03.12.19
Cine _ Dossier _ Películas

Sobre una escena de “El irlandés”: Un mensaje siciliano, por Melina Cherro

UN MENSAJE SICILIANO

El film de Scorsese, El irlandés, es bello, largo, difícil de seguir por momentos y lleno de ideas políticas, religiosas, históricas – porque el cine cuando es cine– y, además, muchas citas o referencias, o más bien, diálogos con su propio cine (el de Scorsese) y con el de otros. Y con El Padrino de Francis Ford Coppola. Obvio.

Entonces, la mejor manera de hablar del film de Scorsese es centrarse en esos detalles que el director deja aquí y allá para que nosotros miremos, y pensemos y entendamos así su visión del mundo, haciendo que sea la nuestra también.

Veamos, por ejemplo, la escena en donde llevan a Hoffa en auto a lo que va a ser su morada final. Ahí hablan una y otra vez del olor a pescado que hay en el auto. Chuckie supuestamente pasó por una pescadería, recogió un pedido de pescado y se lo entregó a un amigo, todo esto antes de buscar a Frank y al otro, y desde luego a Hoffa.

Bien. Excelente. La conversación parece sacada de una película de Tarantino. Todos hablan del pescado, del olor, de qué pescado compró si salmón o no se qué otro, si lo envolvió y como lo envolvió, si limpiaron o no el auto. Tarantino. Parece una de esas escenas tan aclamadas de diálogos superfluos en medio de una situación dramática, o algo así. Pero gracias a Dios, Scorsese sabe lo que Tarantino no.

Scorsese viene peleando contra las películas de Marvel, sabe que a esos puede atacarlos y decirles que eso no es cine de manera directa. También sabe reconocer que todo ya lo dijo Coppola en El Padrino y es desde ahí que construye este film. Porque Scorsese sabe. Y sabe también poner en su lugar a cada quién, con sus mejores armas, y con las de otros.

Entonces, todo parece muy superficial en la escena del auto. Algo terrible va a pasar y todos hablan del pescado. Y aquí es cuando Scorsese nos dice ojo, los diálogos pueden parecer superficiales y deben ser divertidos si el clima del film lo permite, pero siempre están contando algo más. Es la capacidad que los diálogos tienen de construir doble sentido. Porque si son superficiales y nada más, es Hitchcock mal entendido (recordemos que dicen que Hitchcock dijo que los diálogos son ruido). Pero son ruido que tiene ritmo, ruido que canta, ruido que nos guía hacia ese lugar secreto que el cine tiene.

Algo huele mal en el auto de Chuckie. Claro, van a matar a Hoffa. Frank va a matar a Hoffa. A su amigo, a ese que le abrió los caminos de la vida. Ese que le enseñó todo. Y Frank sabe, aunque sufre porque es trágico, que tiene que matarlo, que es así. Entonces el auto huele a traición, huele a muerte, huele a pescado. Y Hoffa da su último consejo “nunca lleves pescado en tu auto” le dice a su hijo adoptivo. Nunca lleves pescado y esa frase crece cada vez que la volvemos a pensar. Pescado muerto, traición, negocios, dinero. Todo huele mal. Algo huele mal en Dinamarca.

En El Padrino los Tataglia le mandan un mensaje siciliano a Sonny para avisarle que Luca Brasi está muerto: un pescado envuelto en el chaleco antibalas del matón. “Luca Brasi nada con los peces” le dicen. Sabemos todos que al final de esa secuencia Hoffa nadará con los peces también. El propio Hoffa lo huele.

Scorsese va directo contra Marvel, pero también acomoda a Tarantino. Los diálogos son ruidosos, son divertidos y pueden parecer intrascendentes, pero no lo son. Los diálogos entonces son un sonido hermoso, que nos canta en los oídos la tragedia que se avecina. El secreto más perfecto construido, ese secreto del cual seremos cómplices. 

Y esa es la diferencia. Los diálogos graciosos e intrascendentes son ruidosos y vacíos, y dan como resultado un cine gritón y sin sentido. En cambio El irlandés te enseña algo que no se debe olvidar: nunca lleves pescado en el auto.

©Melina Cherro, 2019

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