18.02.20
Cine

Sobre “Los 400 golpes” y “Besos robados”, por Hernán Schell

 

De la sombra a la luz

La historia es conocida: a fines de la década del 50 Francois Truffaut estrenó Los 400 golpes, película con tintes autobiográficos sobre un niño dueño de una infancia sufrida llamado Antoine Doinel. De esta película, su relevancia histórica y su relación con ese movimiento llamado Nouvelle Vague se ha escrito mucho. De las películas posteriores de la saga Antoine Doinel (compuesta por el mediometraje Antoine y Collete  y los largometrajes Besos robados, Domicilio conyugal, y El amor en fuga) se ha escrito menos. Por otro lado, ninguno de ellos ha generado imágenes tan icónicas como el primer film. Es raro si se piensa, porque algunas de estas películas no sólo son tan buenas como Los 400 golpes sino incluso superiores. Podría atribuirse esto a dos factores: que no tuvieron la relevancia histórica y el impacto de este primer film, y que también carecen de su enorme tristeza; elemento que suele atraer más los análisis académicos y la introducción de cánones a veces justos y a veces misteriosamente arbitrarios.

Besos robados, de hecho, es una de las películas más amables que se hayan realizado. La película se ubica nueve años después de Los 400 golpes, donde aquel niño Antoine Doinel (interpretado, como siempre, por Jean Pierre Leaud) ya es, lógicamente, un joven. Si Los 400 golpes empieza con una secuencia de créditos en la que una cámara recorre las calles de París para filmar desde distintos ángulos la torre Eiffel; Besos robados abre con distintas panorámicas de París pero apenas muestra la famosa torre en el plano final de la secuencia de créditos, acaso un detalle más de la ciudad en la que transcurre la historia.

 

Tiene mucho sentido si uno lo piensa. Los 400 golpes es una película sobre un chico que busca un espacio de identidad y un lugar de contención; volver una y otra vez sobre un espacio icónico implica la idea de ir a un lugar seguro, como quien se aferra a lo conocido para sentir que se camina por un camino más o menos predecible. Para ese Antoine Doinel, esa actitud está relacionada con la que pasará durante una película en la que el mundo es percibido por él como un lugar hostil. En Besos robados el mundo ya no parece tan hostil para Antoine. Los militares lo tratan bastante mejor de lo que lo trataban los padres o maestros de escuelas, ha encontrado en los padres de un amor pasado (y quizás presente) una suerte de padres sustitutos que se preocupan por él; y lo que es más importante, ahora su vida no gira tanto en torno a buscar protección y cariño filial, sino a explorar distintos oficios y aprender a conquistar mujeres, cosas que en la película van de la mano. O sea, París ahora se ha transformado en un lugar a descubrir, de ahí que en Besos robados la torre Eiffel sea apenas una construcción que se ve lejana, como un detalle sin demasiada importancia a la que ya no es necesario volver una y otra vez para sentir seguridad.

Y ahí es donde vendrá una de las principales paradojas a la hora de comparar Los 400 golpes con Besos robados. La primera es una película sobre la niñez, pero filmada desde el punto de vista de un adulto. Por eso la mirada compasiva pero también distante por parte de un Truffaut que mira ese mundo y su propio pasado desde una óptica de alguien que ya ha vivido todo eso. Besos robados, en cambio, es una película lúdica, donde Truffaut filma la vida de un veinteañero en un París que parece el espacio para el juego. Si esto es así es porque en algún punto un juego siempre tiene que ver con la improvisación y con algo divertido, y en el transcurso de la vida de este Doinel, todo parece ser un prueba y error constante, con acercamientos a chicas que podrán o no corresponderle, u oficios que se hacen con el cuidado pero también con la torpeza propia de un principiante. A lo largo de Besos robados Doinel será recepcionista, detective y técnico de televisores, pero también cliente de prostitutas, amante y finalmente novio. En las dos cosas habrá una evolución del personaje de un estado de inocencia a una incipiente adultez, pero también una luminosidad que se vuelve cada vez más deslumbrante en la medida que va avanzando la película y más aún en la medida en que se la compara con Los 400 golpes.

El último plano de Los 400 golpes, uno de los más famosos de todo el cine francés, encuentra al pequeño Antoine Doinel corriendo hacia el mar primero, y luego dándose vuelta para mirar a la cámara. La última imagen parece remitir a la idea de un chico perdido, aunque también es una forma de la película de confesar su propio artificio, su propia condición de ficción. Si bien algunos han interpretado este final como un hecho angustiante (se ha dicho, por ejemplo, que tiene que ver con un Antoine Doinel buscando contención desesperadamente en sus espectadores cuando no la ha tenido en ningún otro lado), es posible que pueda leerse también con un secreto optimismo. Truffaut, que creó a Antoine Doinel como su propio alter ego para relatar su propia niñez, termina mostrando en esta confesión del artificio que ahora él es un cineasta, que ha crecido, que tiene un oficio y que ya no es más ese chico solo que fue antes. Besos robados es prácticamente la afirmación de este optimismo en que las cosas a veces pueden mejorar; por eso acá el crecimiento, en vez de resultar tortuoso, resulta cómico y no pocas veces placentero, y el futuro de Antoine es la muestra de que finalmente el crecimiento no tiene por qué conllevar un estado de melancolía por la inocencia pasada. Justamente, ese romanticismo bobo, expresado en un psicótico enamorado que cree en los amores imperecederos desde una óptica totalmente naive y que aparece al final de Besos robados, es la creencia que la película parece negar todo el tiempo. En todo caso, lo que Besos robados propone es una felicidad inevitablemente perenne, cambiante e impredecible, que si la película puede evocar con total convicción es quizás porque lo hace en un momento de la vida de Doinel donde el mundo es aún un lugar para descubrir. Es posible que esto haga que el único rasgo de tristeza de la película se dé hacia el final, cuando Doinel ya haya madurado lo suficiente como para tener una pareja estable y entonces uno sepa que ese universo lúdico ha llegado a su fin. De eso se ocupará en todo caso Domicilio conyugal, otro largometraje perfecto, no exento de luminosidad pero tampoco de un tono agridulce. Pero eso, claro, es otra historia. Mientras tanto, el díptico extraordinario de Los 400 golpes y Besos robados puede conservarse, por sí solo, como una de las manifestaciones más lúcidas y optimistas de la fe en que el paso del tiempo, al menos por una época, puede ser una de las formas de felicidad.

@ Hernán Schell, 2020 | @hernanschell

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