14.05.18
Directores _ Entrevistas

Entrevista a Luis Bernárdez, director de Los Corroboradores

Luis Bernárdez es director, asistente de dirección, guionista y productor. Entre sus grandes proyectos como asistente de dirección figura la multipremiada Gilda, no me arrepiento de este amor (2016), protagonizada por Natalia Oreiro y dirigida por Lorena Muñoz, con quien hoy vuelve a formar alianza como productor de El Potro, que tendrá su estreno en 2019. Es un hecho, su objetivo es enaltecer la cultura local autóctona, y lo ratifica con su ópera prima: Los Corraboradores. Al respecto señala: “Hay que desmitificar que la mirada extranjera es mejor que la local.”.

Según los historiadores, Los Corroboradores fue una sociedad secreta conformada en el año 1882 con el objetivo de replicar arquitectónicamente el estilo europeo parisino de la Belle Époque en la ciudad de Buenos Aires. ¿Porqué tu ópera prima, “Los Corroboradores”, tiene como premisa desmitificarlo?

Siempre me intrigó mucho esta afirmación edilicia, indiscutida, sobre qué modelo de país se pensó para Argentina. Más precisamente, para Buenos Aires. Y porqué circula esta idea cultural de que la verdad está únicamente afuera, en el extranjero, y si copiamos su cultura seremos como ellos. La película es reflejo de un proceso de investigación de más de siete años donde la ficción del guión y el documental que obtuve de material de archivo fotográfico y entrevistas con sociólogos, historiadores y arquitectos permiten que el espectador haga foco en nuestras calles y se cuestione el presente. Considerar que Buenos Aires es “La Paris del Plata” cuando, en realidad, aún está en juego quién copió a quién, es desconocer nuestro patrimonio y con él nuestra historia.

Sin embargo, en términos maquiavélicos, la protagonista de tu película es una periodista francesa. Ella es tu espejo. Y viaja para descifrar el enigma que planteás. ¿Poner la mirada del saber en ella tiene una intencionalidad política?

Totalmente. Habla de una elite, la del Pellegrini Jockey Club. No podría ser de otro modo porque, aún hoy, para la mayoría de los argentinos tiene más peso la mirada extranjera frente a la local. Es un thriller arquitectónico que funciona porque quien investiga es de origen francés. Son ellos, los otros, quienes representan la voz de autoridad y dudan. Honestamente, hay que cuestionarse qué peso le damos a esta cuestión.

A su vez, este personaje suscribe el thriller, en el género policial, a través de recursos de dirección tales como la cámara en mano, el plano detalle de las postales que aportan símbolos claves para develar el enigma y la iluminación tenue, que a cuentagotas enfatizan la dificultad y, al mismo tiempo, dan ritmo al metraje. ¿Por qué establecés un híbrido entre esta marcación con testimonios reales propios del género documental?

Buena pregunta. Busqué establecer el borde difuso entre qué es mito y qué es verdad partiendo de hechos reales. Todos los datos que hay de personas, edificios y fechas lo son. Los testimonios son el impulso que fomenta la investigación. Entonces ella entra en juego. Camina a medianoche por las calles oscuras, escapa de las persecuciones de un algo o alguien que intenta frenar su investigación. Esto también pudo haber ocurrido en otro plano y ser silenciado. Por eso, mezclé ficción y documental para trabajar sobre lo real y correr la mirada desde el imaginario.

En este sentido, hay un insert donde jugas con lo psicosomático y enfatizas cómo la paramnesia reduplicativa es la creencia, ilógica según la ciencia, de que un lugar fue duplicado y existe en dos o más espacios simultáneamente. En algún momento, ¿Viste algo que te hizo dudar sobre la perspectiva porteña basada en Paris al iniciar este proyecto?

Si. Cuando iniciamos el rodaje tuve la suerte de que mi productor, Federico Eibuszyc, consiguió que la Embajada de Francia nos regale dos pasajes para viajar a filmar a Francia ¡Suerte de principiante! Al llegar, vimos edificios que eran exactos a los de Buenos Aires. Repliqué el encuadre: Paris es más chata que Buenos Aires, tiene muchas más calles de cemento de las que uno imagina. Muchos parisinos huyen de esa capital y vienen a vivir a Buenos Aires. Se sienten como en casa, pero prefieren el estilo neoclásico mezclado con la modernidad, y eso lo tenemos acá. Así como existe el “síndrome de París”, o Stendhal (del viajero), que es una sofocación psicosomática que sufren los viajeros al estar expuestos demasiado tiempo a objetos bellos y tienen desde alucinaciones hasta palpitaciones; lo opuesto sienten los japoneses cuando viajan: se decepcionan. A mí me impactó.

Al principio dijiste que te llevó siete años la investigación ¿Cuánto duró el rodaje?

¡Estuve más de diez años! ¡Gracias a Dios, mi mujer me apoyó y entendió! En 2013 el INCAA nos financió el proyecto, que estrenamos en 2017 durante el 32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde ganamos como mejor guión y montaje. Fue arduo camino el camino. La peli se fue armando mientras trabajé en los rodajes de Gilda, El hilo rojo y Mamá se fue de viaje, que me permitieron invertirle mayor presupuesto. Como todo, esto tiene su lado bueno y su lado malo. El malo fue la espera; el bueno, el montaje de tres años. Pude trabajar con tres archivistas distintos para ilustrar las secuencias. Repliqué encuadres, incorporé más material de archivo y volví a filmar las instalaciones desde el plano que mejor me parecía para mostrar cómo se puso la cámara hace cien años versus hoy. Espero que el espectador perciba en esta mezcla de ficción y realidad qué es fake news y qué no.

© Luciana Calbosa, 2018 | @LulyCalbosa

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