa en función de la voluntad de un único individuo? El auteurismo (la teoría insípida) siempre deja espacios para este cuestionamiento. Lo que no deja ningún tipo de duda es que el autor (el ente creador) siempre aparecerá en función de ese sistema que habita. El autor es tal en cuanto pueda comulgar un ideario único en un ambiente compuesto por diversidades.

Bueno, más allá de este inevitable exordio, llego a ver Yanka y el espíritu del volcán como parte de la obra de un autor, su guionista Fernando Regueira.

Hay un ánimo muy particular en sus obras. Allí siempre somos testigos de una construcción en desarrollo; una leyenda ninguneada y restringida al ámbito de lo popular (la leyenda de Saigo en Samurai, o la propia leyenda mapuche en Yanka) se transforma en la constitución final de estos mundos. De tal forma, para certificar la unión de un territorio como Nación (en Samurai, dentro del marco de la Conquista del Desierto), es necesario comprender que la tradición ahondante particular (el honor, la concepción del guerrero y de la familia) debe ser actualizada como universal, y así -en la última y mejor escena de dicho film- que el sable icónico pase de un samurai a un soldado; ahora, de un guerrero a un guerrero.

El despliegue de Samurai se repite en Yanka. Observamos, nuevamente, a ese protagonista enraizado en lo familiar (aquí Yanka mantiene su nombre mapuche pese a ser criada fuera de su comunidad primigenia) que sale en busca de su madre perdida. En ambos films el personaje persiste en encontrar a su progenitor material (el padre de Takeo en Samurai, la madre mapuche de Yanka) tanto como al progenitor simbólico, mítico (Saigo en Samurai/Pillán en Yanka), con un elemento icónico de su tradición que deberá revalorizarse en el pasar de la aventura (el collar ritual vuelto adorno/chuchería para trascenderse finalmente como piedra sacrificial, similar al sable de Takeo que pasa de ser un artilugio museístico para transformarse en un legado raigal) y un compañero contrastante (el bufón Chucao en Yanka, o el disminuido Poncho Negro en Samurai). Ello desemboca en un final de síntesis donde es menester hacer un repaso, un toma y deja de lo que se expuso en el film.

Es en este punto final donde mejor se desenvuelven las obras de Regueira, donde mejor se efectúa ese gusto agridulce que sus haceres tienen, ese “dorar la píldora amarga” que une de consuno la tragedia del sacrifico crepuscular con la esperanza en un proceder legendario. Es la virtud de saber que ha de conservarse. Y eso es estar verdaderamente adelantado.

 

 

© Pedro Seva, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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