08.05.14
Directores _ Dossier

Sobre los centros del mundo

El Año que Vivimos en Peligro

Peter Weir (Australia, 1982)

Mel Gibson, Linda Hunt, Sigourney Weaver

 

“Si querés entender a Java, tenés que entender el Wayang”. Con estas palabras, Billy Kwan comienza la “educación” de Guy Hamilton, el recién llegado a quien elige porque cree ver en él, desde el primer momento, un potencial, una posibilidad, que le induce a tomarlo por el “amigo aún no encontrado” que acaso sea digno de interpretar el papel que él mismo no puede interpretar. El teatro sagrado javanés, llamado Wayang, es protagonizado por las sombras que las marionetas proyectan sobre una pantalla. En él, el Titiritero es un sacerdote.

“Por eso es que llaman a Sukarno El Gran Titiritero”, prosigue Billy Kwan, porque Sukarno es “el que balancea la izquierda con la derecha”. Ahmed Sukarno, el héroe nacional indonesio, artífice de la independencia en 1949, se ha mantenido en el poder hasta el presente (1965) gracias a su capacidad de apoyarse alternativamente en las dos fuerzas antagónicas de la nación: los militares musulmanes (apoyados por occidente), y el PKI (los comunistas apoyados por China). Guy Hamilton es un periodista australiano joven y ambicioso; sabe que su llegada a Yakarta como corresponsal extranjero, en momentos en que la caída de Sukarno parece inminente, es la oportunidad largamente esperada para salir de la mediocridad. Para no dejarla escapar cuenta con la confianza en su talento y con su inagotable ambición, pero no tiene contactos, y sin contactos no hay primicia para un corresponsal extranjero en Yakarta, adonde todos los occidentales son tenidos por enemigos. Sus colegas no se pueden dar el lujo de admitir más competencia, ya que viven en eterna disputa por cada migaja que Sukarno les arroja con desprecio desde la terraza de su palacio, y le niegan toda ayuda. Todos menos Billy Kwan.

Billy, como los demás periodistas, es habitué del bar del Hotel Indonesia, cuyas paredes están decoradas por las sombras de las marionetas del teatro Wayang; allí conoce a Hamilton  y lo elige como destinatario de un saber del cual es o cree ser depositario, y a la vez como actor de un drama del cual él mismo sólo puede ser protagonista a través de un representante.

Billy es fotógrafo y camarógrafo; pero es, además, un enano mitad australiano, mitad chino, cosa que a Hamilton no parece importarle como a sus demás colegas. Billy le ofrece a Hamilton la primicia tan esperada que lo pondrá en camino, la posibilidad de entrevistar al líder del PKI, y a cambio obtiene la gratitud y la confianza indispensables para hacer posible la transformación que debe ser operada en el recién llegado a fin de que se convierta en acto lo que Billy advirtió en él, desde el principio, en potencia. Porque para hacerse digno del saber tradicional con el cual Billy lo pondrá en contacto, Hamilton debe primero despojarse de su viejo ser.

En su primera visita a casa de Billy, Hamilton es instruido acerca del Wayang con el ejemplo proporcionado por la historia del príncipe Arjuna y Srikandi. Mientras manipula las marionetas para que sus sombras actúen sobre la pared, Billy describe a Arjuna como el gran héroe que es a la vez caprichoso y egoísta, y a la princesa Srikandi, noble y orgullosa, pero obstinada. “Arjuna se enamorará de ella”, cuenta Billy; y también: “Krishna dice a Arjuna que todo es nublado por el Deseo, como el fuego por el humo, como el espejo por el polvo; a través de él, se enceguece el alma”.  “Buena frase”, comenta Hamilton, y toma un títere: “¿Quién es éste?”. “Ese es muy especial, es el enano Semar”, responde el enano Billy, “sirve al Príncipe”. “¿Y esta?”, insiste Hamilton, observando el retrato de Sigourney Weaver, colocado en el centro de la escena por Billy. “Esa es mi Jilly”.

Jill Bryant es la bella asistente del agregado militar de la embajada británica, de la cual Billy está enamorado más allá de toda ilusión. A partir de entonces, Hamilton y Jill cumplen en manos de Billy, quien en todo momento maneja los hilos desde las sombras, los papeles de Arjuna y Srikandi y su historia de amor. Ambos van siendo sometidos a una serie de pruebas que los lleva paulatinamente a poner en duda las supuestas certezas del mundo des-sacralizado del cual provienen. Pero a la par que la pareja es sometida al rito iniciático que los despojará del humo y el polvo bajo el cual nacieron, también Billy va atravesando su propio laberinto. Es que Billy es un ser dividido: mitad oriental, mitad occidental, es capaz de entender pero no de aceptar íntegramente el abandono de todo deseo. El dolor que le provoca la miseria de los pobres de Yacarta lo obliga a involucrarse y a tomar partido por Sukarno, a quien ve, como el pueblo, como a un salvador. En una excursión por las barriadas miserables insta a Hamilton a dar algunos dólares a los pobres. “No serviría de nada, sería una gota en el océano”, responde éste, y Billy concluye: “No hay que pensar en las cuestiones mayores; hacés lo posible acerca de la miseria que está enfrente tuyo. Sumás tu luz a la suma de la Luz”.

Ambos procesos son empujados hacia un desenlace cuando el balance político sostenido por la habilidad de Sukarno se viene abajo: Jill se entera por un télex leído en la embajada que Sukarno autorizó en secreto el envío de armas a los comunistas del PKI desde China (lo que desencadenará la guerra civil y la consiguiente matanza de occidentales); se lo revela a Hamilton con la idea de que salve la vida abordando el avión junto a ella hacia Londres, el “Centro del Mundo”, como lo definió en una ocasión anterior. Pero Hamilton ve que la primicia es la oportunidad de su vida y no es capaz de resistir la tentación de utilizarla, aún si la divulgación de la noticia significa perder a Jill.

Cuando Billy se entera sufre una doble decepción: por un lado ve que Hamilton ha sido incapaz de superar la última prueba para convertirse cabalmente en un “hombre de la luz” y no ha logrado abandonar el mundo de sus colegas occidentales, en donde ya no existen vestigios de nada sagrado y reina lo horizontal e indiferenciado, el caos; y por el otro, comprende la traición de Sukarno, quien cede a las presiones de los grupos en pugna tan sólo para mantenerse en el poder, desentendiéndose del sufrimiento y las necesidades de su pueblo. Así, incapaz de aplicar en pos de su propia salvación el consejo de Krishna, Billy se deja llevar por las pasiones que pugnaban desde un principio por desatarse en él y se enfrenta a Hamilton y a los demás habitués del bar del Hotel Indonesia, echándoles en cara lo que ellos consideraban precisamente una virtud: la imparcialidad ante el dolor, la capacidad de ver el sufrimiento como noticia. Cuando vuelve a casa, desesperado y perdido entre los apuntes que le servían de guía para manejar los destinos de sus amigos cual personajes del Wayang (“Eres mi creación”, llegó a confesarle a Hamilton en el vértigo de la desilusión), Billy levanta la vista al cielo y pregunta lo mismo que la gente preguntaba a Juan el Bautista en Lucas 3,10: “¿Qué debemos hacer entonces?”. La respuesta del Bautista (“Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”), no se escucha, pero explica la manera en que Billy decide sacrificar la vida por los que sufren. El cartel que despliega desde una ventana del hotel Indonesia para que sea visto por el tirano y por la prensa internacional dice “Sukarno, alimentá a tu pueblo”.

“Lo mataron por un cartel que Sukarno ni siquiera alcanzó a ver”, comenta más tarde Hamilton, pero el sacrificio de Billy tiene la virtud de obrar en él el cambio definitivo que le permite convertirse en otro. Superando los últimos y más ciertos peligros, por haber estallado esa misma noche, y fracasado, la revolución, Hamilton alcanza finalmente a Jill y ambos se abrazan en la puerta del avión que los llevará a Londres (que ya no es Londinum, desde hace tiempo). El Centro del Mundo, desde el punto de vista tradicional, premoderno, es mucho más que la sede administrativa desde donde se gobierna una isla o los restos de un imperio, es ante todo el ombligo, el punto a partir del cual el caos, lo informe, se ordena y se hace cosmos. Y esto es así porque es el punto por el cual se conectan la tierra y el cielo, haciendo posible, para el que ha sido iniciado, la comunicación con el otro mundo, con el mundo trascendente.

 

Por Javier Lodeiro Ocampo

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