23.11.19
Columnas _ Libreta de apuntes

Quintín x 2, por Juan Villegas

En este último mes, Quintín ha publicado dos libros sobre cine. Desconozco si la simultaneidad es casual o producto de los caprichosos plazos editoriales. Lo que nos importa, en todo caso, es cotejar ambos libros y pensar cómo conversan entre sí. En principio, se podría decir que no podrían ser más distintos. Uno es enorme, pesado y tiene casi 1000 páginas, el otro es liviano, chiquito y tiene solo 182; uno es la suma de lo escrito por el autor en la revista El Amante/Cine entre 1991 y finales de 1997; el otro es un diario escrito entre el 16 de abril y el 26 de julio de 2019. Sin embargo, las correspondencias entre ambos, a pesar de estas diferencias, no dejan de ser sorprendentes. 

El formato de diario de “La vuelta al cine en 40 días” le permite a Quintín varias cosas al mismo tiempo. Por un lado, el libro adquiere rápidamente un tono ligero y despreocupado, como si Quintín simulara, en un gesto que podríamos definir como de modestia, que lo que está diciendo ha surgido al pasar, como sin ningún esfuerzo intelectual. Todas las entradas del diario evitan el énfasis y la solemnidad. Esto no significa que el libro no esté repleto de ideas y reflexiones, sino todo lo contrario. Su ligereza roza por momentos una sensación de frivolidad, pero es solo una falsa apariencia; este libro es cualquier cosa menos frívolo. Podríamos decir que hay una correspondencia entre el estilo del libro y lo que Quintín le reclama al cine. En un momento, al referirse a Ozu, escribe: “Todas sus películas son perfectas, pero parecen hechas sin ningún esfuerzo. Hoy eso parece imposible: un rasgo del cine contemporáneo es que el esfuerzo debe notarse. Y no es un buen rasgo.”

El mismo espíritu entre festivo y despreocupado aparece ya en los textos escritos en El Amante y que forman parte de “Los años irreverentes”. Quintín sabe que el ejercicio de la libertad también puede ser una forma de la inteligencia. La lectura de las primeras páginas ya nos permite detectar que ese mismo tono, precisamente irreverente, es el que predomina en los inicios de Quintín como crítico de cine. En la entrevista incluida en el libro se atribuye ese desenfado a la inconciencia de alguien que entraba a un mundo nuevo (el de la crítica de cine) ya cumplidos los 40 años y sin el peso de una tradición a la que respetar. Respecto a eso,  en uno de los mejores momentos de “La vuelta al cine en 40 días”, escribe: “El crítico “intuitivo”, salido de la nada, de otra actividad (como los que fundamos El Amante), es una especie en extinción. En lugar de un desierto, hay una selva en la que todo parece estar dicho. Cuando el principiante intenta afirmarse en algo, sabe que alguien lo dijo primero, y se siente como si estuviera pisando una mina cuando abre la boca. Siempre fue difícil encontrar la propia voz en la escritura, pero en materia de cine me parece más difícil hoy. La cinefilia, profesional o amateur, ilustrada o silvestre, se encarga de coleccionar, ordenar y calificar la historia del cine de tal modo que ya no parecen quedar huecos. Hay una cinefilia bulímica y hasta un academicismo cinéfilo que legitima un gusto exclusivo pero cada vez más homogéneo.” Sin embargo, está bueno comprobar que Quintín sigue escribiendo hoy con la misma libertad de pensamiento que en aquellos años. La irreverencia no es un rasgo de juventud sino de coraje e inteligencia. 

Por otro lado, como es esperable en cualquier diario, en “La vuelta al mundo en 40 días” aparecen la subjetividad, la primera persona y el tono confesional.. Podemos suponer que se trata de una concesión al formato del diario, pero descubrimos (y recordamos) que los textos de Quintín en El Amante también abundaban en anécdotas personales y datos autobiográficos. Fueron muchos los que han criticado esa recurrencia, en Quintín y en los demás redactores de la revista. El tiempo parece haberle dado la razón a El Amante. La idea de una crítica aséptica y despersonalizada ha perdido fuerza frente a los formatos híbridos que mezclan la reflexión y el análisis con la autobiografía y una enunciación que no se esconde en un falso anonimato. En todo caso, lo que aprendimos es que se trata de una cuestión de pertinencia. La primera persona en la crítica a veces es pertinente y a veces no; la intervención autobiográfica puede ser buena o puede ser mala. Lo mismo que podemos decir de cualquier modelo de escritura. 

“La vuelta al mundo en 40 días” es además un texto profundamente contemporáneo, casi periodístico, en el mejor sentido posible de esta mala palabra. Quintín se hace cargo del presente del cine y se pregunta qué es el cine hoy. Se interesa por Game of Thrones y Avengers: Endgame, pero efectúa con estos dos fenómenos masivos una operación particular. No se suma al eco publicitario de los críticos populistas, que sienten que su rol principal es propagar, a partir del comentario y la reseña acrítica, aquello que la gente supuestamente quiere ver. Pero tampoco se coloca en la posición cómoda del que siente que no hay nada en esos tanques que nos pueda dar pistas acerca del presente del cine. Al fin y la cabo, se trata de entender que la crítica de cine es una disciplina bastarda y que ahí reside precisamente su potencial. El crítico de cine puede hablar de todo, y todo puede ser una excusa para hablar del cine. La valoración crítica sobre el objeto que se analiza es importante, pero todo texto crítico debe trascenderlo. En todo caso, es un elemento necesario pero no suficiente, ya que tampoco se trata de evadir el juicio. (Una acotación personal. A fines de 1998 empecé a colaborar en la revista El Amante. Al poco tiempo, Quintín me recriminó que en una crítica que yo había escrito no quedaba claro si la película me había gustado o no. Tenía razón.)

Y así como Quintín ahora se ocupa de GOT y Avengers, en aquellos años se ocupaba, elogiosamente, de El mundo según Wayne o Arma Mortal 3. No importa tanto si la revisión actual de esas películas confirman si Quintín tenía razón o no. Lo interesante es observar cómo en esos gestos se estaba construyendo una nueva tradición crítica en la Argentina, que reivindicaba claramente el legado de Cahiers Du Cinema pero que se construía desde cierta sensación de vacío. Quintín fue el principal impulsor de una crítica de cine en la Argentina que se oponía al mismo tiempo al discurso académico tradicional como a la cinefilia pura sin capacidad analítica. No era precisamente una posición equidistante, sino era estar por fuera de esos dos parámetros. Obviamente, Quintín no fue el primero que hizo eso en la crítica de cine argentina, pero tal vez sí fue el primero en ser consciente de ese lugar. 

“La vuelta al cine en 40 días” es un libro ágil, vertiginoso, divertido, escrito con gracia, pero sobre todo revelador de la capacidad de Quintín para la argumentación. (En esos años de El Amante leyó otro de mis textos y me observó una falla en la lógica de un razonamiento. Otra vez tenía razón y desde ese día siempre es algo que trato de revisar en todo lo que escribo, aunque no siempre lo logre.) Quintín llega a conclusiones sorprendentes, pero no esquiva nunca el camino de la argumentación . Esta capacidad lo puede llevar a juicios arbitrarios e injustos, pero los aceptamos (aún sin estar muchas veces de acuerdo) porque nunca nos escondió el recorrido que lo llevó hacia ahí. Las entradas del diario parten a veces de una anécdota menor y sin importancia, y terminan en alguna frase reveladora, en una mirada que ilumina zonas del cine que sabíamos que estaban ahí pero hacía falta sacarlas de su oscuridad. Como algunas buenas películas, como las películas que le gustan a Quintín, hay una estructura que sostiene el devenir de las partes que se van sucediendo, pero el autor nos hace creer que todo sucede sin intervención alguna. Este sistema, sumado a una inteligencia que busca ir más allá de lo obvio, le permite llenar el libro de ideas y hallazgos.

Por ejemplo, cuando termina su análisis de GOT con esta frase: “Mas que admiradores verdaderos, las series invitan a tener seguidores que confunden el hábito con placer. Es como seguir el torneo de fútbol de la liga belga: es posible que uno se vuelva adicto, pero no porque jueguen bien al fútbol.” Y también puede ser gracioso. El humor irónico es un rasgo no del todo valorado en el estilo de Quintín: “Siempre pensé que uno debería leer sobre las películas antes de verlas, así no se preocupa por los spoilers. En realidad, es lo que hoy hace todo el mundo: nadie lee las críticas antes. Claro que tampoco las lee después.” O esto otro: “Siempre digo (en broma y no tanto) que Herzog es un gusto argentino, como los Ramones.”

Como todo buen libro de un crítico de cine, además de ofrecer valoraciones sobre las películas y ofrecer un punto de vista acerca del estado del cine, también sabe hablar de su propio oficio: “Una reseña puede seducir por dos motivos distintos: por el objeto y por sí misma. Porque una cosa es que el lector piense que una película vale la pena gracias a la escritura, y otra que piense lo bien que escribe el crítico, aunque nunca iría a ver la película. Creo que la mayor parte de las veces simulamos que nos interesa lo primero, pero preferimos lo segundo.” O acá, donde logra ser contundente con los vicios de muchos de sus colegas: “Las películas no son la suma de sus partes. Más bien son lo contrario: un todo que las engloba y hasta las excede. Un buen crítico sería alguien que, en lugar de desmenuzar el cine en sus componentes, fuera capaz de hacer que esos elementos fueran el corolario de una idea general, de una visión artística. “

El libro está repleto de frases como estas, suerte de aforismos más sugerentes que conclusivos, pero siempre punzantes. Quintín siempre dice cosas. Parece una obviedad, pero leemos todos los días páginas enteras que no dicen nada, que no arriesgan ninguna opinión, que revelan más que lo que ya se sabía. Lo que abunda en la crítica de cine son los que cuentan argumentos (ah, eso sí, evitando spoilers, como si los finales de las películas fueran más reveladores que los comienzos o las partes del medio), los que copian gacetillas y los que promedian rubros técnicos. En este panorama, tanto “La vuelta al mundo en 40 días” como “Los años irreverentes” son dos libros que vienen a recordarnos que la crítica de cine puede ser mucho más que eso. 

Todo texto crítico revela al que lo escribió. En “La vuelta al mundo en 40 días”, Quintín escribe: “Las películas (este es el mayor descubrimiento que hice como crítico) siempre hablan de sí mismas.” Podríamos decir, siguiendo esta idea, que todas las críticas hablan siempre de sí mismas y también de quién las escribió. Este libro es también un autorretrato. 

© Juan Villegas, 2019 | @JuanVillegas19

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