03.01.14
Directores _ Dossier

Scorsese: La era DiCaprio (primera parte)

Los innumerables problemas de rodaje y la magra
recepción de Kundun, hicieron que
Martin Scorsese se refugiara en su propia cosmovisión para una película
inmediatamente posterior: Vidas al Límite.
Un film que, sin la incorporación del director, ya evidenciaba motivos del cine
scorsesiano como la nocturnidad, la
religión, la angustia metropolitana, etc. El libro, que pertenecía a Joe
Connolly, fue adquirido por Scott Rudin e inmediatamente ofrecido al director
que aceptó sin rodeos y buscó, después de un impasse algo rasposo, a Paul
Schrader. Los motivos mencionados hacían de un material pre cocido para el
guionista, lo que colaboró a que la crítica y parte del público viera a Vidas al Límite como una réplica paródica
de Taxi Driver pero con una historia
inconducente y más lúgubre: cuando el aliento fresco llegaba, junto con los
únicos planos diurnos del film, las placas de los créditos surgían. Por primera
vez en mucho tiempo, Scorsese sufría dos fracasos consecutivos, al menos desde
un punto de vista comercial. En ese momento se desempolva finalmente el
proyecto de Pandillas de Nueva York,
escrito por Jay Cocks (La Edad de la Inocencia)
y guardado por más de dos décadas.

Pandillas
de Nueva York
es el grado cero de la mafia integrada por inmigrantes y está
centrada en los primeros hombres que llegaron para “hacerse la América”. En
muchos de los casos, el devenir de la vida llevó a esos hombres a involucrarse
en asociaciones criminales. Las luchas territoriales, nacionalistas y por la
simple búsqueda de poder aparecen como motivos propios del código mafioso, que
se mantienen hasta el día de hoy. La pureza de ciertas características ya
habían sido estudiadas, estrujadas y tendidas sobre un manto de localidad (el
barrio de Little Italy) por Martin Scorsese, lo cual pensarlas nuevamente sería
una redundancia, que por cierto rozó en Casino.
El contexto de una Nueva York de mediados de siglo XIX se presenta como el
caldo de cultivo de una oleada migratoria que unas décadas más tarde generará
la mafia moderna, erigida a la par de la prosperidad de los Estados Unidos. Las
crisis institucionales del país -una nación joven que acariciaba el centenario
de vida- azotaban como nunca los centros urbanos y la inmigración de Irlanda se
acrecentaba como consecuencia de una persecución religiosa de parte de Gran
Bretaña y principalmente por una hambruna epidémica. El contexto de una nación
construida con peldaños de diferentes hombres que veían a los Estados Unidos
como la tierra de la libertad de credo, negocios, pensamiento, etc. es la base
de la historia -probablemente- más antigua sobre el “hacerse la América”.

Si bien el marco histórico apuntaba a narrar
las vidas de hombres que finalmente encontraron en una tierra lejana la
posibilidad de vivir en paz y en libertad, el recorte de Scorsese tenía la
estructura de una venganza. Amsterdam Vaillon (DiCaprio) busca, luego de unos
años, vengar el asesinato de su padre a manos de un ¿don, jefe mafioso? llamado
Bill “The Butcher” Cutting (Daniel Day-Lewis). Amsterdam se introduce
lentamente en el círculo de Bill hasta convertirse en su ladero más fiel para
lograr su objetivo. Pandillas de Nueva
York
es una autopista con muchas bajadas, cada una con sorpresas (de las
buenas y de las malas). Sus amagues con ser un drama romántico se evidencian en
el personaje de Cameron Díaz y un pasado también tormentoso, el de Amsterdam.
La historia también bordea el drama de época fastuoso, preciosista y preocupado
por el detalle. Además de lo contextual ya mencionado y de la estructura de
film de venganza, este proyecto de redención para Scorsese tiene una sobrecarga
de temas, de géneros y de un poder visual empalagoso, calificativo que también
le vale a una banda de sonido creada por U2. El salvajismo formal de la cámara
y las selecciones musicales precisas (por no decir pertinentes) son elogiables
aunque aquí la duración se siente físicamente como una molestia, especialmente
ante cada diálogo solemne de Daniel Day-Lewis o ante cada aparición innecesaria
de Cameron Díaz. El caso de DiCaprio es una cuestión completamente diferente.

En esta primera colaboración entre el galán
de Titanic y el célebre director, se
selló una sociedad irrompible hasta el día de hoy. Leo había tocado el cielo de
Hollywood con el mencionado film de James Cameron; un hito planetario que
barrió con taquillas y premiaciones, sin embargo el actor no logró una
legitimación de su trabajo, ni en la crítica ni en un público más pretencioso:
seguía siendo el carilindo con rostro aniñado. Sus participaciones posteriores
(El Hombre de la Máscara de Hierro,
realizada antes que Titanic pero
estrenada después, y  su pequeño papel en
Celebrity de Woody Allen) no le
ayudaron a sacarse la etiqueta de actor mediocre con cara bonita, conclusión
poco acertada. DiCaprio sedimentó en su relación con Scorsese una madurez
actoral; luego participó en films de Spielberg, Eastwood, Nolan y Tarantino. En
los últimos años demostró la fortaleza para cargarse al hombro personajes
densos, que aparecen en cada plano, como sucede con Jordan Belfort en la más
reciente El Lobo de Wall Street. El caso
más loable de todos fue el de la increíble biopic de J. Edgar Hoover de Eastwood,
en la que una composición dolorosamente física coronó a DiCaprio como un actor potable
para cualquier repertorio. El progreso de la sociedad con Scorsese no fue un
lecho de rosas, recién con Los Infiltrados
se inició el proceso de legitimación y en el medio quedó la polémica vida de
Howard Hughes retratada en El Aviador.
 

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© A SALA LLENA.