16.05.19
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Crítica: Tolkien, por Carla Leonardi

(Estados Unidos, 2019)

Dirección: Dome Karukoski. Guión: David Gleeson, Stephen Beresford. Elenco: Nicholas Hoult, Lily Collins, Colm Meaney, Tom Glynn-Carney. Producción: Peter Chernin, David Ready, Kris Thykier, Jenno Topping. Distribuidora: Fox. Duración: 112 minutos.

La escritura como sanación

La acción nos sitúa en la Battalla del Somme en 1916, durante la 1ra Guerra Mundial, que fue una de las más cruentas para las fuerzas británicas y francesas, aliadas contra el ejército alemán. Allí el joven Tolkien (Nicholas Hoult) se levanta apresuradamente de su litera para ir hasta el frente a buscar a un amigo. Un compañero de batallón trata de persuadirlo de que permanezca descansando pues padece fiebre de las trincheras, pero Tolkien está decidido a continuar y a su compañero Sam (Craig Roberts) no le queda otro remedio que guiarlo y protegerlo en la misión. Así comienza Tolkien (2019), largometraje del director finés Dome Karukoski, que apunta a dar cuenta de los años de formación del escritor que vio la fama con su novela fantástica El Hobbit (1932) y posteriormente con su secuela, la trilogía El señor de los anillos (1954).

La película avanza en una temporalidad alternada, poniendo en paralelo las secuencias bélicas  del rescate de su amigo con la gestación de dicha amistad durante la adolescencia, para luego, finalizada la guerra, avanzar dando cuenta del surgimiento de El Hobbit como una historia que en principio fue concebida para sus hijos.

En su adolescencia, huérfano y bajo la tutoría legal del padre Francis, es recibido en el orfanato de la Sra Faulkner. En esta etapa conoce a quienes son sus mayores influencias, Edith Bratt (Lily Collins), quien le transmitie sentirse prisionera al servicio de la señora Faulkner y anhela la libertad de poder debatir y desarrollar su gusto por la música de Wagner a la par de un hombre. Edith será el gran amor de Tolkien, a quien no accede sin renuncias ni dolor (clara influencia de la princesa élfica de sus libros) y también quien lo interesa por la ópera de Wagner “El anillo de los Nibelungos”, de inspiración en la mitología gérmanica y en las sagas medievales (clara referencia de El señor de los anillos). Por otro lado, ingresa en el prestigioso colegio King Edward, donde conoce a sus tres amigos (Rob Gilson, Geoffrey Smith y Cristopher Wiseman) con los cuales formará el Club del Té y la Sociedad Barroviana (que toma el nombre de la casa de té Barrow en la cual se reunían luego de la escuela). De aquí surge el espíritu de cofradía y fraternidad donde los amigos, que se alientan unos a otros a desarrollar sus artes y se comprometen en la misión de transformar el mundo, encarnan la típica épica de los ideales de la adolescencia. La idea de una comunidad, que lucha con coraje por un mundo mejor, es evidente en este primer círculo de amigos.

La joven adultez lo encuentra entre las piedras grises y góticas de los claustros de la universidad de Oxford. Habiendo perdido la beca para continuar estudiando y al amor de su vida, a quien debió renunciar por insistencia del padre Francis para poder estudiar en la academia;  la noche encuentra a Tolkien desesperanzado; gritando y balbuceando una de sus lenguas inventadas en uno de los patios de la universidad, en plena borrachera. El incidente tiene dos consecuencias. Por un lado; el encuentro con el eminente profesor de Filología Wright (Derek Jacobi), su mentor para desarrollar su pasión por las lenguas antiguas y por la sonoridad de la palabras, lo cual le será vital a la hora de crear nuevos nombres significativos en su imaginería de ficción. Por otro lado, las palabras de consuelo de su mejor amigo Geoffrey (Anthony Boyle), quien como poeta le enseñará a ver en lo doloroso de un amor no correspondido la belleza de ese sentimiento tan puro e intenso.

Viniendo de tantas pérdidas tempranas y de la pérdida de Edith, la guerra encuentra a Tolkien ante la inminencia de una nueva pérdida, de ahí que se entienda su desesperación por rescatar a su gran amigo Geoffrey. La fiebre lo hace caer en un cráter rodeado de cadáveres en medio de un paisaje desolado y destruido, muy distante de la belleza de las verdes y fértiles praderas de la campiña de su niñez, fuente de inspiración de La Comarca. Aquí la paleta de colores vira hacia el negro y el rojo, tiñéndose de oscuridad y maldad. Las visiones escalofriantes y tenebrosas del horror, que se dibujan en el fuego y en el humo de las metrallas, resultan, en medio del estado febril de Tolkien, clara referencia a las sombrías tierras de Mordor donde habita el Señor oscuro y al destino apocalíptico, si éste llegara a dominar el mundo.

Luego de la convalecencia y la guerra, Tolkien se encuentra con la madre de su amigo Geofrrey (que habrá muerto en el frente, al igual que Robert Gilson) y le pedirá permiso para publicar un libro con sus poemas prologado por él. La Sra Smith (Genevieve O’Reilly) al comienzo se muestra renuente a esta idea y se pregunta: ¿Cuál sería el sentido de publicar sus poemas? Esta es una pregunta que podemos pensar que también se hizo el mismo Tolkien, cuando luego de la guerra se hallaba extraviado y había perdido la pasión por la escritura. En esta pregunta se anuncia el debate posterior a la Segunda Guerra Mundial en torno de la posición del filósofo alemán Adorno, que consideraba que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Tolkien toma la posición de aquellos que, por el contrario, consideran que justamente porque se vivió el horror innombrable, se vuelve un acto ético el intentar encontrar en el mundo algo de magia y belleza.

Tolkien, desde el punto de vista del género, es una biopic que puede interesar tanto a los fanáticos del escritor como a aquellos que se interesen en las biografías de intelectuales. La película incursiona de manera bastante fiel en el background de formación y en contexto histórico a partir del cual vieron la luz sus novelas más emblemáticas, lo cual permite que ellas adquieran un nuevo sentido para sus lectores en tanto se advierte que eventos de su vida real se amalgamaron con su capacidad de invención, dando lugar a un mundo de ficción cautivante y altamente significativo en su potencia simbólica. El film encuentra sus puntos más altos e interesantes cuando Karukoski abandona el terreno realista y asume un tono más fantástico y poético en sus formas, acercándose al tono y a la imaginería que concibió esa mente tan prolífica y brillante que fue John Ronald Tolkien.

 

 

© Carla Leonardi, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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