10.04.12
Directores _ Dossier

Lynne Ramsay: La trilogía del morbo

La escocesa Lynne Ramsay es una de las realizadoras más destacadas del cine independiente actual y sus tres films hasta el momento: Ratcatcher, El Viaje de Morvern y la recientemente estrenada Tenemos que Hablar de Kevin son el fiel reflejo de esto.

Ramsay se destaca por tener una interesante y poco habitual mirada del morbo, el declive de la sociedad y la violencia en general, al contar historias desgarradoras de gente común desde lo más profundo de la perturbada psicología de sus personajes.

La odiosa vida cotidiana de James, un niño que accidentalmente ahoga a otro en un canal en Ratcatcher, el limbo que empieza con apoderarse de Morvern, una joven que llega a su casa y encuentra a su novio muerto tras este haberse suicidado en El Viaje de Morvern, y el pesar de Eva, una madre que en conflicto con su hijo y consigo misma desde el nacimiento de éste provoca que su primogénito en la adolescencia se transforme en un asesino en masa en Tenemos que Hablar de Kevin. Estas son las bases iniciales para que las películas estén envueltas en la decadencia y oscuridad de la personalidad humana.

En Ratcatcher, James es integrante de una familia de bajos recursos en dónde su alcohólico padre que lo humilla constantemente golpea a su madre, mientras que la mayoría de los jóvenes que lo rodean son abusivos y se aprovechan de él como de su amiga a la que obligan a concederles favores sexuales; en tanto que en el barrio en dónde vive predominan las plagas de ratas y piojos en un sitio rodeado y contaminado por la basura.

En El Viaje de Morvern, el morbo es tal que la mujer que sufre la pérdida de su novio hace sus actividades cotidianas en medio del cadáver hasta que éste se torna lo suficientemente despreciable, por lo que primero lo cubre y luego lo entierra. A todo esto, se entera que su mejor amiga se había acostado anteriormente con el fallecido, pero su personalidad es tan fría que parece no preocuparle o al menos lo pasa por desapercibido.

En su nuevo film, Tenemos que Hablar de Kevin, se presenta el típico ejemplo de la familia disfuncional, en dónde desde su nacimiento, el chico que luego en su adolescencia será homicida sufre los desencuentros e indiferencia con su madre, que hasta en cierto punto hubiera preferido el no nacimiento de éste. Por otro lado, su padre siempre le esquiva a los posibles problemas y no es capaz de percibir el posible demonio que se esta sembrado en el chico.

Si hay algo por lo que se destaca Ramsay es por exponer estos universos de una manera impávida y trastornada, ya que sabe como enmarcar cada historia en un clima ofuscado de una gran lucidez cinematográfica: la tenue fotografía al mejor estilo de los trabajos más destacados de Gus Van Sant como Elefante y Last Days y como a partir de esto se puede generar un brillante contraste con los colores fuertes, para así generar un delicado simbolismo que hasta por momentos se torna surrealista y de gran trascendencia en la acción dramática.

Pero a partir de esto, la realizadora provoca un impacto incandescente con la utilización del color como punto de atracción del plano y más precisamente a través de la utilización del plano detalle para oponer determinadas imágenes al común desenvolvimiento visual de sus películas; eso sí, con este artilugio profundiza en lo que son cínicas imágenes poéticas para desencadenar el humor negro y aliviar un poco el escalofriante clima dramático. El globo rojo que sostiene al ratón de un niño del que la banda del barrio se encuentra molestando, para que en una surrealista situación el animal llegue a La Luna en Ratcatcher; las luces del árbol de navidad que se prenden y apagan frente al cadáver en El Viaje de Morvern y los coloridos cereales que son aplastados por el problemático Kevin en Tenemos que Hablar de Kevin. Todas estas son situaciones que simbolizan un conflicto para el cual Ramsey utiliza como herramienta el contraste pictórico.

A pesar del letal dramatismo que propone la realizadora en su universo morboso, hay pequeños momentos en los que sus protagonistas se acercan a una mínima alba para escaparle a sus aprietos emocionales y existenciales, y para esto se hace presente la necesidad de fuga. No es casualidad que en Ratcatcher, James sólo puede huirle a su mente perturbada cuando se toma un colectivo que lo deja en el campo y lejos de la ciudad en dónde vive; que en El Viaje de Morvern, ella sienta un leve alivio cuando emprende su camino hacia España para alejarse de sus actos cotidianos; o que en Tenemos que Hablar de Kevin, cuando Eva abandona la lujosa casa en la que habitaba con su familia para refugiarse en una vivienda mucho más marginal. Pero como se advierte, esto sucede por instantes, porque en el cine de Ramsay ninguno de los personajes esta a salvo de su destino ni puede perpetuar una paz interior.

Pero a partir de dónde la directora enfatiza más su idea del morbo es a través del interior de sus protagonistas. Ninguna de sus obras se destaca por estar construida por una exuberante violencia explícita, sino que provoca un sentimiento mucho más aterrador a través de las miradas, lo movimientos de cámara y lo pausada de las imágenes a través de films dónde no predominan mayormente los diálogos, sino las escalofriantes situaciones.

Lo interesante de todo esto concluye en que a pesar de realizar dos muy buenas películas como Ratcatcher y El Viaje de Morvern, en dónde a pesar de su profundidad formal e ideológica, éstas se componen de una narrativa lineal, que a pesar de su correcto funcionamiento no resultan muy jugadas en ese aspecto; mientras que en Tenemos que Hablar de Kevin, Ramsay organiza un rompecabezas temporal entre el presente, el pasado y un sitio onírico de una lucidez asombrosa y no más pretenciosa de lo necesario para que el relato que propone se vaya desarrollando fluidamente para profundizar sus ideas de la manera mejor vista hasta el momento en su filmografía, y así dar otro paso hacia la madurez de la todavía joven artista europea.

maito@asalallenaonline.com.ar

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