24.05.19
Columnas _ La infancia recuperada

La infancia recuperada (1), por Gustavo Noriega

Quiero hacer en esta columna el siguiente ejercicio: volver a ver las películas que marcaron mi niñez/juventud para evocarlas y comprobar cómo resuenan en estos tiempos. No solo en términos cinematográficos, si eran “buenas” o “malas” (cada vez me importa menos esa sentencia) sino también qué cosas aprendí en ellas que me resultaron perdurables.

Fui niño en la década del 60. El período de consumo intenso de cine transcurría entre enero y marzo en Capilla del Monte, Córdoba, donde vivía parte de mi familia paterna y donde veraneaba sistemáticamente todos los años. Capilla tenía una sola sala de cine, ubicada en la misma calle donde yo vivía pero un par de cuadras más abajo, más cerca del centro y de su calle techada donde se paseaba en la previa a la cena. Los lunes me levantaba y, antes de salir a jugar con mis amigos, bajaba la cuesta de la calle Dean Funes para ver la renovación de los afiches de películas que cubrían cada una de las puertas de la entrada del cine y anunciaban la programación semanal. Me entusiasmaba si había películas de terror o ciencia ficción y me frustraba cuando el afiche insinuaba un drama adulto o romances.

Sin embargo, de todas las películas que vi en Capilla del Monte la que más recuerdo, la que más impresión me causó, no fue una obra fantástica: se trató de El graduado, de Mike Nichols, la consagración de Dustin Hoffman y del dúo musical Simon & Garfunkel. El graduado es de 1967, eso quiere decir que probablemente la haya visto en el verano de 1969, momento en el que yo tenía 13 años. Estaba por terminar la infancia y comenzar una época tortuosa y terrible, dominada por las hormonas. La combinación de una efervescencia a punto de eclosionar y Anne Bancroft se potenció de una manera inigualable. En el centro del sistema solar de mis recuerdos está ella en ropa interior negra. En la periferia, las canciones de Paul Simon, la escena final de la iglesia y el diálogo en el que un amigo del padre le asegura a Ben, el personaje interpretado por Hoffman, que el futuro se resume en una sola palabra: “plásticos”.

Vista más de medio siglo después, El graduado revela varias sorpresas. La historia es simple y divide a la película en dos. Ben Braddock (Dustin Hoffman) se gradúa y vuelve a la casa de sus padres. Está por cumplir 20 años y el mundo de los adultos le resulta ajeno y falso. Los padres lo reciben y le dan una fiesta de bienvenida. De entre los adultos, se destaca una amiga de los padres, la señora Robinson, quien está coyunturalmente sola. Ella decide seducirlo. Después de algunas resistencias de Ben, lo consigue y comienza entre los dos una relación casi exclusivamente sexual.

La primera parte de la película es dominada por la señora Robinson, la segunda, por su hija, Elaine (Katharine Ross). Es 1967, los Beatles llevan apenas cuatro años revolucionando las costumbres, la nueva generación rompe esquemas y prejuicios. El graduado muestra eso: en la primera parte, la de la señora Robinson, predominan los adultos en espacios cerrados, viciosos, sórdidos y oscuros. La segunda, dominada por Elaine, abandona ese mundo y busca otro más abierto, joven y vital. Triunfa el amor por sobre el sexo, lo joven sobre lo viejo, lo sincero sobre lo clandestino. La polaridad que muestra la película representa metafóricamente la revolución que se está viviendo: llegan los jóvenes y cambian el mundo, para mejor. ¿Para mejor?

Lo más interesante de revisar la película de Mike Nichols medio siglo después es justamente relativizar esa polaridad.

En primer lugar, que mis recuerdos hayan priorizado a la señora Robinson no fue ni casual ni personal (de hecho, no hay una canción para Elaine pero “Mrs Robinson” se convirtió en un éxito de Simon & Garfunkel). La presencia de Anne Bancroft en la pantalla, la personalidad de su personaje, la forma en que una mujer se muestra sexualmente activa y en plena conducción del proceso de seducción parecen más revolucionarios que la informalidad y sinceridad que aparenta traer la juventud. Es notable comprobar que Bancroft tenía apenas 36 años en el momento de la película. Unos mechones más claros (¿se sigue diciendo “claritos”?) ofician perceptivamente como canas y su actitud firme y segura le agregan años y madurez a un rostro increíble y un cuerpo espectacular. La tensión y el atractivo que tienen esa primera parte (que dura casi una hora) superan largamente a los 40’ dominados por el personaje interpretado por Katharine, bella pero lánguida, fresca pero deserotizada.

En segundo lugar, la última escena de El graduado resignifica la película de una manera clara. Recordemos que Elaine está en el altar a punto de casarse con otro candidato, Ben llega corriendo y jadeante a la iglesia, provoca un escándalo y logra escapar con ella. Se suben a un ómnibus, se sientan en el último asiento, finalmente juntos y con todo el futuro por delante.

Mike Nichols no los hace besarse ni abrazarse. Se miran, sonríen, dejan de sonreír, siguen en silencio y el plano continúa, más allá de lo necesario. Vuelve a sonar el tema que abre la película, “Los sonidos del silencio”, una canción perfecta sobre la soledad y la alienación. El desconcierto es total. No es un final feliz. La señorita Robinson, bella y pura, se va a convertir con el tiempo en Mrs. Robinson. La rueda vuelve a girar.

© Gustavo Noriega, 2019 | @Gus_Noriega

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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