09.02.14
La Nota Que Fue Jueves

Oscar 2014: sobrevivientes

En los últimos 30 años, el Oscar ha tenido una rara tradición y es poner entre sus nominadas por lo menos una película horrible y por lo menos una obra maestra. La curiosidad mayor es que no pocas veces es la horrible la que tiene más chances de ganar (o directamente gana) y la obra maestra la que no podría estar nunca sosteniendo la estatuilla. Las horribles el Oscar de este año ya las tiene: son 12 Años de Esclavitud y Escándalo Americano (y cada vez estoy más convencido de que la de O´Russell es incluso peor que la de McQueen). De las obras maestras sospecho que la única del listado (aunque El Lobo de Wall Street me ha ido creciendo mucho a lo largo del tiempo y aún no he visto Nebraska de Payne) terminará siendo Capitán Phillips. Por supuesto, no todos están de acuerdo con este postulado y hay quienes incluso han tildado a esta película de menor. En mi opinión, creo que si no se ha valorado en su justa dimensión el último largometraje de Paul Greengrass es más que nada por la supuesta simpleza de su argumento, y porque a simple vista no pareciera haber acá conceptos -así llamados- profundos ni en una descripción sofisticada de los personajes. Capitán Phillips es la historia real de -bueno, el título lo indica- un capitán de un barco mercante que en medio de un viaje ve como el vehículo que conduce es asaltado por un grupo de pesqueros somalíes convertidos recientemente a piratas. La película es tiempo presente en estado puro: ni le interesa contar demasiado el bagaje de la historia de los protagonistas, ni todo lo que pasa después del final (la información del epílogo es intencionalmente mínima). Más bien en lo que se concentra Greengrass es un hecho terrible marcado por lo incierto. Por un lado tenemos un capitán y una tripulación que debe hacerle frente a unos piratas por primera vez en su vida, por el otro la de los propios piratas, que lejos de ser expertos, se trata de personas que se han pasado el tiempo mayormente pescando y más por necesidad que por gusto se subieron a un bote con ametralladoras.

Este modelo de pensar un peligro basado en personajes que tratan de improvisar sobre la marcha no es raro el caso de Greengrass. Hoy este director compone junto con Michael Mann y Kathryn Bigelow un reducido grupo de realizadores interesado en hacer cine de acción para adultos. Pero creo que la diferencia es que si Bigelow y Mann se sienten cómodos trabajando con personajes excepcionales y obsesivos de su trabajo, las mejores películas de Greengrass (como Vuelo 93, Domingo Sangriento y, sobre todo, Capitán Phillips) se sostienen bajo una épica de lo posible, en donde personajes utilizan la inteligencia y el poder físico que pueden para llegar a un resultado o sencillamente para tratar de sobrevivir en una situación de peligro. En el caso de su última película, su protagonista primero debe utilizar su inteligencia y capacidad de liderazgo, y después su situación sólo consiste en una larga espera a que el carácter de somalíes nerviosos -unos más violentos que otros-, la efectividad de un operativo en manos de la ley marítima americana y, principalmente, el azar no termine jugándole en contra.

La fascinación de Greengrass pasa por un lado por ver como un capitán experimentado, con capacidad de reacción y sobre todo de liderazgo, termina -literalmente- atado de pies y manos, simplemente a la espera de que todo salga bien. Pero por el otro también hay una fascinación por planificar escenas de acción y suspenso virtuosas en escenarios muy difíciles para poder construirlos. En alguna medida hay tanto –o más diría- virtuosismo en escenas como la toma del barco por parte de los piratas o la ejecución de los efectivos que en toda la primera media hora de otra nominada al Oscar como Gravedad. Si a simple vista parecen más espectaculares los planos secuencia que abren el film con Sandra Bullock es sencillamente por ser más vistosos, pero no hay mucha diferencia de dificultad técnica entre eso y hacer que una persecución entre una lancha y un barco en mar abierto se vuelvan totalmente dinámicas; o hacer el operativo final en el que muchos francotiradores apuntan a un espacio reducido con personas en movimiento constante algo perfectamente entendible.

Justamente respecto de esta última escena hubo críticos extrañamente ofendidos porque al final el ejército americano termina rescatando al capitán y triunfando sobre los somalíes del tercer mundo.

Francamente no tengo idea que diablos esperaban los que objetan esto: si que al final Phillips terminara escapando solo, o que los somalíes en el pequeño barquito puedan contra decenas de soldados entrenados. Ninguna de esas opciones hubiera sido demasiado creíble, mucho menos en una película basada en un caso real. Esa objeción hubiera sido al menos atendible si la película hubiera hablado de una suerte de superioridad racial entre los americanos blancos y esos somalíes. Pero lo cierto es que la película no hace nada de eso. Por el contrario, el líder de la banda (Muse) tiene la gran virtud de producirnos un gran respeto. Ese enorme hallazgo de casting llamado Barkhad Ardi (hoy nominado al Oscar, hasta hace unos meses un chófer que ni pensaba en ser actor) entiende perfectamente eso, de ahí que su interpretación muestre todo el tiempo a una persona cansada (más aún con ese rostro cadavérico inquietante) con una mirada aparentemente perdida, pero que sostiene su trabajo con dignidad y se muestra muchas veces con un gran sentido de la prudencia así como una conciencia del riesgo que está asumiendo. En uno de los diálogos claves de la película Phillips, secuestrado, le pregunta a Muse que debe haber otras opciones entre ser pescador y pirata los únicos dos oficios que tuvo este personaje en toda su vida) a lo que este responde que quizás en América, pero no en su país. A veces estos diálogos explicativos pueden molestar, sobre todo en una película tan obsesionada con el aquí y ahora como esta, sin embargo, acá suma interés al personaje de Muse no tanto por lo que dice sino por el tono neutro con el que lo expresa. Allí se muestra a alguien que sabe que nació en un lugar que le dio es esas opciones y ahora le toca manejarse como puede. Muse es, de este modo, alguien no muy diferente a Phillips, una persona que casi por azar está en una circunstancia peligrosa y que trata de arreglárselas como puede para salir airoso. A su gran favor puede decirse que Muse nunca se muestra como una persona resentida por esto, y que en el fondo (a diferencia de los otros piratas, que pueden llegar a enfurecerse de las manipulaciones y estrategias de escape de Phillips) siempre está entendiendo que los trucos desesperados que le hace Phillips para escaparse tienen la lógica de una persona que quiere salvarse.

Por eso lo que termina en Capitán Phillips es que menos que una historia de villanos contra héroes se trata más bien de un relato de resistencia, en donde si se quiere hay una suerte de heroicidad en la toma de riesgos personales, pequeños sacrificios y sobre todo tolerancia a situaciones terribles. Por eso también su final es al mismo tiempo tan terrible y angustiante, con sus personajes llevados al límite de lo tolerable y con la tensión del barco pequeño –lleno de personajes discutiendo y moviéndose de un lado al otro- contrastando con el barco enorme y poderoso, en el que un conjunto de francotiradores se encuentra calculando matemáticamente el momento justo en el cual se deben de ejecutar los disparos.

Terminada Capitán Phillips vi, casi al hilo, otra de las nominadas: El Club de los Desahuciados (Dallas Buyers Club), dirigida por Jean-Marc Vallée. La curiosidad es que las dos películas tienen mucho en común. Si claro, la película de Paul Greengrass podrá contar con un presupuesto mucho más alto y pertenecer a un género de acción, pero sigue compartiendo con la otra película el hecho de estar basado en una historia real sobre alguien común enfrentado a una situación inesperada y extrema que debe también utilizar su inteligencia y capacidad rápida de reacción para sobrevivir.

El Club de los Desahuciados tiene una historia de producción conocida detrás. Es una historia que trató de filmarse más de 30 veces desde la década del 90 (la primera versión iba a ser protagonizada por Dennis Hopper), hasta que finalmente fue el propio Mathew McConaughey el que decidió ayudar a conseguir las inversiones para que pueda realizarse. También es conocido que se filmó con un presupuesto tan bajo que tuvieron que omitirse la etapa de los ensayos previos a la filmación y sobre todo que Mathew McConaughey bajó 22 kilos y Jared Leto 14 para poder hacer este papel. El Club de los Desahuciados cuenta la historia de Ron Woodroof, un electricista texano que en 1985 descubre que tiene el virus del hiv. Supongo que cualquier lector mínimamente informado sabe qué significa eso, pero por si acaso informo que adquirir algo así en esa época y en ese lugar significaba dos cosas:

a)     Ser vilipendiado por todo un entorno del estado más homofóbico de Estados Unidos (en épocas en las que se creía que el hiv sólo podía ser transmitido entre homosexuales).

b)    Ante las escasas posibilidades de tratamiento morir en poco tiempo.

La historia de Woodroof es justamente la de este personaje tratando de encontrar, si no una cura, al menos un medicamento que le ayude a alargar y mejorar su vida. Cuando finalmente lo encuentre en un hospital ruinoso de México y en forma de un cocktail vitamínico, se encargará de llevar esos remedios a Texas y venderlos a otros enfermos de SIDA. A raíz de esto a Woodroof le sucederá una buena cantidad de cosas: el nacimiento de un negocio que roza la ilegalidad, la posibilidad de mejorar la vida de decenas de personas, el enfrentamiento con el mundo de la medicina y farmaceútico que quieren seguir vendiendo sus medicamentos (aunque puedan llegar a empeorar incluso más al paciente) y con esto una maduración de un Woodroof que empezará el film como uno de los tantos homofóbicos feroces de Texas, y terminará entablando una relación de amistad y sociedad comercial con un travesti.

Digamos que no hay poco de interesante en los puntos de partida que tiene la película: hay mucho de inquietante en pensar como algo oscuro al mundo que teóricamente está hecho para curarnos. Después de todo uno de los aspectos más fuertes de la película es que acá buena parte de los médicos y enfermeros parecen estar más preocupados con sus propios egos y negociados que con la mejora de pacientes, lo que deriva lógicamente en una mirada hacia los enfermos que está más cercana al cobayo que al ser humano que necesita asistencia. También hay algo de interesante en describir un negocio monumental y global partiendo de la base de un pequeño hospital texano. Hay que decir también que la película de Woodroof se cuida de no caer en golpes bajos en una película que tiene todos los elementos para hacerlo. No hay acá abuso de los primeros planos y la banda de sonido jamás está puesta para remarcarnos dolor alguno.

Ahora bien, a contrapelo de varios colegas que sostienen a esta como una muy buena –o hasta una gran- película, no puedo ver acá mayores méritos que los anteriormente mencionados. El Club de los Desahuciados está filmada de manera perezosa, como un telefilm al que de vez en cuando se le ocurren algunos trucos baratos para sorprender (ese flashback en el que se nos muestra a Woodroof robando talonarios médicos), y una sumatoria demasiado alta de clichés y recursos fáciles para mostrar cambios de actitudes. Así es como si el film tiene que mostrar que Woodroof ya no es más homofóbico inserta un momento en el que lo vemos a él obligándole por la fuerza a un ex-amigo a que le de la mano a un travesti; para ubicarnos en época a la película no se le ocurre idea más trillada que empezar la película mostrándonos publicado en un diario el fallecimiento por SIDA de Rock Hudson; para mostrarnos los conflictos familiares del personaje de Jared Leto la película nos ofrece una escena en la que está con su padre y le recuerda a este todo el rechazo que siente a la forma de vida de su hijo; para ofrecer una suerte de catarsis al espectador se nos pone una escena en la que Woodroof tiene que ir al hospital a decirle al médico a cargo que es un asesino mientras lo toma de la solapa; para mostrarnos las bondades del médico que vive en México en contraposición del más prestigioso que está en América, Vallée expone al primero como un tipo campechano y simpático, con sus pelos desarreglados y un tono paternalista. No obstante el mayor desastre del film está en un epílogo vergonzoso en su simbología berreta a la película se le ocurre poner una escena de Woodroof arriba de un toro en un rodeo para hacer una metáfora de su lucha prácticamente solitaria contra las farmaceúticas.

La pregunta del millón acá -en tanto pareciera ser el mayor atractivo del film- igualmente es: ¿Qué tal está Mathew McConaughey? Se ha hablado mucho de este papel ya que justamente la figura de este actor estaba más identificada en películas de aventuras y sobre todo comedias románticas. Algunos hasta hablaron de un crecimiento actoral repentino, como si esta hubiese sido la primera vez que McConaughey actuó bien. Frente a esto se puede decir que este actor ya había mostrado su calidad tanto en la comedia Una Guerra de Película y sobre todo en la desatada y enferma Killer Joe de William Friedkin, incluso en la mucho más reciente El Lobo de Wall Street, McConaughey muestra que su calidad actoral le permite componer un personaje memorable que aparece menos de diez minutos en pantalla.

Y si bien en El Club de los Desahuciados el actor no llega a esos niveles hay que decir que igual está muy bien. Su presencia cinematográfica es importante en la película y sobre todo su sobriedad en un papel que podría haberse jugado de manera afectada. No obstante en un film tan austero y de pretensiones realistas como este hay algo de molesto en verlo a este actor tan delgado y diferente a las películas anteriores, como que es imposible desligar por momentos a ese personaje de esa estrella jugando a ser una persona común. Esto sucede con mayor fuerza en los papeles que hacen Jennifer Garner y Jared Leto, sobre todo porque estos si juegan a un tipo de actuación mucho más afectada y melodramática (sobre todo Garner, en una actuación que nos recuerda todo el tiempo que es una mujer afectada por el sufrimiento que la rodea).

Justamente mientras veía El Club de los Desahuciados y notaba este defecto me preguntaba por qué esto no sucedía en Capitán Phillips, otro film con un registro realista que contaba con Tom Hanks como protagonista. Hoy Hanks es más conocido que cualquiera de esos actores y sin embargo lo que tiene su actuación es que es de una sobriedad tan impresionante que no pareciera haber un esfuerzo actoral ahí. De esa manera uno entra por momentos en el juego de que esa superestrella no es otra cosa en ese instante que un trabajador más, con empleados a su mando y con una familia a la que extraña. A esto se le suma que el propio Greengrass acentúa ese verosímil rodeándole a Hanks de actores no profesionales y poniendo en el papel de su esposa a una Catherine Keener despojada de todo maquillaje. En cambio en El Club de los Desahuciados el realizador muestra a un galán como McConaughey primero como un semental y lo pone más adelante vestido de traje y cenando con Jennifer Garner.

Es un problema: una estrella de cine nunca deja de serlo a los ojos del espectador y despojarlo de esa aura es una tarea mucho más complicada de lo que parece. El problema de El Club de los Desahuciados es que no sólo no sabe cómo hacerlo sino que termina haciendo todo por acentuarlo. Esto de todas maneras no impide que McConaughey sea uno de los grandes favoritos a levantar la estatuilla. Puede quedársela si quiere, en la memoria siempre nos van a quedar actuaciones suyas mucho más interesantes que esta.

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