14.04.15
Dossier _ Series

Daredevil y un universo fuera de serie

Siempre se ha discutido esa dicotomía entre el arte y el entretenimiento o si es que algunos pudieron lograr tal cometido de generarlos en conjunto. Nunca fue una tarea fácil, eso seguro, pero distintos realizadores como Steven Spielberg, Robert Zemeckis, George Lucas y J.J. Abrams -en tiempos más contemporáneos- pudieron acercarse a tales metas en sus distintos trabajos cinematográficos.

Hoy en día, tanto el cine con fines más comerciales como el que no lo es tanto no está en sus mejores épocas, y menos se acerca a la magia de sus pares de las décadas del sesenta, setenta y ochenta, falencia que en los géneros fantásticos o de ciencia ficción se acentúa bastante. Pero, en los últimos años, Marvel ha dado esperanzas al mercado con una importante serie de películas, algunas mejores como Guardianes de la Galaxia, Los Vengadores y Iron Man, u otras mucho más flojas, como Thor, ha logrado algo más que interesante: desafiar a un género cinematográfico completamente viciado de los excesos del CGI y lograr un universo propio, una idea tanto visual, narrativa como ideológica que una un conjunto de obras por separado bajo una misma esencia artística.

A pesar de los distintos aciertos de Marvel con sus películas, ninguna llega a ser realmente destacada como una obra definitiva dentro del género fantástico o de superhéroes y, en momentos en donde a lo que a trabajos audiovisuales se refiere, la televisión ha equiparado –o por momentos superado- al cine en calidad, aparece Daredevil, la nueva serie de Netflix.

En principio, Daredevil es una obra distinta, tan genuina como emocionante y –volviendo a lo anterior- tan artística como entretenida. Esta adaptación logra volcar en la pantalla la esencia del comic en un trabajo tan minuciosamente logrado a través de una fotografía impecable, conceptos narrativos sumamente funcionales en función de lo dramático y una composición espléndida de cada uno de sus personajes. Así es como la serie adquiere un universo bien particular y propio y presenta un escenario oscuro y aterrador, tan fantástico como crudo y de un realismo poco visto en una transposición del cómic al cine o la televisión.

En cada plano, movimiento de cámara o en su excelente manejo narrativo y de los tiempos de la historia, su creador Drew Goddard (sí, el mismo que dirigió el gran film La Cabaña del Terror) logra un producto audiovisual bello e inteligente, de esos que dan para analizar diversas teorías sobre su creación, en tanto que también es una infalible serie de acción, divertida, con toques geniales de humor negro y de un ritmo avasallante, que la hace tan violenta como cautivadora.

Pero si hay algo que es interesante de Daredevil son sus personajes, más que nada su protagonista -el héroe en cuestión- (Charlie Cox) y su antagonista Wilson Fisk (Vincent D’Onofrio), seguramente unos de los mejores villanos de los últimos tiempos. Lo atractivo de todo es la filosofía por la que se rige cada uno de los personajes, cada uno bajo su propia moral, su particular idea del bien y el mal, de lo que está dentro o fuera de la ley. Son seres oscuros, de pasados atormentados, pero a su vez un tanto frágiles, lo que hace que sus vidas siempre estén al borde del abismo.

Daredevil es cine, pero en formato serial o mejor dicho a lo Netflix, ya que como hicieron con varias de sus producciones originales anteriormente, muchas tienen la peculiaridad de salir con todos sus episodios en simultáneo. En este caso, los trece episodios tienen una energía y un ritmo tan particular que el binge-watching hace de éstos una intensa y llevadera aventura, cada capítulo irá revelando sus misterios y diversos matices de este universo de personajes y situaciones asombrosas. La creación de Goddard es tan popular como de culto, un manantial lleno de matices que conllevan a distintas capaz analíticas, pero siempre a través de la emoción, la acción y el puro entretenimiento.

 

Por Tomás Maito

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