12.02.20
Columnas _ La fiesta inoxidable

La fiesta inoxidable (2) | Jean Vigo, por Miguel Peirotti

El duende del realismo poético

En la era de la hipertrofia tecnológica, vamos al dato duro: la obra fílmica completa de Jean Vigo está contenida en apenas 170 minutos rodados sin el uso del color y un sonido tan rústico como el altavoz de un propalador de barrio. Todo el cine que creó Vigo tiene la duración, por ejemplo, de Había una vez… en Hollywood de Quentin Tarantino. Vigo nació en 1905 y murió en 1934; un maestro del cine que navegó las aguas de la producción cinematográfica entre los 24 recién cumplidos y los 30 años no llegados a cumplir (maldita tuberculosis). 

Las cuatro películas visionarias que pudo terminar este hijo de un anarquista ítalo-francés-español fueron recientemente restauradas en 4K por la compañía francesa Gaumont –dueña de los derechos– a partir de un negativo de tercera generación y una copia en nitrato, más el apoyo de The Film Foundation y el Centre national du cinéma et de l’image animée. Gracias al esfuerzo mancomunado, este pack réalisé par Jean Vigo se encuentra ahora disponible democráticamente en la “webósfera” para quien guste servirse de un exquisito platillo gourmet vintage que aún despide su aroma original libertario tanto como conserva su sabor esteticista.

En el ensayo fílmico A propósito de Niza (1930) –enmarcado genéricamente como una “sinfonía de ciudad” tras el gran éxito de Berlín, sinfonía de una ciudad (Walter Ruttmann), de apenas dos años antes– Vigo inicia su sociedad creativa con el hermano de Dziga Vertov, Boris Kaufman, otro que la tenía atada al momento de encontrar ideas visuales revolucionarias para este artilugio técnico del siglo veinte llamado cinematógrafo, que andaba por las magras tres décadas de existencia. Por su descripción, consecutiva, de la burguesía y la pobreza en la sociedad de aquella moderna ciudad balnearia, este corto es considerado el primer “documental social”, tal como reconocemos actualmente la denominación. “En esta película, mostrando ciertos aspectos de una ciudad, se pone en tela de juicio un modo de vida de los últimos estertores de una sociedad tan perdida en su escapismo que te repugna y te hace simpatizar con una solución revolucionaria”, explicó el director antes de la segunda proyección del corto. Los genes de anarco-papá Vigo, emergidos con virulencia discursiva. 

Al año siguiente Vigo termina su primer y único trabajo por encargo, Taris, roi de l’eau (1931), sobre el campeón de natación Jean Taris. Pero aplica idéntica independencia artística. No permite que escasos diez minutos le impidan juguetear como foca con las posibilidades de las tomas subacuáticas. El resultado, más que un pequeño film deportivo, es una síntesis de las peripecias plásticas que puede desarrollar la imagen en movimiento, adelantándose cuatro décadas a trabajos como El gran éxtasis del ebanista Steiner (1974), de Werner Herzog, en su búsqueda de la “imagen-única” sobre un cuerpo en acción. 

¿Qué podemos decir de su único largometraje, L’Atalante? La historia de sus múltiples recauchutajes y añadidos, quitados y recuperados es política cultural y burocracia. Ahora la tenemos completa para ver. Veamos la colosal presencia de ese enorme títere de arcilla que fue Michel Simon. Pero, ¿qué podemos decir? Que Buñuel tuvo un refinado predecesor en la escena de la masturbación doble; un momento literalmente orgásmico del Cine que concentra realismo y poesía mejor que el sexo.

No obstante siempre nos gustó más Cero en conducta, en la que Vigo se interna en la selva virgen del relato satírico machete en mano: Vigo emplea la cámara lenta (habrá que esperar hasta La bella y la bestia de Jean Cocteau para recuperar este tipo de embrujo figurativo con la manipulación de la velocidad) y la aceleración de los cuadros del cine silente en una misma escena; cuando es necesario se interrumpe el sonido (o, desde otra perspectiva: se enmudece la imagen); se recurre a un surrealismo disruptivo (la caricatura del maestro que cobra animación y cambia de look) que puede resultar deliciosamente ridículo, como el liliputiense barbado “proto-lyncheano” que supervisa pomposamente la disciplina represiva con Cero en empatía y Diez en diligencia marcial. El fantasma de anarco-papá Vigo, nuevamente, toma el guión por el mástil y los alumnos claman a grito pelado: “¡Declaramos la guerra!”, “¡Abajo la supervisión y el castigo!”, “¡Larga vida a la rebelión!”, “¡Libertad o muerte!”. No es la toma de la Bastilla pero se toman la cosa en serio los chicos y se embanderan empoderados sobre los techos de la escuela hacia un final abierto que es la tapa de cualquier manual de insurrección en el cine. 

La vivencia de Jean Vigo en un internado produjo Cero en conducta, hija del clasicismo; Cero en conducta más la vivencia de Francois Truffaut en un internado produjeron Los cuatrocientos golpes, hija del modernismo. La influencia de Vigo se desplegó hasta el cine francés de los nouvellevaguianos años sesenta (Godard le dedicó Los carabineros). Aún pervive su magisterio plástico. Museístico, llámenlo si quieren. Contrafáctico: ¿cuántas obras maestras más hubiera podido hacer Jean Vigo?

© Miguel Peirotti, 2020 | @MPeirotti

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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