02.01.18
Dossier _ Películas

Sobre Elle: Católicos sin talento o el chiste más cruel de Dios, por Diego Ávalos

El católico que hace arte siempre corre el riesgo de confundir evangelización con propaganda. La primera busca fieles, la segunda fanáticos. Pero aún el evangelizador que usa el arte como medio no se salva por más buena que sea su causa a la hora del juicio estético. Flannery O´Connor ya lo explicó a la perfección: se puede ser católico, se puede querer ser artista, se puede querer evangelizar, y al mismo tiempo se puede ser un pésimo creador. El cine es arte, y a nosotros no nos importan las intenciones sino el resultado de un trabajo poético. Dicen que de buenas intenciones está tapizado el infierno. Bueno, ese tapiz debe tener entretejido mucho material fílmico.

Paul Verhoeven ya había demostrado todas sus intenciones de realizar una obra de política católica. El resultado es ese espanto llamado El cuarto hombre (De Vierde Man, 1983): alegorías tan obvias como la de la Virgen María disfrazada de enfermera para salvar a un pecador redimido. Un caballo dando clases de cine en una universidad es más sutil. O quizás no.

Años después el bien intencionado de Paul visita Francia y hace Elle: Abuso y seducción (Elle, 2016). La premisa es fácil pero pocos la han pescado (en realidad nadie que hayamos leído). Las “críticas” abundan en datos sobre Robocop (1987) y la “incomprendida” Showgirls (1995), la “frialdad” de Isabelle Huppert (¿desde cuándo la frialdad es signo de talento a menos que hablemos de una heladera o de Natalia Oreiro?), el gato que mira una violación y parece ser muy importante (no se percataron de que a medida que pasa la película el gato importa cada vez menos), la “perversidad de la clase alta burguesa” (yo creo que tienen la misma frase para toda película hablada en francés) y lo oscuro del sexo (lo más oscuro que tiene el sexo es no querer prender la luz para desanimarse con los rollos propios y ajenos). ¿De qué va Elle? De que Francia ha abandonado su catolicismo y esta traición a su propia cultura ha vuelto en forma siniestra. Como intención es correcta, como resultado, grotesco.

Porque, amigos míos, hay que tener el gusto muy atravesado, hay que haber reflexionado muy poco sobre el cine de Hollywood o el clásico argentino, hay que desconocer a Salinger o usar Romeo y Julieta de portavasos, para decir o escribir, a esta altura de la historia del cine, que una obra maestra puede contener una escena tan ridícula como una mujer que se masturba espiando a su vecino porque lo ve descargar de un camión de mudanzas figuras de yeso para un pesebre tamaño natural. El que lo crea poético no sabe de poesía. El que lo crea erótico hace tiempo perdió la imaginación. El que lo crea osado es un puritano. El que lo crea cinematográfico todavía pone a la par a Nolan con Hitchcock. Es muy simple: mal gusto, falta de sutileza, trazo grueso y trampa para viejas. Me pregunto: si una película que contiene una bobada como esta se la considera una obra maestra, ¿dónde ponemos a La ventana indiscreta (Rear Window, 1954)? ¿Al lado de las tablas de los diez mandamientos, iluminada por una fogosa zarza?

La intención gruesa de Verhoeven, la intención católica, se entremezcla con una trama tan poco interesante como su título no develado: “Seduciendo a mi violador” (el siglo XXI lleva ese nombre porque hace 3 que superamos la mayoría de edad, estamos en esa profunda crisis en la que nos damos cuenta que después de tres años de haber aprobado el CBC ansiamos dejar Veterinaria para dedicarnos full-time a Artes Combinadas). De verdad planeta tierra, damos vergüenza…

No estiremos esto demasiado porque tenemos cosas más importantes que hacer, entre ellas contar cuantas vueltas da el ventilador por minuto. Así que desarrollemos rápido: el mal se inicia con el Padre, pues el barrio no aceptó que le haga la señal de la cruz en la frente. A este negar de la cruz se le responde con violencia asesina. A partir de este momento nuestra protagonista, familiares y vecinos, metáfora de toda Francia, dan la espalda al catolicismo. Pero lo negado vuelve, sabemos, de forma siniestra. Los juegos de computadora tratan de demonios que violan a personajes del Medioevo. A la caminata de Santiago de Compostela se le oponen los pies seductores de la protagonista y su pierna rota sin báculo pero con muleta. El sacrificio del Hijo (crucificado contra la pared por su propia novia mientras visitan el nuevo departamento) es el de aceptar por amor un bebé del que no es padre biológico. Pero ese mismo hijo después matará al violador con un madero (de ahí viene la cantidad de árboles de navidad que pueblan toda la película) aunque ya la paga no será la salvación del alma sino un automóvil nuevo, donde, por supuesto, dejarán olvidado al bebé, único inocente de la historia. Al viejo matrimonio católico se lo entierra sin cruz alguna y sin cumplirles la voluntad de estar juntos, mientras las dos amigas, anunciando una pareja homosexual, dan inicio a una nueva etapa de su relación mientras van por un camino rodeado de cruces. Digamos finalmente que la única católica, la esposa del violador, era en realidad una simple fanática que al momento de la verdad agradece a nuestra protagonista que se haya dejado violar para así ayudar a su marido, momento cúlmine del ridículo involuntario. Verhoeven, viejo moralista, denuncia la inversión perversa de Francia pero en el camino se olvida de la historia, quedándose simplemente con una fabula moral que solo puede escandalizar o asombrar a los dueños de corazones puritanos.

¿Quieren una verdadera perturbación religiosa? Miren Psicosis (Psycho, 1960) o Vértigo (1958) o La ventana indiscreta, y pregúntense por qué Hitchcock no necesita filmar una masturbación con los reyes magos para ser un verdadero artista católico. Recuerden: el asombro escandalizado es propio de puritanos y adolescentes. ¿Tendremos algunos vez críticos lo suficientemente maduros como para no decir “obra maestra” cada vez que hay un viejo director, una actriz francesa, una violación salvaje, un mirón, una paja religiosa y algún premio d´ auteur? Se acerca el 6 de enero. Voy a ir preparando mi cartita. Que del pasto y la paja se encarguen los demás.

© Diego Avalos, 2018

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