19.01.14
La Nota Que Fue Jueves

Un cine (y un mundo) cambiante

Este artículo va a tratar de probar que Ben Stiller es el comediante más importante y ambicioso de Hollywood desde Jerry Lewis. No será tarea fácil pero al menos haré el intento. Empezaré para esto diferenciando la figura de Stiller del resto de sus pares contemporáneos. A diferencia de Will Ferrell, Adam Sandler, Jack Black y otros comediantes de su generación, Ben Stiller no es un actor que llame inmediatamente a personajes extremos. Es más, buena parte de su filmografía más conocida (la trilogía de La Familia de mi Novia, las películas que hizo para los Farrelly) está conformada por personajes de clase media, gente con trabajos estables y sin demasiadas ambiciones.

A veces sí, pasa que Stiller es capaz de hacer algún personaje caricaturesco y el mismo está trabajado por él con un nivel de destreza notable: su modelo idiota Zoolander o su villano de Dodgeball tienen formas particulares de hablar y de caminar, presencias que hacen que uno entienda la comicidad de ese personaje al instante. Incluso en Dodgeball Stiller logra uno de los villanos más desagradables que se haya visto en la comedia (cosa que lo hubiera potenciado si los productores hubieran dado la opción de que finalmente él fuera el triunfador de la partida). Ese personaje de Dodgeball define muy bien esa oscuridad insospechada que puede tener Stiller, un grotesco asqueroso que puede llegar a ser mucho más extremo incluso que el de cualquiera de sus comediantes contemporáneos. También habla de otra cuestión de BS: su imprevisibilidad. Uno sabe que Jack Black en estado cómico va a ser siempre personajes gritones y caricaturescos, que Will Ferrell va a estar siempre en estado histérico y Sandler será siempre un inmaduro que desprende cierta tristeza en su actuación. Más allá de algunas variaciones, de algunas incursiones en el drama de estos comediantes, en general la cosa siempre está en este registro: con Ben Stiller no, su registro actoral puede disparar para cualquier parte y venir tanto en forma sobria como extrema. Esto también parece haberse reflejado en su carrera como cineasta.

Justamente hablando de esta imprevisibilidad una de las anécdotas más interesantes de él como realizador se dio en el proceso de preproducción de El Insoportable (The Cable Guy). La idea de la productora Columbia fue comprar un guión de un tal Lou Holtz Jr. para hacer una comedia amable con algunos momentos incómodos, una suerte de versión más light de ¿Qué tal Bob?, la obra maestra de Frank Oz. Llamarlo a Stiller para dirigir no parecía tan inadecuado. El realizador y actor (hijo de comediantes) que empezó su carrera haciendo papeles dramáticos como en El Imperio del Sol de Spielberg y había sido responsable de un programa cómico excelente pero muy poco visto (The Ben Stiller Show), había dado sus primeros pasos como realizador en su opera prima Generación X, un film algo fallido pero de lo más amable donde el director trataba de entender a un grupo de gente joven poniéndose tanto en el lugar de un bohemio talentoso que detesta el sistema como de un yuppie vocacional interpretado por el propio Stiller. Sin embargo cuando Ben Stiller se sumó a la dirección, Jud Apatow a la producción, y Carrey fue el elegido para protagonizar la película (lo que encareció mucho la producción), el guión empezó a ser manipulado de manera tal que la historia se volviera cada vez más oscura. Al punto tal fue así que Holtz Jr. (a quien a cada rato Apatow, Stiller y hasta el propio Carrey le pedían que fuera más extremo) decidió abandonar a seguir oscureciendo más una historia que había perdido su intención original. Fue Stiller el que redactó un cuarto borrador del guión que llevó las cosas a un extremo que hasta hizo que Columbia casi retirara los fondos: allí el personaje del acosado interpretado por Mathew Broderick iba a ser una mujer. Finalmente el propio realizador terminó basándose en un guión de ensamblaje propio que juntaba escenas del primer guión con el del cuarto, jugando así con el humor físico inofensivo para ir a lo terrible y tensionando -como pasa con algunas comedias negras de Danny de Vito o los cuentos de Saki- la delgada línea que hay entre el terror y el humor.

No muchos valoraron este film que fue destrozado por la crítica y rechazado por buena parte del público. Hoy es una obra maestra de los 90, una reflexión superlativa sobre la televisión brutal de fin de siglo, y la película que entendió como ninguna otra el potencial oscuro que había en la comicidad de Carrey, quien aquí tiene la paradoja de entregar la mejor actuación de su carrera al mismo tiempo que el papel que prácticamente lo arruina. También The Cable Guy muestra a las claras un realizador ambicioso quien en uno de los cameos más raros de la historia del cine aparece como un asesino de su hermano a punto de ser condenado por la justicia mientras la televisión transmite su caso. Esto habla mucho de la manera en la que Stiller habla de los mundos que aborda y su forma de satirizar. Siempre creí que había dos formas de ejercer la sátira: una que se para por sobre lo que se está burlando, o una que mantiene sobre lo que satiriza una mirada ambigua, que combina la crítica ácida con cierto cariño o respeto hacia lo que se aborda. En el caso de Stiller este cariño tiene que ver con algo lógico y es que todo lo que ha satirizado hasta ahora es un mundo en el cual él pertenece y alimenta: en el universo MTV, Hollywood y el mundo televisivo, todos lugares que alguna vez habitó o sigue habitando. De hecho una de las cuestiones más impresionantes del cine de Stiller es que logra mimetizarse con lo mismo que se está burlando, o no es acaso Una Guerra de Película un film que en un momento propone escenas de acción tan bien armadas como cualquier otra película bélica, o El Insoportable un largometraje que crea una criatura monstruosa y extrañamente brillante, mimetizada con el propio universo televisivo frenético y extravagante que se satiriza. Justamente la propia Zoolander es una película que se burla de la estética MTV y la publicidad pero que al mismo tiempo logra adaptar virtuosamente (y más de una década antes de que lo hiciera con mucha menos creatividad Harmony Korine en Spring Breakers) el montaje frenético y disperso de la publicidad y el videoclip a una narración perfectamente fluida.

Justamente el pequeño clip dentro de una película ha sido una de las obsesiones formales más fuertes de Stiller, pudiendo venir en forma de trailers falsos, videos caseros con declaraciones breves, o pequeños pedazos de televisión que se van pasando con la velocidad de un zapping. Incluso podría decirse que el cine de Stiller reclama escenas breves y potentes, por eso también su cine se resiente cada vez que está demasiado tiempo con conversaciones entre personajes o con una puesta en escena más clásica. El cine de Stiller necesita estar en movimiento permanente, sorprendiendo a cada escena para no decaer. De ahí también la importancia de un lenguaje cinematográfico que logre absorber bien el lenguaje hiperquinético del videoclip o la propaganda.

Justamente a su reciente La Vida Secreta de Walter Mitty le ha sido achacada una estética muchas veces propia de una publicidad. Creo que esto es cierto pero a diferencia de otros no lo pienso como un defecto. Su última película es una forma de reflexionar sobre temas muy actuales como la crisis económica americana y el pasaje al digital de los medios utilizando un relato que es un cuento de hadas apenas disfrazado. Mitty, como tantos otros protagonistas de cuentos de hadas (como el niño Erizo o Juan sin Miedo) posee una particularidad especial que sólo puede curarse mediante una aventura sobrenatural. Después de todo en La Vida Secreta de Walter Mitty los sueños del protagonista no son menos excéntricos que sus viajes reales, todo en una geografía de fantasía que puede hacer que Mitty viaje de Islandia a Estados Unidos en menos de dos horas.  Como en los cuentos de hadas tradicionales incluso, toda esa tierra mágica está hecha para que Mitty pueda tener finalmente un objetivo real: ganar carácter, aceptar los cambios y quedarse con la chica (obviamente el equivalente en los cuentos de hadas de la princesa). Justamente es interesante que lo que permita a Walter Mitty embarcarse en una aventura sea un lema publicitario de una revista, una de esas frases optimistas y motivacionales que se pueden ver en miles de propagandas. La salida más natural es burlarse de esas frases, pero Stiller ve en ellas de pronto palabras mágicas que parecen remitir a las enseñanzas de los cuentos de hadas, que aún con toda su fantasía e ingenuidad no dejan de encerrar una belleza y hasta de vez en cuando, en ciertas circunstancias, una verdad.

Puede ser raro pensar que el mismo realizador que vio en el mundo de los medios algo siniestro como El Insoportable pueda ver ahora en los punch publicitarios algo optimista, algunos hablarán de una decadencia pensando inmediatamente que todo arte tiene que ser oscuro para ser bueno. En mi caso estaría dispuesto a decir que estos cambios de visión hablan muy bien de un cineasta que no quiere tener una última palabra sino que constantemente se está preguntando qué posición tomar sobre el mundo que lo rodea. Y ahí está una de las cosas que más diferencia a Stiller del mencionado Jerry Lewis.

Si Lewis construye un cine eminentemente ególatra, en donde el humor y la experimentación estética están al servicio de mostrar los terrores, obsesiones y dualidades de un artista, los largometrajes de Stiller están por ahora obsesionados con el tiempo que le toca vivir (la generación de los 90, la televisión canalla de fin de siglo, el universo fashion del siglo XXI) haciendo de la experimentación humorística un medio muchas veces para reflexionar sobre el presente. Por eso también su cine es tan mutante e inquieto y tan imposible de llegar a una última palabra, porque nada es más móvil que una reflexión sobre una tormenta hecha mientras la misma se está viviendo. Mientras esto pasa, hay algo que sí Stiller comparte con Lewis, y es que como todo comediante está construyendo una obra incapacitada de ganar “grandes premios” y que puede que sólo sea apreciada en su total grandeza cuando este realizador se retire. Maldición común de todos los grandes cómicos cuyo arte exquisito es relegado al lugar de mero divertimento mientras analizan las cosas con mucha más lucidez que muchos de los directores más prestigiosos de su tiempo. Este artículo quiso, humildemente, hacerle justicia antes.

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