19.04.18
BAFICI 2018 _ Directores _ Entrevistas

Entrevista a Guillermo De Oliveira, director de Sad Hill Unearthed

El Bueno, el Malo y el Feo, de Sergio Leone, es un clásico que trascendió el género western y es amado en todo el mundo. Sobre todo, en Burgos, donde se rodó la emblemática secuencia del duelo en el cementerio de Sad Hill. Un cementerio ficticio, que un grupo de fanáticos de la película se dedicó a rescatar. El documental Sad Hill Unearthed retrata esta iniciativa, e incluye testimonios de figuras que trabajaron en el film, como Clint Eastwood y Ennio Morricone, además de la palabra de devotos del calibre de Joe Dante. Su director, Guillermo De Oliveira, vino a la Argentina con motivo de la edición número 20 del BAFICI, donde se proyectó con mucho éxito. A Sala Llena pudo hablar con él y aquí está su testimonio.

¿Cómo diste con estos fanáticos de El Bueno, el Malo y el Feo?

Mi conexión con la historia empieza porque yo soy uno de ellos. Soy un friki más. Tengo una pasión por visitar localizaciones de cine. Me gusta intentar recuperar un poco de lo que vivía en la película. Cada vez que viajo, llevo en el teléfono fotogramas de las películas que me interesan que se han rodado en esos sitios y luego voy e intento reproducirlas. Un día, un amigo que es consciente de esta afición mía escucha en la radio que hay un grupo de fans de El Bueno, el Malo y el Feo que quieren desenterrar el cementerio de Sad Hill. Lo primero que me llama la atención es eso de que quieren desenterrarlo, que el cementerio sigue después de 48 años. Por fortuna se construyó en un valle que está en mitad de la nada, y durante cinco décadas que por allí no pasan más que vacas. Eso ha sido maravilloso porque ha permitido conservarlo bajo diez centímetros de manto vegetal. Y lo segundo que me llama la atención es que es un grupo de fans que quiere recuperar este sitio. No son del gobierno regional ni de ninguna institución o fundación. Me parece una historia muy bella de nostalgia, de gente que 50 años después quiere poner en valor ese sitio. Entonces les llamo por teléfono, quedo con ellos, voy a ver el lugar. Todo esto, antes de que empiecen a cavar, porque en ese tiempo se encontraban gestionando los permisos para poder realizarlo. Les sigo la pista durante meses, hasta que un día de septiembre de 2015 anuncian en su página de Facebook que les han dado el permiso para desenterrar el cementerio, para empezar a cavar allí. Cojo la cámara, me compro un drone, me hago un curso acelerado de pilotaje y grabo en el lugar cinco días antes de que empiecen a cavar. Mi idea en ese momento era grabar un par de días más y con eso hacer un video para mi canal de Youtube. Y si veo que tiene potencial, en el mejor y más ambicioso de los casos, hacer un corto documental. Entonces voy el primer día y me encuentro con cuatro gatos (risas), que poco a poco, cuando vuelvo el otro fin de semana y el tercero, se les va uniendo gente. Gente que, a través de las redes sociales, descubren las convocatorias de voluntarios y se animan a ir para apoyarles. Empiezo a encontrarme con gente ya sólo no es de la zona sino que se hace 800 kilómetros desde Francia para ir a cavar allí con su azada y su pala. Entonces empiezas a ver una perseverancia de todo el mundo y gente que se viene de muy lejos, varios fines de semana, para poner su granito de arena en este trabajo comunitario, sin recibir nada a cambio. Eso me parece maravilloso. Me dije: “Si vamos a contar esta historia, ¿quién sería la gente ideal para que nos dé su opinión sobre este fenómeno? “. El primero que me vino a la cabeza, y el primero que nos concedió una entrevista, fue Sir Christopher Frayling, el biógrafo de Sergio Leone. Cuando le vamos a ver, apenas llevaban un mes y medio cavando, y nos da una entrevista larguísima de casi una hora y media. Al final le dije: “Es tan buena la entrevista que ahora voy a tener que hacer un documental largo” (risas). Yo nunca había hecho un largometraje, me parecía imposible. Tenía un respeto enorme a hacer una película. Y otra cosa es mantener el interés del espectador durante una hora y media, y estar dando estímulos, articular la historia… Otro rollo diferente. Frayling hizo un gran análisis sobre cómo para esta gente hay algo casi religioso en la forma en la que acuden a la localización, hizo un análisis y un estudio histórico de cómo fue el rodaje de la película en 1966, y ahí descubrimos que era casi tan interesante lo que había sucedido en ese caso, con el tema de los militares que hacían el servicio obligatorio en un cuartel de Burgos, y de la noche a mañana los mandan a trabajar en una película, construir un cementerio y volar un puente, dos veces, porque la primera vez no lo graban (risas). Es una historia llena de anécdotas, divertidísimas y fascinantes. Entonces, mientras seguimos filmando a los fanáticos cavar, vamos buscando más entrevistas. Nos ponemos una caraja de cartas de los cuatros ases de los que queríamos entrevistar: Clint Eastwood, Ennio Morricone, James Hetfield (el cantante de Metallica, por esa conexión que descubrimos al final del documental) y Quentin Tarantino. Tarantino es el único que no conseguimos entrevistar, a pesar de que lo buscamos mucho tiempo. No es que nos dijera que no, sino que nunca conseguimos llegar a él.

Hablando justamente de las entrevistas, contame el caso específico de Morricone. Sé que fue muy particular.

Todas estas entrevistas nos costaban muchísimo, no tanto para convencerlos de entrevistarlos sino vencer las barreras que hay para llegar a ellos y contarles el proyecto. Con Morricone dimos a través de un conocido común de la Embajada de Italia de no sé cuánto, una de estas carambolas de la vida. Conseguimos cita para ir a verle un sábado a la mañana a su casa en Roma. Ahí, presuntamente, nos iba a dar una entrevista. Digo “presuntamente” porque llegamos, nos recibe su mujer (Maria Travia, encantadora). Nos dice que lo esperemos, que ahora vendrá su marido. Nos sentamos, a los dos minutos oímos tres vueltas de llave de una puerta al fondo, se abre, aparece mi idolatrado maestro Morricone, me empieza a palpitar el corazón. Aparece con un jersey rojo, un pantalón de chándal, cierra la puerta y empieza a blasfemar, a llamar a gritos a su mujer y a decir: “Yo no voy a hacer esta entrevista. Yo ya he dado todas las entrevistas que quería dar en mi vida. No he acordado hacer nada de esto. Por favor, llévatelos” (risas). Yo, ante mi ídolo, y mi ídolo me dice que me vaya a freír espárragos. Y ahí María nos Salva y le dice: “Ennio, ya hemos hablado de esto. Vienen desde España, pórtate bien, y si eres bueno, te prepararé una rica comida”. Y entonces, a regañadientes, hace la entrevista a poco a poco vamos rompiendo su corazoncito. Llevamos regalos traídos de España, como un disco de Paco De Lucía con un documental sobre su vida, y también jamón, vinos, aceites del desierto donde se rodaban las películas de Leone. Era un auténtico despligue. También una premio como miembro honorífico de la Asociación Cultural Sad Hill. Le contamos la historia de la recuperación del cementerio, de los 50 años que habían pasado, de lo que seguía significando la película, y eso fue rompiendo su corazoncito. Al final estuvo encantador con nosotros. Contestó todas nuestras preguntas, y cuando terminó le pedí que me firmara el vinilo de La Misión y el de El Bueno, el Malo y el Feo, nos llevó a su despacho, nos enseño sus dos Oscars, sus BAFTA, sus Césars… Todos los premios que te puedas imaginar. Nos regaló unos CD. Fue todo muy bonito. Un día inolvidable.

Al ser un proyecto independiente, tuviste que cumplir casi todas las funciones. ¿Cómo te organizaste para poder con todo?

Sí, sobre todo en la parte de grabación. Durante el setenta por ciento de las grabaciones estaba yo solo operando la cámara, monitoreando el sonido y al mismo tiempo haciendo una entrevista, con cargando con un trípode y un slider para hacer esos planos con travelling en el cementerio. Ahí estaba solo. Algún día me podía acompañar un técnico de sonido, cuando teníamos una entrevista importante o alguno de los días en los que estábamos cavando. El operador del drone para las imágenes aéreas era yo mismo. Llega un punto en el que, durante los créditos del documental, me da tanta vergüenza que aparezca tanto mi nombre, que utilizó un seudónimo. Como director de fotografía puse Lenny Gómez. Cuando yo era pequeño, mis perros eran Lenny y Gómez (risas). Es que si no hacía eso, parecía una broma. Yo no quería eso, pero la realidad es que esta constancia de ir al cementerio prácticamente cada dos fines de semana sólo podía cumplirla alguien a quien pudiera pagarle, y en ese momento no tenía los fondos para hacerlo. Entonces en vez de no hacerlo porque nadie me acompañaba, tiré hacia adelante y lo abordé. En ese sentido, hay un documental de Werner Herzog, que se llama Encuentros en el Fin del Mundo, rodado en la Antártida. Herzog cuenta, como animándote que no te vengas abajo ni dejes de hacer algo porque no tienes los medios ni la cámara perfecta, cuenta que a ese documental, nominado al Oscar, fue realizado con otra persona que lo acompañaba. Herzog hacía el sonido y la otra persona operaba la cámara. Si Werner Herzog, un tipo con una carrera con más de cuarenta años en cine, no le importa irse él solo con un acompañante para hacer un documental y no le supone una limitación, ¿por qué voy a sentir que yo la tengo? Y luego, a medida que nos íbamos acercando al final y que lo que estábamos grabando se transformaba en una película, ahí sí ya contamos con un equipo profesional para la mezcla de sonido 5.1, para la banda sonora original, y para todas esas cosas que necesitan una película. Hicimos un crownfunding cuando ya lo teníamos todo rodado y yo creo que esa fue la clave del éxito. Es más fácil convencer a la gente de que te dé fondos para una idea cuando esa “idea” ya está realizada. Y nosotros necesitábamos los fondos para comprar los derechos de toda la música, de las fotografías, de los clips de la película original…

¿Es posible hablar de próximos proyectos, sean de documentales o no?

Yo nunca había hecho documentales. Había hecho ficción y eran donde me sentía más cómodo. He hecho varios cortometrajes de ficción que adaptan videojuegos a imagen real. Están todos en Youtube. Empecé a hacerlo cuando estaba en la universidad, con un compañero. Te hablo de 2006, cuando empezaba esto de Youtube. Hicimos un corto basado en Max Payne, para nuestra asignatura de Inglés, y cuando lo subimos lo vio gente de todo el mundo. Eso me volvió loco. De pronto puedo ser un cineasta que con mis medios precarios y mi corto malísimo, y tener una audiencia de miles de personas que critican tu contenido, para bien y para mal. Después hicimos más adaptaciones, y las páginas de videojuegos nos daban mucha bola y tenía una audiencia brutal. Después del último corto que hice, un western rodado en Almería, que fue complicado de hacer, dije: “Ahora voy a hacer algo más sencillo”, y por eso me metí en este documental (risas). Y mira, una leche. Tres años de trabajo. Pero lo bueno es que me ha dado la confianza para atreverme con un largo de ficción. Ahora mismo estamos escribiendo el guión. No puedo contarte sobre qué es, pero sí que se trata de una historia real que transcurre a finales del siglo XIX. Tiene algo de western, tiene algo de aventuras, drama, y es una película muy complicada y sé que me va a robar años. Si todo va bien, hasta dentro de cuatro o cinco años no la esté estrenando. Es una historia que me ha acompañado desde que era pequeño, que siempre quise contar. Iba a hacerla como corto, por mis limitaciones, pero ahora es el momento de dar el paso al largo, y es la historia ideal. Creo tanto en ese texto que no me da miedo afrontar los retos que tiene en cuanto a la producción.

© Matías Orta, 2018 | @matiasorta

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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