14.06.16
Cine _ Directores _ Entrevistas

Entrevista a Valentín Javier Diment

Sea como director, guionista, actor o productor, Valentín Javier Diment se convirtió en uno de los nombres fuertes del cine fantástico y de terror argentino. Tras La Memoria del Muerto, El Eslabón Podrido es una nueva muestra de su capacidad para perturbar al espectador. Esto es lo que Javier nos contó sobre la película.

En sus creaciones te sumergís en lo más oculto y tenebroso del ser humano. ¿De dónde surge la fascinación por esas cuestiones?

En realidad la fascinación es por los mecanismos del bicho humano en general. Y cuando empezás a profundizar, de modo inevitable se cruzan el horror y el amor, juntos y entreverados. Lo oscuro y lo luminoso cruzados en una tercera cosa. Esa tercera cosa es la que me interesa, que es en realidad lo que somos. Después, exagerar, magnificar un poco, es un recurso básico para encontrar interés en el relato. Por lo demás, me gusta poner en palabras lo que veo rondando, y poner en imágenes la combinación de lo que ronda y las palabras. A veces hay quienes se molestan por oír esas cuestiones, las consideran fuera de tono. Esa gente no me interesa, y me da miedo. Y hay gente que le gusta la belleza, pero siempre y cuando no deje afuera lo otro, lo escondido, y viceversa. Ahí adscribiría yo.

¿Cómo surge El Eslabón Podrido?

Al margen de lo anecdótico (una charla con Seba Cortés, uno de los coguionistas conmigo, Martín Blousson y Germán Val), creo que surge de haber pasado por algunos pueblos, o mejor, zonas que ni constituían pueblos, campo, lugares con casas aisladas, cuya vida me resulta lejana e interesantísima. Las relaciones entre gente que tiene que caminar kilómetros para ver otra gente, que pasan en grandes niveles de endogamia y aislamiento la mayor parte de sus tiempos, y ver cómo funcionan ahí esos mismo mecanismos que tenemos nosotros en las ciudades. Cómo las reglas de lo aceptado o no cambian, lo dicho y lo no dicho, lo que no se puede ocultar, ni se intenta demasiado.

La historia encaja en la premisa “Pueblo chico, infierno grande”. ¿Cuáles sentís que fueron las principales influencias?

Continuando la anterior respuesta, en esos espacios se me arma una vida que me hace pensar que estamos mucho menos lejos del medioevo de lo que nos gusta pensar. Y ahí me viene (me venía cuando hablábamos de esto con Seba, hace más de 10 años), los exploitation japoneses de los ‘70 (sobre todo Kozure Okami, con ese renegado llevando a su hijo en un carrito por los caminos del Japón medieval), o los cuentos de Bashevis Singer de las aldeas judías pobres en las afueras de Lodz, o los gauchos de parajes inhóspitos, aislados además de por la distancia, por el clima. De hecho el título inicial de la película iba a ser Infierno Grande, que si bien era lindo me parecía demasiado lugar común y no me cerraba.

Tenés tus actores fetiche, empezando por Luis Ziembrowski. ¿Cómo podrías definir la relación de trabajo entre ambos y, sobre todo, cómo se las ingenian para que el espectador sienta empatía por personajes tan oscuros y perturbados?

Trabajamos juntos porque nos gustamos. Nos entusiasma laburar juntos, nos entendemos, nuestras peleas son estimulantes, tenemos ideas del mundo que se complementan bien y se potencian en las charlas de construcción de personajes, y encima tengo la suerte de que él es un actorazo cada vez más groso, y no boludea, va y se mete hasta donde tenga que meterse. Por otro lado, en este caso, me parece lógico que la gente sienta empatía por su personaje, Raulo: es un recopado, un personaje emocionante, y Luis lo carga con una gran emoción, una cierta ingenuidad muy linda; nunca lo encaramos como a un perturbado ni como un personaje oscuro, la verdad.

En cuanto a los actores que dirigís por primera vez se destacan Paula Brasca, Germán de Silva y, sobre todo, Malirú Marini. ¿Cómo fue trabajar con ellos?

Todos mostros. Marilú Marini es lo que uno quisiera ser alguna vez, aunque sea por un ratito, en esta vida. Todo ese talento, inteligencia, buena onda y encanto son una confluencia que se da muy cada tanto, es muy raro; así que interactuar con ella, al margen de su rendimiento en la peli, es una fiesta. Germán de Silva tiene esa característica extraña de que lo que haga se lo creés. Un nivel de naturalidad único. Y el laburo de Paula Brasca fue espectacular, recontra jugado, generosísimo.

La película tuvo un interesante recorrido por festivales. Por ejemplo, debutó en Cannes y pasó por Sitges. ¿Cómo fueron esas experiencias?

Fue buenísimo. Yo al principio tenía miedo porque para los festivales de género podía llegar a ser lenta, es una película que se toma sus tiempos, que les da sus tiempos a los personajes, que esconde un poco lo que pasa atrás de descripciones, además de ser gore y explosiva, y temía que el público más adicto al género, más tribunero, no le entre, pero bueno, me equivoqué. Tuvo una respuesta excelente, y la empezaron, a partir de eso, a llamar para montones de festivales. En Sitges ganamos el Premio del Público a Mejor Película; después en otro festival de género, Catacumba, en Godellia, Mejor Película; después en Bilbao Mejor Película también; después en Fantaspoa, Porto Alegre, Mejor Película y Mejor Actor para Luis Ziembrowski. Qué sé yo, todo muy bueno. Incluso la gente que no ligó, la odió lo suficiente como para igual contar como buena reacción.

¿Qué podés adelantar de próximos proyectos, tanto como director o en otras tareas?

Voy a producir una película de Macarena García Lenzi, una ópera prima de una regrosa escritora y directora de teatro, que se llama Piedra Papel y Tijera, una historia de un humor negro, un suspenso y unos personajes buenísimos; estoy presentando proyectos propios, ficciones y documentales, al INCAA… Qué sé yo, laburando…

¿Harías una comedia romántica?

Obvio, si el amor que se cuenta no tiene que andar disfrazándose de pelotudo, lo haría con entusiasmo.

Matías Orta

orta@asalallena.com.ar / @matiasorta

Crítica de El Eslabón Podrido.

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