09.07.19
Columnas _ Libreta de apuntes

Unas ideas acerca de la corrección política, la censura y el perdón, por Juan Villegas

Un mal de esta época es la corrección política funcionando como censura artística. En nombre de teorías feministas o posturas inclusivas y progresistas se retiran obras de arte de los muesos, se boicotean estrenos de películas, se eliminan artistas del catálogo de servidores de música o dejan sin trabajo a actores o directores por denuncias de acoso sexual no del todo comprobadas. Es fácil indignarnos para quienes estamos a favor de la libertad, pero solo con la indignación no alcanza. Hace falta confrontar los argumentos con otros argumentos; el tema es más complejo que lo que parece.

Tomemos uno de los casos más recientes. Hace un par de semanas circuló la noticia de que un cine universitario de Estados Unidos, que lleva el nombre de Lilian Gish, cambiaría su denominación por pedido de una agrupación de estudiantes negros. Como se sabe, Lilian Gish actuó en El nacimiento de una nación, la película de D.W. Griffith que revolucionó el lenguaje del cine innovando en las técnicas narrativas y de montaje, pero que también es conocida por su glorificación del Ku Klux Klan y una mirada despectiva hacia los negros. Aún aceptando el carácter racista de la película, la medida de retirar el nombre de Lilian Gish suena como una exageración. No tanto porque Gish sea solo la actriz de la película (diría lo mismo si el nombre del cine fuera D.W. Griffith), sino porque el pedido de eliminación de su nombre es la consecuencia de una sobreactuación. Se comete una injusticia (Lilian Gish es una leyenda del cine y nació muy cerca de dónde está ubicada la universidad) en nombre de una concepción moral. No nos cuesta mucho llegar a la conclusión de quién está equivocado. Sin embargo, se trata de un típico caso de colisión de derechos. La memoria de Lilian Gish tiene derecho a que el cine lleve su nombre, porque hay una trayectoria artística que la avala; pero, al mismo tiempo, los estudiantes negros tienen derecho a sentirse ofendidos por una película que los desprecia. Entramos entonces en un territorio interesante para la discusión: ¿cuál es el límite entre la libertad y la ofensa?

Si nos referimos al arte, somos muchos los que creemos que la libertad es un valor innegociable. Para un artista todo está permitido. Podríamos decir, como San Pablo, que “todo está permitido, pero no todo es conveniente.” Es decir, un artista tiene incluso el derecho a equivocarse. Y también existe el derecho a criticar y juzgar toda obra de arte, el derecho a ignorarla o repudiarla, el derecho a contestar con otra obra de arte. Lo que no puede hacerse es impugnar o prohibir, en nombre de nada ni de nadie. Es necesario defender el derecho de cualquier obra de arte a ofender y molestar a otros, aún cuando lo haga desde parámetros ideológicos que consideramos nefastos. El límite entre la crítica y la censura lo tenemos claro.

Pero hace falta decir algo más: todos los protocolos que impliquen métodos de prohibición o censura están mal no porque el arte se construya en un territorio liberado de toda dimensión ética. Esa es una simplificación errada, sobre todo cuando nos referimos a las artes narrativas (teatro, cine, novela…), en las que el referente narrativo está compuesto por las relaciones entre seres humanos, por lo que la dimensión ética se hace ineludible. Todo arte implica una toma de posición ética, pero no tiene el mismo peso para la valoración del espectador un cuadro abstracto que un drama ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Toda estética es una ética, pero aún más cuando se ponen en escena acciones humanas.

Y si hablamos de cine hay algo más. Su carácter de representación analógica de la realidad (siguiendo a Bazin) hace que sea muy difícil abstraerse del referente real que se manifiesta en la representación de personas de carne y hueso a través de actores que los interpretan. En una novela hay cierto grado de abstracción que siempre sobrevive; las acciones humanas son presentadas en la forma de un conglomerado de palabras que crean un sentido y representan acciones. En una película, en cambio, ese hombre y esa mujer que se mueve y habla en la pantalla se parece demasiado a cualquier hombre o mujer real.

Entonces, si toda obra lleva consigo una mirada ética e ideológica sobre el mundo, en el cine esa mirada se hace todavía más transparente. Es muy ingenuo sostener que es posible considerar el juicio estético sobre una película como algo separado del juicio ético. Por lo tanto, repudiar la censura moral o ideológica no significa sostener que no se puede juzgar una película o un director por su ideología o su moral porque se trata de una obra de arte. Al contrario, se trata de admitir que un cineasta siempre va a dar cuenta de una postura ideológica, que tiene derecho a hacerlo, sea cual fuere esa postura, que no debe pedir permiso a nadie acerca de lo quiere decir. Pero también hay que entender que uno como espectador no tiene necesariamente que adherir a esa postura para admirar la película.

Esta última afirmación no debe leerse como una justificación de la idea de que hay que separar la obra del artista. La diferenciación forzada entre el autor y el discurso es una exageración heredada del teorías estéticas que buscan más las clasificaciones que el análisis. La obra y el artista son, básicamente, la misma cosa. En todo caso, sí podemos hacer una diferencia entre la persona y el artista. Podemos aceptar que puede haber una distancia entre el personaje público que firma una obra y la persona que lleva su vida privada. Al fin y al cabo, ese es uno de los grandes temas de la modernidad: la idea del artista como doble. Creo que nadie lo expresó mejor que Borges. Por ejemplo en “Borges y yo”, que terminaba con esta frase: “No se cuál de los dos escribe estas páginas.” Pero hay que entender, precisamente, que la idea de doble lleva implícita la idea de unidad. Un doble son dos que en realidad son uno.

En muchos casos, la ofensa y el pedido de censura se hacen en razón del contenido de la obra sino a partir de hechos de la vida privada o pública del artista. Es el caso de Michael Jackson, para nombrar uno de los más resonantes. Sosteníamos recién que no se pude diferenciar la obra del artista. ¿Cómo hacemos entonces para admirar la obra de un violador o un nazi, por ejemplo? Hanna Arendt razonaba que “cuando se perdona es la persona, no el delito, lo que queda perdonado.” Siguiendo esa misma línea de pensamiento, podemos decir que lo que nos ofende del crimen de un artista es su crimen, no su cualidad de artista. Es decir, no podemos diferenciar la obra del artista pero sí podemos separar el crimen de la persona que lo cometió. Volviendo a Arendt, podemos perdonar al artista sin necesidad de tener que perdonar su crimen.

© Juan Villegas, 2019 | @JuanVillegas19

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