02.04.16
Dossier _ La Venganza es Mía

Superhéroes

Vi Batman vs. Superman. Seré directo: es horrible. O sea, no simplemente mala, es una cosa espantosa; con varias actuaciones de un nivel lamentable; errores narrativos insólitos; una impericia increíble para montar y dirigir escenas de acción medianamente entendibles; una secuencia inicial con ralenti e imágenes oníricas que constituyen un crimen a la estética -¡Ese Bruce Wayne elevado por los murciélagos!- y escenas de una gratuidad inexplicable. De todos los defectos, hay uno que me llama especialmente la atención: la música altisonante y prácticamente omnipresente. Además de constituir una de las bandas de sonido más feas que haya dado la historia del mainstream, representa también uno de los rasgos más lamentables de Batman vs. Superman: su pomposidad. Es una de esas películas en las que cada diálogo pareciera querer decirnos algo significativo y trascendente: que el poder no puede ser inocente; que Superman guarda paralelos con personajes mitológicos varios; que el Mal puede ser capaz de corromper a cualquiera; que el significado de la justicia etc… Su necesidad por decirnos cosas supuestamente profundas es tal, que termina volviendo a personajes que nunca se caracterizaron -al menos en las películas, desconozco los cómics- por discursos grandilocuentes y de supuesta profundidad, en una suerte de filósofos de segunda mano. Por un lado lo tenemos a Alfred como un hombre sabio, interpretado por un Jeremy Irons que hace su personaje como si estuviese en una tragedia de Shakespeare; por el otro está Jesse Eisenberg y su Lex Luthor demente pero con un pensamiento supuestamente fascinante, como si fuese el Guasón planteado por Nolan pero en versión multimillonaria . Mientras veía a ambos personajes declamar líneas de dudosa profundidad, no podía evitar pensar en lo ridículo que quedaban ese tipo de pretensiones en una película de superhéroes.

Sin embargo después recordé que este año se estrenó la segunda temporada de Daredevil. Esta serie no solamente es muy superior a Batman vs. Superman, sino que también se caracteriza por triunfar en aquello que Batman vs. Superman fracasa: ser una historia de superhéroes que logre ser, al mismo tiempo, espectacular, oscura, rabiosamente entretenida y profunda. Quizás el truco es que Daredevil simplifica ahí donde Batman vs. Superman suma. En vez de querer hablar de Prometeo, Zeus, Cristo, o cualquier mitología existente en la historia del planeta, Daredevil se limita a ser rabiosamente católica y desde ahí construir la filosofía de su personaje. No parece extraño que esto provenga de Drew Goddard (el creador de la serie), al fin y al cabo su interés en las religiones ya se había expuesto en la extraordinaria La Cabaña del Terror (con su mirada ambigua sobre la religiosidad y su curiosidad por los ritos atávicos), y también en el guión de Misión Rescate (una película que justamente desconfía de la posibilidad de la religión cuando la tecnología haya llegado a un nivel técnico demasiado avanzado). Daredevil parte del catolicismo para construir la forma de vida de su personaje principal. Como mucho católico prácticamente y obsesivo, el superhéroe está dispuesto a encontrar la gracia y sabe -o cree desde el mundo que se ha construido- que para llegar a ella hay que pasar un camino de espinas. Dichas espinas se traducen esencialmente en dos formas: la sentimental -Daredevil está imposibilitado de tener cualquier noviazgo o incluso amistad duradera con el tipo de vida que lleva- y la física -este personaje compite palmo a palmo en castigo físico con los Spiderman que hacía Sam Raimi-. En medio de todo esto, Daredevil tiene una regla sagrada: no matar. Esa regla presenta un problema porque todo mal que combate Daredevil tendrá posibilidad de levantarse y volver a hacer daño de nuevo. Por supuesto, como buen católico, Daredevil piensa que hay posibilidad de redención para todos, pero el propio superhéroe sabe que en la tierra en la que se encuentra -Hell´s Kitchen- este porcentaje será mínimo y buena parte de los delincuentes que salgan volverán a hacer daño. De esta forma hay algo del Padre Merrin de El Exorcista en Daredevil: con su resignada pero persistente certeza de que debe combatir un mal interminable. En la segunda temporada, además, se presenta un personaje oscurísimo: Frank Castle (más conocido como The Punisher), que no sólo no tiene miedo de matar sino que lo hace con la certeza de que lo mejor que se puede hacer es simplemente arrasar con todos los mafiosos para que estos no vuelvan a hacer daño. La posición a las que nos pone Castle como espectadores es incómoda: sabemos por un lado que Castle es un demente, y que también vive, como el propio Daredevil, un infierno personal -aunque este infierno consista no en necesitar salvar vidas sino, al contrario, en transformar la matanza en un vicio imparable-, pero sabemos también que su razonamiento tiene su lógica. La serie además no la hace fácil: matando a villanos, Castle le salva la vida una que otra vez a Daredevil, lo que permita que este pueda impartir justicia. Al mismo tiempo, que Daredevil acepte como “socios” a Castle y a una asesina como Electra, habla también de que él mismo empieza a ser seducido por la posibilidad de derramar sangre de una vez. Es más, las mejores escenas de pelea de Daredevil (como la virtuosa escena de las escaleras)*, tienen la inquietante expresión del superhéroe disfrutando oscuramente la posibilidad de destrozar a piñas al rival.

Si en Daredevil podemos tolerar y hasta a veces celebrar sin problemas que los personajes se detengan a monologuear acerca de la diferencia entre justicia y venganza; si no molesta para nada verlo al protagonista hablando con un sacerdote acerca de sus deberes como religioso y la presencia de la culpa como motor de sus acciones; si podemos tolerar a Castle reflexionar sobre sus métodos violentos; es porque la serie tomó la precaución de que esas cuestiones surgieran naturalmente de la trama. No nos extraña que una serie de superhéroes se ponga solemne y filosofe porque en alguna medida logró ganarse esa solemnidad y esa filosofía a partir de la construcción de un verosímil.

Batman vs. Superman, en cambio, piensa que la solemnidad y los temas de importancia son un agregado que le da más interés y profundidad a algo en sí. De este modo, se permite hablar de cómo el poder corrompe en una película donde el personaje más poderoso es absolutamente bondadoso; o menciona la idea de que el hombre no tiene capacidad de unirse por el bien, en una película que no nos mostró el más mínimo signo de misantropía; o se pone a hacer alusión a cuanta mitología existe en una película cuyo interés mayor termina siendo mostrar a dos superhéroes reventándose a trompadas. El recurso querer ganar importancia mencionando temas profundos o referencias cultas es una estupidez, pero no parece casual que esto venga por parte de un realizador que piensa que el sólo agregado de la cámara lenta vuelve más espectacular o sentimental una escena en sí. Si uno lo piensa, en el fondo, no es la solemnidad lo que molesta de Batman vs. Superman, sino que no haga ningún esfuerzo serio para que podamos creer en ella. Sospecho por eso que la raíz de todos los problemas de Batman vs. Superman no está en sus pretensiones sino en su pereza.

Hernán Schell / @hernanschell

*Dos cuestiones respecto de escenas como la de las escaleras. En primer lugar, decir que un gran acierto de Daredevil es privilegiar estas peleas en planos generales realistas porque hace que uno “sienta” más aún el dolor de este personaje. En segundo lugar , un interrogante: como puede ser una serie de 13 capítulos filmada en menos de un año tenga escenas de acción excelentes y perfectamente entendibles, mientras una superproducción de 250 millones como Batman vs. Superman, con años de trabajo de posproducción, esté incapacitada de montar bien una persecución.

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