28.02.18
Cine _ Estrenos

Crítica: La Maldición de la Casa Winchester (Winchester), por Pedro Seva

(Australia, Estados Unidos, 2018)

Dirección: Los Hermanos Spierig. Guión: Los Hermanos Spierig, Tom Vaughan. Elenco: Helen Mirren, Jason Clarke, Sarah Snook, Angus Sampson, Finn Scicluna O`Prey, Laura Brent, Tyler Coppin, Eamon Farren. Distribuidora: BF Distribution. Duración: 99 minutos.

¡Doble o nada!

Nota: Debido a la falta de entendimiento -ya acostumbrada- en el momento de traducir los títulos cinematográficos, usaremos únicamente el original Winchester. El agregado “La maldición de la casa” niega las dicotomías enfermedad/maldición y cura/veneno (la segunda, evidente en la bala y el laudano de Price). Más aún, el uso de “Winchester” (a secas) refleja la polémica doble y fantástica del film. Winchester es la casa, la familia y el instrumento mecánico creado por esta (véase a tal respecto Frankenstein, de Mary Shelley).

Luego de una sólida muestra de terror fantástico clase B, los Spierig volcaron su cine directamente al thriller. Estos directores, de ascendencia germano-australiana, produjeron films como la intrincada Predestination, la fallida Jigsaw: El juego continúa (Jigsaw) y la presente Winchester, en este caso regresando al fantástico. Vale decir: un poco más sabios.

Los films de estos hermanos se comprimen en anécdotas mínimas, desplegándose taxativamente en persecuciones totales -tanto como locales- donde siempre hay un uno que busca a otro (un agente que persigue a un terrorista, un detective forense que persigue a un asesino serial, una presencia que persigue a los Winchester).

Los Spierig se colocan dentro de la más irreductible persecución para así configurar films laberínticos. Que resultan, a su vez, espejados por los marcos diegéticos del film: la casa/laberinto Winchester, el juego sin salida de Jigsaw, el devenir caótico de Predestination.

De todas maneras, instaurar lo laberíntico en la trama solo supone un recurso útil si les permite variar -o incluso invertir- el tempo de sus relatos. Parece ser usual que, llegada la conclusión, la trama se encuentre en perpetua reconfiguración. Los roles cambian y, en un momento genuinamente hitchcockiano, el perseguidor termina siendo perseguido por aquel que originariamente perseguía.

Aquí se revela el componente máximo de estos films. Los Spierig, fieles a su tradición germana, retoman constantemente el personaje doble. Personajes que presentan facetas diametralmente opuestas, tejidas por el mismo hilo, y que participan de la misma persecución. El choque entre los dobles siempre conlleva un resultado trágico, sin escapatoria. Un fino uróboros que masculla incansablemente su propia cola (no se nos escapa la ironía de que los directores, hermanos gemelos idénticos, retomen el personaje doble).

Entre los dobles hay un tercero, casi siempre fuera de campo. Un personaje que puede ver el laberinto desde arriba. Actúa como marcapasos del relato, permaneciendo suspendido de la persecución central del film. Robertson en Predestination o el propio Jigsaw en Jigsaw, ellos funcionan dualmente. Primero dan comienzo al relato -encargan o predisponen la persecución- para luego ocultarse en el rol de ringmaster. Aquel que canta las cartas.

La apuesta de Winchester retoma otro fundamento de los Spierig, proveniente de su lado australiano: el personaje excéntrico. La narración se desarrolla sobre una anécdota sencilla: el psiquiatra Eric Price es enviado a la casa Winchester para refutar la supuesta demencia de Sarah Winchester. De probarse su locura, ella perderá su parte de la empresa Winchester (la que fabrica los famosos rifles del mismo nombre).

El diseño de la película pone especial atención a las posibilidades dobles que trae consigo el nombre Winchester. Winchester como empresa yanqui (aquella que armó a las tropas de La Unión durante la guerra civil) permanece fuera de campo. Pero a su vez, la influencia manifiesta de esta empresa estará presente en cuadro, devenida fantástica con la presencia de los espiritus que hondan la casa Winchester. Como en La niebla (The Fog) el regreso de este mal -siniestro o doble- corresponde con la expiación de un crimen originario. Fundador.

La puja entre el juicio empirista psiquiátrico de Price y el espiritismo excéntrico de Sarah Winchester resulta la piedra angular en la simbología del film, llegando al momento cúspide en que Price dispara su bala polémica (aquella que mata y da vida) contra la invisible presencia siniestra de la mano anónima yanqui/winchester. Proyectil que contiene la inscripción “unidos por siempre”. La bala se arroja (se dispara) para destruir al enemigo diabólico, en pos de unir un pasado tormentoso y una familia deshecha.

Y mientras que los protagonistas sufren una crisis metafísica/espiritual (y sumamente corporal), un proletario -que construye la inacabable casa- exclama contento, en un momento brillantemente trágico: “¡Lo bueno es que tenemos trabajo durante todo el año!”

calificacion_4

 

 

© Pedro Seva, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

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