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Entrevista a Ignacio Ceroi, director de Una Aventura Simple

Nos sentamos a charlar con Ignacio Ceroi, director de Una Aventura Simple (2017), que formó parte de la Competencia Internacional del BAFICI 2017. Hablamos sobre cómo fue rodar un film que recorre Latinoamérica, con personajes aventureros que buscan seres fantásticos y personas perdidas, y lograrlo con los más humildes recursos.

¿Cómo se resolvió el traslado y la logística para hacer la película?

Escribí el guión con las locaciones en mente, con los lugares que yo tenía disponibles para filmar. También escribí personajes para actores determinados. No hubo casting, salvo para la actriz. A los demás ya los conocía y tenía ganas de trabajar con ellos. En cuanto a los traslados, el equipo de rodaje fue bastante chico. No filmábamos tanto tiempo, tampoco. Las jornadas nunca excedieron las siete horas. Parece una película más grande de lo que es, pero usamos recursos económicos muy modestos.

¿Intervinieron los actores en la creación de los personajes?

No hay mucho aporte de los actores. Lo que sí hay, sobre todo con el personaje de Ramiro Bailiarini, son cosas que tienen que ver con su vida real. Su perro es su perro, que lo sigue a todos lados. La banda es su banda. En este sentido, sí se tomaron algunas cosas de la vida personal de los actores.

¿Cómo trataste, en el guión y en la filmación, los distintos cambios de género y de tono? La película pasa de la comedia al relato de aventuras. Hasta hay escenas de acción.

Se me ha preguntado mucho sobre los géneros, pero yo no lo pensé en esos términos. Sí estaba la idea de una aventura, porque hay un viaje para buscar a una persona perdida en la selva, un tópico clásico del género. Pero la parte con los robos o la más romántica, que no llega a serlo del todo, fueron productos del universo de los personajes. Yo quería que ellos viajaran y estaba el tema del dinero. Y bueno, decidí que roben. Luego, el robo, sí, puede parecer acción, pero iba a ser filmado de otra manera. La silla de ruedas para el travelling se nos trabó, entonces terminamos filmando desde un auto. Mucho tiene que ver con la improvisación, que le da un tono a la película que no estuvo pensado de antemano sino que se fue encontrando en el rodaje y sobre todo en el montaje.

En un momento del proceso de posproducción, los robos estaban dispersos a lo largo de la trama. Hasta que con un amigo, Jerónimo Quevedo, decidimos dividir todo en capítulos: el de los ladrones, el de los viajantes, etcétera. Esto nos permitió anclar los robos al tema del viaje. Antes no se terminaba de entender si los protagonistas roban porque siempre robaron o si lo hacen con un fin en particular. Entonces, al unir los robos y presentarlos en un capítulo con una placa, aclaramos que, bueno, ésta es la parte en la que se junta dinero.

¿Dónde leíste o escuchaste las leyendas y mitologías que se mencionan en la película?

Hace unos años, en un viaje, hice una excursión con unos tipos que te llevan a pasar cinco días en la selva amazónica. Estás solamente con ellos. Te cocinan, te construyen la carpa donde dormís. Y ahí, mientras compartíamos cenas, les consulté muchas cosas. Una noche, les debo haber preguntado si veían seres extraños en la selva. Y me dijeron que sí, que estaba el shapshico, un duende. Welinton García Hayunga, que aparece en la película, me contó que fue a cazar al shapshico porque no lo dejaba dormir. Ellos tienen una relación con lo fantástico muy real, no como si fueran cuentos de fantasmas. Welinton está realmente convencido de que el shapshico existe, que él lo cazó y que cuando llegó a cazarlo se había convertido en un hormiguero. Todo eso es algo que, para ellos, es muy natural.

La historia de Welinton la registrás en la película.

Claro, cuando lo ves en la fogata es él de verdad. Le pedí que me contara de nuevo cómo fue cuando salió a cazar al shapshico. Lo que hicimos después es hacerlo recrear lo que vivió. Lo cual fue un riesgo, porque aunque a él ya lo conocía y ya me había contado todo, no sabía cómo sería de actor. Pero terminó funcionando bastante bien.

¿Cuánto tardó el proceso de filmación?

La parte de Buenos Aires fueron 15 días de rodaje, más o menos. Y después a la selva nos fuimos 25 días, porque tuvimos mucho tiempo de traslado. Para llegar al lugar donde yo quería filmar, desde Lima son cuatro días de viaje. Entonces, entre ida y vuelta, se nos fueron ocho días. Después, cinco días de rodaje en la selva y cinco en un pueblo.

Antes mencionaste que no hubo casting, salvo para la actriz. ¿Por qué ella fue la excepción?

Estuve mucho tiempo buscando a la chica que yo quería para ese personaje. Los otros actores son amigos míos que tienen mi edad. Es gente con la que me rodeo habitualmente o que conozco del teatro independiente. Pero para la protagonista quería a una chica más joven y por una cuestión de edad no conocía a la indicada.

Una cosa que me llamó lo atención es lo concisa que es la película. Dura poco más de una hora y suceden muchas cosas. ¿Cómo se logró esa precisión desde el guión y luego el montaje? ¿Eliminaste escenas?

Saqué muchísimo material. La película era más disgresiva. Por momentos se iba con los personajes secundarios, que tenían sus tramas. Y en el montaje, decidimos recortar todo eso y concentrarnos en los dos personajes principales. Porque antes se perdía mucho el interés. Bajaba la tensión. También hubo que sustraer información, que las cosas fueran más sugeridas. Había muchas escenas que eran excesivamente informativas.

¿Hay alguna escena que te dio pena sacar?

Sí, una en un hipódromo, que luego usé como trailer. Los protagonistas van y apuestan en una carrera de caballos y ganan. Me gustaba, por lo emotivo, pero a nivel narrativo no tenía mucho lugar.

Ahora que ya terminaste tu primer largo, ¿qué harías distinto si tuvieras que hacerlo de vuelta?

En principio, extendería el proceso de escritura. Había estado un tiempo con el guión, pero un día cambié todo y lo escribí de cero. Desde ese momento hasta que empezó la filmación, pasó un mes y medio. Entonces, para la próxima, trataría de estar más tiempo desarrollando el guión. Hay algunas cosas que, para esta película, pensé que podrían llegar a funcionar y luego las monté y me di cuenta que no, que eran meros caprichos.

Después de esta película, ¿pensás que la próxima puede tener un poco más de contención desde lo económico?

Puede ser. Igual, hacer películas chicas me gusta. La libertad que te da trabajar con poca gente, con locaciones accesibles. Me siento cómodo. Por ahí con una estructura más grande, trabajaría bajo presión. Por ahí lo termine haciendo, pero para mi próxima película la idea es conseguir los fondos necesarios para hacerla, que la gente cobre, pero no en una escala industrial.

¿Seguís en contacto con el equipo de la película? ¿Piensan seguir trabajando juntos en el futuro?

Sí, son mis amigos con los que salgo los fines de semana. Es realmente mi grupo de amigos, no es que nos conocimos para el rodaje y ahora yo sigo mi vida. La productora de la película, Cecilia Pisano, vive conmigo. Ramiro, el protagonista, vive a la vuelta. Todo es muy así, familiar.

© Guido Pellegrini, 2017 | @beaucine

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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