02.08.12
Actores

Christopher Nolan: el auténtico Caballero de la Noche

El cineasta del momento. El artista capaz de unir exitosamente lo comercial y lo intelectual. El mesías que resucitó y reinventó a uno de los más grandes íconos de la cultura pop. Junto con J.J. Abrams, Zack Snyder y Paul Greengrass, es el responsable de que Hollywood no esté en coma 4.

¿Es necesario agregar algo más sobre Christopher Nolan? Seguro que no. Pero bien vale recordar por qué y cómo este joven londinense evolucionó hasta convertirse en un peso pesado del séptimo arte.

Nacido en 1970, a los 7 años se puso a jugar con la cámara Super 8 de su padre. Las primeras estrellas que dirigió: sus propios juguetes, en experimentos hechos con stop motion. Entre sus películas favoritas estaban las de James Bond —poderosa influencia a la hora de encarar superproducciones— y la obra de Stanley Kubrik y Nicolas Roeg, quien solía manipular las estructuras de sus obras. También le pegaron The Wall, de Alan Parker, y los primeros films de Ridley Scott.

En vez de estudiar cine, prefirió la carrera de Literatura Inglesa (Letras, bah), ya que quería perfeccionarse como narrador. Le interesaba la literatura policial (Jim Thompson, James Ellroy) y las historias contadas de manera anticonvencional. No es de extrañar que sus largometrajes funcionen como policiales negros, repletos de intrigas, personajes que no son de fiar y vueltas de tuerca.

Pero nunca dejó de filmar. Como solía hacer casi todo él solo, aprendió como autodidacta sobre guión, montaje, sonido, fotografía, arte y música. Además, la experiencia le sirvió para planear bien cada película en la cabeza y sacar mayor provecho del celuloide. Para dirigir actores, acudió a los concejos de John, su tío actor, y leyó libros de Stanislavski. También fue fundamental la ayuda de Emma Thomas, quien se volvería su productora y pareja. Su corto más famoso fue Doodlebug (1996), una joyita de apenas tres minutos que pueden ver aquí. La buena recepción de sus trabajos y los premios en festivales le dieron la confianza de encarar su ópera prima.

Filmada en 16 mm blanco y negro durante los fines de semana, Following (1998) nos presenta a Bill (Jeremy Theobald, amigo del director y protagonista de Doodlebug), un joven escritor poco inspirado que se dedica a seguir a los demás. Tendrá varios problemas cuando se mete con quien no debería. Aquí ya se ven recursos y elementos que serán constantes en su carrera: personajes oscuros, atormentados, llevados al límite por sus obsesiones; narración no lineal y giros inesperados. Con Following, Nolan ya demostró ser una rara avis en el mundo del cine independiente. Mientras la gran mayoría filmaba personajes hablando de la nada (ojo, algunas de esas pelis son muy buenas), el londinense se despachó con una trama oscura e intrincada, nada facilonga. La película tuvo su recorrido por festivales y fue adquirida por la empresa Zeitgeist para su distribución mundial. Bastante bien para un largo que costó apenas 6.000 dólares. Había nacido un cineasta de culto, que empezaría a escalar bien alto a partir de su siguiente opus.

En Memento: Recuerdos de un Crimen (2000), Leonard Shelby (Guy Pearce), un agente de seguros, trata de averiguar quién asesinó a su esposa. Pequeño detalle: el muchacho padece de síndrome de Korsakoff, por lo que su memoria tiene problemas para retener episodios recientes. Una vez más, personajes torturados, sumergidos en la obsesión —Leonard hace lo imposible por reconstruir los hechos, al punto de tatuarse pistas por todo el cuerpo—; otra vez una narración arriesgada. De hecho, la historia está contada genialmente de atrás hacia delante, siempre desde la óptica del protagonista. Suma la dirección de fotografía de Wally Pfister, veterano de producciones clase B que se convirtió en fiel colaborador de Nolan.

Luego de sortear algunos problemas de distribución, Memento llegó a los cines y le valió toneladas de premios, además de nominaciones al Oscar a Mejor Edición y Mejor Guión Original a Christopher Nolan y su hermano Jonathan, autor del cuento corto que inspiró la historia. No ganó, pero obtuvo el respeto de los poderosos de Hollywood. Como Steven Soderbergh, quien produjo su siguiente film.

Basada en una película sueca, Noches Blancas (2002) nos muestra al detective Will Dormer (Al Pacino en una de sus mejores versiones) que viaja a un pueblo de Alaska para resolver el asesinato de una chica. Durante el trabajo, Dormer mata accidentalmente a su compañero (Jason Donovan). En vez de confesar el error, decide encubrir el crimen. La culpa lo consume cual Raskolnikov en un lugar donde siempre es de día, al tiempo que el asesino serial pretende jugar con él. Ahora la narración es más lineal, pero los flashbacks, visiones y otros recursos (la manera de utilizar la fotografía, el montaje y el sonido para transmitirnos el estado mental del detective) la emparientan con las películas anteriores. Por otra parte, Nolan demuestra que sabe dirigir actores consagrados, y no tuvo problemas en elegir como villano a Robin Williams; un ojo para el casting de “malos” —y casting en general— que se notaría más en el futuro inmediato.

Parecía que el próximo paso de Nolan sería un ambicioso biopic sobre Howard Hughes, pero Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio se le adelantaron con El Aviador. Pero igual encaró las andanzas de un multimillonario excéntrico, que también es uno de los iconos más importantes no sólo de los comics sino de la cultura pop toda: Batman.


Lejos del enfoque gótico de Tim Burton y del kitsch espantoso perpetrado por Joel Schumacher (si mencionar la serie de los ’60, que era kitsch en el buen sentido), Batman Inicia presenta una visión realista y urbana del Encapotado, más cercano a las primeras historietas creadas por Bob Kane, papá del personaje. Nolan profundiza en la psicología de Bruce Wayne (Christian Bale), atormentado por el asesinato de sus padres, y su conversión en el justiciero que Ciudad Gótica necesita. Por supuesto, deberá enfrentarse a la corrupción policial (sólo se salva el teniente James Gordon, interpretado por Gary Oldman) y a sus primeros archivillanos: El Espantapájaros (Cillian Murphy) y Ra’s al Ghul (Liam Neeson).

Batman Inicia no sólo fue un exitazo que resucitó a un personaje que venía de ser bastardeado en el cine: Nolan demostró que aún era posible filmar una superproducción multimillonaria con algo más que sólo espectacularidad. Y en vez de usar CGI para los efectos especiales, recurrió a métodos más artesanales, que contribuían a su búsqueda de realismo: ángulos de cámara, maquetas, pinturas matte (“Hay habitualmente dos metas en una película de efectos visuales. Una es engañar al público con que está viendo algo sin fisuras, y es así como trato de usarlo. La otra es impresionar al público con la cantidad de plata que se gastó en espectáculo del efecto visual, y eso no me suscita interés”). Además, se sacó el gusto de darle toques de James Bond. ¿Lucius Fox (Morgan Freeman) no les recuerda a Q?

A su vez, los productores de Hollywood se arriesgaron al contratar a un visionario diferente y audaz, como no lo hacían desde los tiempos de Paul Verhoeven en los ’80 y ’90 (Una excepción sería el Ang Lee de la injustamente maltratada Hulk). Bien por ellos.

Nolan llevaría más allá su visión del Hombre Murciélago en la secuela. Pero antes, salió de Ciudad Gótica para adaptar una novela de Christopher Priest: El Gran Truco (2006), la trágica historia de dos magos (Bale y Hugh Jackman) que se odian tanto como se necesitan. Aquí, los giros y “trampas” narrativas marca de la casa, se lucen en todo su esplendor, y nosotros, los espectadores, nos dejamos engañar y cautivar como ante un Houdini del celuloide. Su estreno coincidió con el de la más romántica El Ilusionista, pero la oscuridad y el nivel de perversión de la obra Nolanezca no tienen punto de comparación.

Y en 2008, la continuación más esperada, que resultó su obra cumbre. Batman: El Caballero de la Noche tiene toneladas de méritos: Nolan logra subir la apuesta con respecto a Batman Inicia; la influencia del cine de los ’70 y del policial estilo Michael Mann contribuyen a maximizar el realismo sucio que propone el film; Bruce Wayne y los suyos deben enfrentar pruebas terribles que los llevarán a tomar decisiones difíciles y políticamente incorrectas… Y está él, una auténtica metáfora del caos: el Guasón. No sabemos de dónde viene, no tiene amigos, carece de moral; no duda, no siente miedo, y mejor que nunca te atrape, te amenace con la navaja y diga “Why so serious?”. En una de las últimas actuaciones, Heath Ledger opacó al mismísimo Encapotado y se transformó en el mejor villano de la historia del cine. Bien merecido tuvo su Oscar póstumo por Mejor Actor de Reparto. La película no obtuvo más nominaciones, pero la Academia de Hollywood cambió las reglas a partir de entonces, ya que ahora las nominadas a Mejor Película pueden ser más de cinco.

Luego llegó otra de sus obras maestras. El Origen (2010), funciona como un film de James Bond, pero en planos oníricos. Un equipo de especialistas liderado por Cobb (Leonardo DiCaprio) debe adentrarse en el subconsciente del hijo de un multimillonario (Cillian Murphy), para plantar una idea, hacer una incepción. Claro que deberán superar algunos obstáculos, como gente armada (suerte de antivirus de la mente) y a Mal (Marion Cotillard) el recuerdo de la esposa muerta de Dom. El sabor a 007 se mezcla con ideas Borgeanas y Freudianas, dando por resultado una película de acción y espionaje, que también es intelectual y emocional. La prueba de que las películas de aventura modernas no tienen que parecerse a Transformers ni abusar de los FX.

El Origen consiguió nominaciones a los Oscar, incluyendo para Nolan, pero por Mejor Guión, no por Director. Tampoco ganó, pero a esa altura ya era uno de los cineastas más importantes… y un generador de amores y odios. Muchos alaban su destreza para contar historias intrincadas y con alto presupuesto, pero no pocos critican su estilo frío y sobreexplicativo, su falta de talento para dirigir escenas de acción, y hasta lo acusan de “vendehumo”, poniéndolo a la altura de ciertos directores técnicos de fútbol.

Y este año se vino el cierre a una de las mejores trilogías del cine. Batman: El Caballero de la Noche Asciende podrá tener imperfecciones y cosas que no terminan de cuajar, pero la maestría de Nolan como narrador alcanzan para darnos una nueva genialidad, un film épico y apocalíptico como pocos, y el perfecto ¿cierre? y despedida de sus historias del Encapotado. Pero no se retira de las adaptaciones comiqueras. Man of Steel, el reboot de Superman, es la película más esperada de 2013. Sólo será productor y responsable de la historia (la dirige el no menos talentoso Zack Snyder), pero se sentirá su impronta.

En sus pocos años de carrera, Nolan demuestra que se puede ser un artista dentro del Hollywood moderno (cada vez más preocupado en vender muñequitos que en la calidad). Su manera de trabajar es inusual, incluso chapada a la antigua: filma con una sola cámara; planea cada toma al detalle, de modo que no sean necesarias tantas retomas; no usa storyboards salvo para los efectos especiales, ya que de niño aprendió a visualizar lo que buscaba; trabaja sin segunda unidad, porque prefiere mantener él mismo el control de cada plano, por más insignificante que parezca. Y, en estas épocas de tecnología digital pisando cada vez más fuerte, es devoto del fílmico (“Es más barato trabajar con fílmico, se ve mucho mejor, es una tecnología conocida y entendida por más de cien años y es extremadamente confiable”). Y para elevar la experiencia cinematográfica a la enésima potencia, viene recurriendo a cámaras Imax, para proyectar en salas especialmente preparadas.

Sus influencias se sienten en las películas, pero no entorpecen el relato. Trabaja con un equipo detrás de cámara —el mencionado Wally Pfister, el diseñador de producción Nathan Crowley, el compositor Hanz Zimmer, por nombrar algunos—, y tiene actores fetiche, como Michael Caine. Y, a la manera de Quentin Tarantino, suele darse el gusto de rescatar a algunos actores olvidados (Rutger Hauer en Batman Inicia, Tom Berenguer en El Origen, etc.).

Guste o no, Christopher Nolan es uno de los nuevos grandes del cine mundial. Veremos con qué nos deleitará en los próximos años. Así sea una idea original o la adaptación de una obra preexistente, tendrá una personalidad propia, será distinta a todo y no pasará desapercibida. En El Origen, Eames (Tom Hardy) le dice a Arthur (Joseph Gordon-Levitt) “No temas soñar más en grande”. Y Nolan, por suerte, sigue soñando cada vez más en grande.

 

orta@asalallenaonline.com.ar

 

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