25.01.19
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Historia de una transformación | Sobre “Vice” de Adam McKay, por Luis Alberto Zas

Historia de una transformación

Una de las evoluciones más interesantes del cine hollywoodense de la actualidad es la de Adam McKay, quien empezó filmando esas comedias absurdas de Anchorman donde Will Ferrell representaba la figura de Ron Burgundy como un conductor de noticias de TV mediocre, megalómano y misógino. Ese humor made in Saturday Night Live (donde Ferrell y McKay se conocieron) construyó una mirada entre cómica y absurda que McKay supo reelaborar para analizar hechos y personalidades fundamentales de las últimas décadas de la vida norteamericana.

La gran apuesta (2005) era una comedia oscura sobre la burbuja inmobiliaria que desembocó en la crisis financiera del 2008, despojada de esa comicidad superficial y pasatista del inicio. El director se abocaba a mostrarnos quiénes ganaban y quiénes perdían en la gran crisis económica, sin descuidar el estudio de personajes y desde un guion que equilibraba conocimiento del tema y verosimilitud dramática (luego se llevó el Oscar de ese año por Mejor Guión Adaptado).

Vice repite esa fórmula de La gran apuesta donde McKay logra conjugar el tono de comedia absurda en el conocimiento histórico y el estudio dramático de un personaje tan influyente como el vicepresidente de Bush hijo, el Sr. Dick Cheney.

Vice es la versión invertida e irónica del sueño americano. El joven Dick es un trabajador no calificado y sin ambiciones que regularmente vuelve a su casa borracho hasta que su esposa Lynne (Amy Adams) le pone los puntos y allí comienza otra historia. Lynne será, desde que Dick se transforma en Cheney, su impulso vital, su estimulo permanente, su musa inspiradora y quien junto a sus dos hijas conforman una familia tipo en la superficie, ocultando en esencia un pacto ambicioso sobre cómo obtener poder político y económico.

Si en La gran apuesta la construcción coral y el análisis económico se entremezclaban, Vice posee un modelo dramático a representar (el Macbeth de Shakespeare) y un modelo político a denunciar: el Estado de Excepción que emerge después del 11S para vigilar a los ciudadanos estadounidenses y al mundo, recortando derechos civiles y dejando a la democracia como una cáscara vacía.

A diferencia de Macbeth, Cheney sabe que nunca será Rey y por eso se dedica a ser el monje negro de la política yanqui; la historia mobiliaria y topológica de Cheney será la metáfora de su crecimiento político, su evolución dentro de la burocracia y del poder en la Casa Blanca.

Vice es la contracara y el fundamento de Zero Dark Thirty, aquella película sólida y cínica de Kathryn Bigelow donde la tortura en las cárceles de Irak eran la única forma para apresar y asesinar a Osama Bin Laden. Quizá Vice sea ingenua y sutilmente demócrata (sin aludir a que el primer presidente afro de EE.UU. tampoco desmontó el aparato militar, imperial y sádico que forjaran Cheney/Bush); también se podrá criticar que, salvo las figuras de Dick y Lynne Cheney, el resto de los personajes funcionan como meros estereotipos (Steve Carrell como Donald Rumsfeld y Sam Rockwell como George W. Bush son caricaturas), pero eso no eclipsa el hecho de que estemos ante una gran película, no exenta de complejidades.

Vice es también (o podría verse como) una metáfora sobre Adam McKay, que evolucionó de ser ese guionista ingenioso de Saturday Night Live a ser este corrosivo y fundamentado director de cine, que aun en sus fórmulas burlescas debemos tomar muy seriamente.

© Luis Alberto Zas, 2019 | @zasito

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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