03.03.11
Directores

Entrevista a Nicolás Goldbart

Goldbart junto a Luppi, en el rodaje de Fase 7.

 

Conocido en el medio cinematográfico argentino por su labor como montajista, Federico Goldbart debuta en el largometraje con Fase 7, una mezcla de géneros con sabor a John Carpenter, pero también con una identidad propia. Esto es lo que nos dijo Nicolás.

 ¿Cómo surgió la idea de la película?

Yo estaba preparando otro proyecto, llamado Visitor, pero era muy grande, muy caro. Así que surgió un plan B. Estábamos justo en la época de la Gripe A, y todo lo que pasaba me parecía absurdo: la gente entrando en un pánico exagerado, había una final de fútbol que no se sabía si se hacía… Un día fui al médico, y la gente se me levantaba de al lado. La situación era preocupante, pero al mismo tiempo había un elemento de comedia que estaba bueno y que se podía explotar.

Primero pensé en una pareja en cuarentena, porque en ese momento yo tenía una nena recién nacida y mis amigos también estaban a punto de tener familia. Así que era una cosa de acuartelarse en la casa y sólo salir para ir al supermercado. Así que primero pensé en una pareja encerrada en un departamento, en una situación de cuarentena. Después la película empezó a crecer y apareció el afuera, como los vecinos. La idea del exterior era que fuera algo que uno sólo ve por televisión o por la ventana. Pero el disparador fue la locura que se vivió durante la Gripe A y las situaciones absurdas que iban apareciendo producto del miedo. El miedo a lo desconocido, pero sobre todo el miedo al otro. Hubo un caso de un colectivo en Mendoza al que apedrearon porque iba un pasajero enfermo. De repente, la solución al problema era apedrear a un colectivo para que no llegue el virus. Una situación terrible, pero absurda. Ahí había un elemento de comedia que estaba bueno explotar.

 

¿Cuánto te llevó escribir el guión?

Escribí la primera versión muy rápido, en quince días. Después, las reescrituras fueron más sobre la marcha del proyecto. Lo que sí tardé mucho en pensarla a la película, en procesarla. Estuve mucho tiempo mirando la pared (risas). Pero una vez que ya sabía en dónde empezaba en dónde terminaba, por dónde pasaban los puntos fuertes, arranqué.

 

Habías filmado cortos y videoclips, trabajás como montajista, pero Fase 7 es tu ópera prima. ¿Cómo fue pasar a hacer un largo?

Fue como empezar de cero. Había hecho cortos en mi época de estudiante. Después hice videos en el medio, pero fueron experiencias muy aisladas y muy chicas. En largometrajes, mi única experiencia es como montajista. Hay una parte que me resulta natural, que es la del lenguaje cinematográfico. Ya tenía una idea de montaje en la cabeza, que a veces pude llevar a cabo y otras no, porque un rodaje está lleno de imprevistos. Pero en algún punto estaba bastante preparado. En otras áreas era mi primera vez, sobre todo dirigiendo actores. Cuando dirigí cortos había trabajado con no actores o con actores amateurs. Eso no contaba. Ahora era la primera ve que tenía a un elenco, a un actor como Luppi. Era un novato total, pero nunca me lo hicieron sentir. Además, el guión era muy claro. No hubo que guiar mucho más que lo que estaba en el guión.

Fue una experiencia nueva. Yo estaba acostumbrado a trabajar sólo en una habitación, con una computadora. El choque con la realidad fue duro, sobre todo cuando empiezan a aparecer los problemas serios de producción: rodaje reducido, mucho calor, poco tiempo… Pero lo encaré de la parte de montaje, que es la herramienta que yo manejo. El resto, fui buceando.

 

Hablabas de los actores. El que más llama la atención es José Carlos Guridi, mejor conocido como Yayo. ¿Cómo diste con él?

Escribí casi todos los personajes pensando en un actor, pero para éste no. Sabía muy bien cómo era el personaje de Horacio, pero no encontraba quien pudiera hacerlo. Una noche de insomnio, a las cuatro de la mañana, viendo cosas por Internet, no sé cómo terminé viendo los videos de Yayo. Lo veo y digo: “Perfecto. Un tipo que te dice las cosas en la cara, no se le mueve un pelo, va de frente…”. Esas eran las características del personaje. Pero me generaba cierto temor que el tipo no fuera un actor, porque venía muy de otro palo. No sabía si podía funcionar haciendo un personaje. En esa época no hacía personajes. Ahora en la tele sí los hace, en Sin Codificar. Antes era el tipo que se sentaba y con cara de piedra decía una guarangada. No lo tenía tan visto haciendo otra cosa. Pero le hicimos una prueba y estuvo buenísimo. Nos pareció perfecto para el personaje. A él le parecía una experiencia nueva, y a nosotros nos parecía novedoso tenerlo a él en una película que no era como la de Los Bañeros, ya que él actuó en una de esas. Tenerlo a Yayo en un elenco junto a Luppi y a Hendler estaba buenísimo y era algo nuevo.

 

En cuanto a Luppi, ¿cómo fue trabajar con él?

Yo tenía mucho miedo, estaba muy intimidado, porque Luppi es una figura gigantesca. No sé si hay algún actor más importante del cine argentino que Luppi. Pero él nunca te lo hace sentir. Si las cosas están en buenas condiciones, si se respetan los horarios, si está lo mínimo indispensable, el tipo se dedica a actuar y en ningún momento te hace sentir que él es Federico Luppi. Venía, hacía lo que le marcabas, estaba de acuerdo; por ahí proponía, pero sin imponer. Me sorprendí, porque había pensando que la situación iba a ser ingobernable. La experiencia fue buenísima.

 

¿Improvisaron en el rodaje y respetaron el guión todo el tiempo?

La película es bastante parecida al guión. Por ahí algunas cosas están ajustadas, producto de lo que no funcionó en el momento de filmar, pero no hubo improvisación. Sí resolví cosas que no estaban en el guión, pero nunca con la cámara prendida. Aunque hay cosas que no quedaron, la película está bastante cerca del guión.

 

¿Cuál fue la escena o la secuencia más desafiante?

Todas las partes que se filmaron en las escaleras de servicio. Poco espacio, y el equipo técnico nunca bajaba de quince personas: eléctricos, maquilladores, vestuaristas, sonidistas… Era agobiante, y encima tuvimos una ola de calor. Los trajes que los actores tienen puestos eran asfixiantes y las máscaras se empañaban. Entre toma y toma había que abrir los trajes y sacar las máscaras. A Hendler se le pegaban los bigotes a la máscara (risas). Y había que ir a toma antes de que se volvieran a empañar. Era muy trabajoso.

 

¿Cuánto llevó hacer la película?

La filmamos en veinticinco días, un tiempo muy ajustado, en octubre de 2009. Y se terminó en octubre de 2010. Un año en total, más el tiempo de preproducción. Pero hubo poco tiempo, y no había horas extras. A determinada hora se apagaba la luz (risas).

 

Viendo la película, se nota que uno de tus directores favoritos es John Carpenter. ¿Qué películas de él pensás que influyeron en Fase 7?

Me gusta todo Carpenter. Es uno de mis directores de cabecera. No sé si hubo una película puntual. Hay un personaje torpe (el de Hendler) como en Rescate en el Barrio Chino, y hay un duro (Yayo), estilo Snake Plissken.

 

El antihéroe Carpenteriano.

Sí, hay una mezcla de cosas. Al montaje lo trabajé con música de Fuga de Nueva York, Sobreviven y Asalto al Precinto 13. También en la película hay una situación de encierro, como en Asalto… Y además la idea de la necesidad de juntarse para sobrevivir, de que las alianzas son indispensables aunque sean momentáneas, es Carpenteriana y Hawksiana. Los referentes para la película son esos, principalmente: Fuga…, Asalto al Precinto 13 y Rescate en el Barrio Chino.

 

Y hay cosas de El Enigma de Otro Mundo, cuando los vecinos se ponen paranoicos.

Sí, también, es verdad. No se sabe quién está infectado. Hay mucho de Carpenter, pero más una cosa de tono.

 

También hay algo de las películas de zombies de George A. Romero, donde nosotros somos peores que la amenaza exterior.

Exacto. La amenaza está afuera, pero los sobrevivientes se están matando entre ellos. Romero es otro director que me gusta mucho. Carpenter y Romero me gustan por su estilo pero más por su incorrección política. Son muy críticos con la realidad de los Estados Unidos. Los dos me generan mucha simpatía desde ese lugar.

 

Cuando vemos en cine o en televisión argentinos personajes con trajes anticontaminación y similares, es inevitable pensar en El Eternauta. ¿Lo tuviste en cuanta cuando hacías la película?

Sí, pero desde lo iconográfico. A mí de El Eternauta me gusta mucho el principio, cuando todavía cae esa nieve y no se sabe qué está pasando. Hay gente muerta en la calle, gente que empieza a saquear… Hay una escena en una camioneta, donde Favalli le dice a Juan Salvo que de lo que más hay que cuidarse es de uno mismo o del que uno tiene al lado. Cuando empieza la lucha por sobrevivir, caen las normas sociales, y el que está desesperado pasa a ser la peor amenaza. Me interesaba toda esa parte, y lo del traje de Juan Salvo, que es muy iconográfico. Para Fase 7 lo tuve en cuenta, pero no más que ahí. No la parte de los extraterrestres, pero sí lo del hombre común que debe defender a su familia de una amenaza externa y poner el cuerpo cuando no estaba preparado para nada de todo eso.

 

La película fue proyectada en el festival de Sitges.

Fue increíble la respuesta del público, y la película se llevó un premio por Mejor Guión. Y eso que al principio temí no poder presentarla. Me subí al avión sin la película, que viajó un día después. Así que llevé otra copia para zafar, por si acaso. Pero se proyectó y la gente la disfrutó. A los españoles les causan gracia los argentinos como a nosotros nos causan gracia ellos. Además, es un público especial, un público que va a ver películas de género. Quieren ver sangre. Cuando explota la cabeza, hubo un aplauso, pero no de risa sino de aprobación, como diciendo: “¡Así se hace!” (risas). El premio fue la cereza al postre. En el jurado estaba Jan Harlan, el productor de Kubrik. Fue productor de El Resplandor, de Nacido para Matar… El tipo ese me dio el premio y eso es algo que nunca me voy a olvidar. Una experiencia buenísima.

Ah, y un día desayuné al lado de Roger Corman, pero soy muy tímido y no me animé a hablarle (risas). Si me encontraba con Carpenter, a la mierda con la vergüenza y le hablaba de una. Pero aunque en el festival dieron The Ward, su última película, no fue ni él ni nadie representándola.

 

¿Se puede hablar de próximos proyectos?

Tengo Visitor, la película que estaba preparando antes de Fase 7. Visitor es una comedia kafkiana con algo de ciencia-ficción. Es sobre un argentino al que retienen en un aeropuerto de los Estados Unidos. Es difícil armar la producción porque es una película cara y grande, y está hablada en muchos idiomas. Un aeropuerto es como un Babel. Después tengo otra película, en un proceso de protoguión, que es más de ciencia-ficción más purista, no una comedia (al menos, por ahora). Se titula Sysop, y es sobre los BBS, que son el antecedente de Internet. Pero está en una etapa muy gestacional.

 

 orta@asalallenaonline.com.ar

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