Dossier _ Películas

Un análisis de Fuego contra Fuego en tres escenas, por Santiago Buonasena

Las dos caras de la misma moneda

El año era 1995 y la leyenda urbana decía más o menos así: Al Pacino y Robert De Niro protagonizaron el film Fuego Contra Fuego (Heat), pero nunca habían actuado juntos. Sus personajes comparten escenas, dialogan entre ellos, pero los actores no se cruzaron en el set y todo lo que vemos es el resultado de la magia del montaje. Para una película que, en todo su derecho, vendía a sus dos protagonistas como atracción principal, dicho rumor potenciaba la mística y obligaba a repetir visionados para encontrar el bendito truco que engañó a todos.

Pues la realidad resultó menos mágica de lo que creíamos. Pacino y De Niro sí actuaron juntos. Se puede comprobar en videos del backstage, en fotos publicitarias y varios testimonios de gente involucrada en el rodaje. ¿Por qué existió entonces esta leyenda urbana? Porque es divertida, algo alocada, pero en definitiva nos recuerda que el cine es un artificio que, bien realizado, nos hace creer cosas que no son.

Sin embargo, todo deriva a una nueva pregunta: si uno tiene a Al Pacino y Robert De Niro, quizás los actores más importantes de su generación, ¿por qué no filmarlos juntos? Michael Mann, el director, pudo haberse regodeado en la oportunidad pero no lo hizo. Heat es tan redonda, tan bien escrita y, por sobre todas las cosas, tan bien dirigida que sentimos la presencia de ambos artistas incluso en las escenas que no están juntos. Es una historia de dos hombres radicalmente opuestos pero iguales. Dos extremos de una moral que se necesitan para seguir adelante con sus vidas. Ninguno puede vivir sin el otro, pero al mismo tiempo, están destinados a destruirse.

Esto puede apreciarse en tres momentos puntuales donde la maestría de la puesta en escena excede la necesidad comercial de reunir a ambas estrellas. La primera es una de mis secuencias favoritas de la película. Pacino es Vincent Hannah, un aguerrido policía que quiere arrestar a Neil McCauley, un experto ladrón. Aquí tenemos a uno cerca de apresar al otro con las manos en la maza. Vean la secuencia completa, pero especial atención en el minuto 00:45.

Estos dos personajes todavía no se cruzaron frente a frente, pero lo que Mann hace con esta parte es saber hacer cine. En apenas cinco planos, ellos están enfrentados cara a cara gracias al inteligente uso de la cámara y el montaje. Encuadres y cortes prácticamente iguales. Ellos no se están viendo, pero se están viendo. Más allá del instante en el relato, de un nivel de suspenso intenso, la película está dándole significado a sus decisiones formales. Nos está diciendo que estos dos hombres están cara a cara incluso en dos espacios distintos, a varios metros de distancia. Son sus propios némesis, destinados a enfrentarse, pero al encuadrarlos idénticamente, genera la sensación de unidad de tiempo y espacio. Pacino y De Niro pudieron haber filmado esta escena en días distintos pero ni se nos pasa por la cabeza. En ese breve instante, sentimos que están juntos.

La siguiente es, para la amplia mayoría, la mejor escena de la película. Es la primera vez que estos personajes están juntos bajo el mismo techo. Mann decide hacer una clásica puesta de plano/contraplano: de frente uno, referencia trasera de otro, y viceversa. No hay otra variación, exceptuando el sutil acercamiento a sus rostros. Primero, estos encuadres remiten a un western, o sea, al enfrentamiento entre dos enemigos, a un duelo (actoral, también), a que ellos se están midiendo aunque estén hablando cordialmente. Un recurso atractivo, pero sigue siendo admirable que el director no quiera tenerlos juntos.

Si ya por la historia sabíamos que Hannah y McCauley están enfrentados en sus respectivos estilos de vida, la cámara también subraya esa ruptura. Siempre habrá una división entre ellos, aunque sus lugares en el espacio otorgado por el encuadre sean simétricos, tal cual la primera secuencia que analizamos. Hay que prestar atención al diálogo, dónde la cordialidad va convirtiéndose en una honestidad brutal, al punto de finalizar en el frío mutuo acuerdo de que, por más respeto que se tengan, uno no dudará en matar al otro si la oportunidad se presenta. Y ahí es dónde sucede algo que es fascinante.

En el momento que McCauley dice “hay otra cara de esa moneda” y le dice a Hannah que él tampoco dudará en matarlo si es necesario, la cámara comienza a acercarse de nuevo. En los planos finales de la escena, cuando Pacino está de frente, podemos ver todavía a De Niro en referencia. Cuando De Niro está de frente, no hay ninguna referencia de Pacino. La cámara nuevamente nos está diciendo algo: Hannah es un policía y debe creer en poder arrestar al ladrón. Debe considerar esta posibilidad. Es su trabajo atrapar criminales, no matarlos. Por eso De Niro aún está encerrado en el cuadro con él. Para McCauley no. No hay intención suya en perdonar la vida de un policía. Respeta a Hannah, pero en los últimos segundos de la escena, Hannah no está en su visión (ni en la del encuadre), porque para él no existe esa opción.

Finalmente, el desenlace. El duelo final entre Pacino y De Niro. Resulta interesante que es la primera vez que estos personajes finalmente tendrán contacto entre ellos. No es un contacto físico de dos cuerpos, sino las balas del arma de Hannah que atraviesan el cuerpo de McCauley. La herida de muerte es la única unión posible para ellos en esta vida. Quizás en otra podrían haber sido hermanos. Con McCauley herido, agonizando, Hannah está a su lado. “Te dije que no volvería a prisión”, le dice. Hannah asiente. McCauley, de algún modo, no será atrapado. Él logra escapar, de la única manera que podía darse: trágicamente. McCauley extiende su mano, Hannah la sostiene. Por primera vez, los personajes se tocan.

El plano final es uno de los más hermosos que algún policial podría haber dejado. McCauley, muerto, de frente a nosotros. Hannah, de pie, dándonos la espalda. Ambos sostenidos de la mano. Ambos lados de la justicia. Uno caído, el otro de pie. Pero la victoria de espaldas. La derrota de frente. ¿Cuál es la cara real que estamos viendo entonces? ¿La victoria esconde algo, mientras que la derrota no? ¿O es que el crimen nos interpela, observándonos, mientras que la ley mira hacia adelante, a un futuro luminoso? Hay una frase que siempre me gustó: “el villano es el héroe de su propia historia”. En este plano, ¿quién es el villano y quién es el héroe? Sólo vemos a dos hombres, de dos lados de la ley. Ambos lados, unidos de la mano. Dos extremos, entrelazados. Las dos caras de la misma moneda.

© Santiago Buonasena, 2018 | @SantzBuonasena

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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