09.02.20
Cine _ Entrevistas

Entrevista a Pablo De Vita, autor de Diálogos con el cine polaco

El crítico Pablo De Vita siempre tuvo una inclinación por el cine europeo. Más precisamente, por el de Polonia. En su libro, Diálogos con el cine polaco (Editorial Djaen), recopila entrevista a grandes directores de ese país, como Andrzej Wajda y Krzysztof Kieślowski, y traza un vínculo con hechos históricos. Pudimos hablar con Pablo y esto es lo que nos reveló de su primer libro en solitario.

¿Cómo fue tu primer contacto con el cine polaco?

Al primero no lo recuerdo. Siempre digo que hay ciertas afiliaciones desde donde se construye un amante del cine. Hay referentes que uno toma para profundizar el análisis, o cinematografías desde las que te parás a ver el mundo. A diferencia de lo que le pasa a mi generación, que estaba más volcada al cine asiático, yo me inclinaba a la cinematografía checa y a la polaca; siempre digo que son como mi mamá y mi papá cinematográficos. La cinematografía checa, desde un lugar más colateral por medio de una película que nadie recuerda: Tren estación cielo, de Karel Kachyna, que había hecho Que viva la república y Saltando los charcos. Se vino una sola vez en el cine Cosmos, en una muestra de films checoslovacos de ese momento. Era una película para chicos y adolescentes, y una tía mía me había llevado a verla. Fue como entrar a otro planeta. Después, con el cine polaco, fue a un nivel más formativo, entrando por la puerta grande con Wajda y Cenizas y diamantes. A partir de ahí, fue reconstruir para adelante y para atrás un cine que me parecía increíble a nivel narrativo y visual. Ese fue el primer acercamiento que tuve, entre los 10 y los 13 años. Tuve el privilegio de verlas cuando se estrenaban en Buenos Aires. El Cosmos proyectaba ese material todos los días. Todos los días podías ver una película rusa, una checa, una húngara… y alguna polaca, aunque no era la especialidad del Cosmos. Me emociona mucho, porque siendo más adolescente, más grande, se generó un ciclo retrospectivo: todos los mediodías pasaban una película, con una entrada muy económica. Estuve meses yendo todos los días. Eso contribuyó mucho a la posibilidad de conocer esas cinematografías. Yo no creo ser especialista, pero sí soy muy interesado. El cine polaco y el checo me cautivaron desde el comienzo.

Además de tu conocimiento del cine polaco y de sus responsables, el libro demuestra tu conocimiento de la historia de Polonia. ¿De qué manera te empapás en otros detalles de la historia ese país?

Es una muy buena pregunta, porque precisamente el libro, para mí, está estructurado a partir de esa relación de fuerzas, de cómo el cine reconstruyó la memoria histórica. La historia de Polonia es trágica: es un país que vivió dominado durante siglos por diversas potencias extranjeras que lo invadieron o lo ocuparon. Desde un lugar de identidad nacional o colectiva, el cine siempre fue el lugar donde la gente encontraba un lugar donde admirarse, donde encontrarse representada. Por eso mismo me parecía que era una relación fundamental. Eso, por un lado. Por otro lado, porque hay dos nombre ineludibles cuando uno habla de cine polaco. Roman Polanski es el más famoso a nivel mundial, aunque su trayectoria polaca es muy reducida en relación a su filmografía. El otro es Wajda, que sí construyó toda su filmografía en derredor de la historia polaca. Me parecía inevitable sentarme en esas figuras, sobre todo en la de Wajda, (que abre el libro y me parece el director más importante de los entrevistados para el libro) y poder hacer un correlato histórico de antes de la guerra. Esa es la parte más desconocida: cómo era la producción de cine antes de la Segunda Guerra Mundial. Conocemos el cine de posguerra, el que se formó en la Escuela de Lodz y de varios directores, pero de lo que se hizo antes conocemos poco. Me interesaba saber cómo había sido la relación con Argentina, y descubrí que había llegado muy poco material de ese cine. Lo más referencial está en el prólogo del libro, que es como una especie de reconstrucción de la memoria histórica y de dónde se sitúa. Esa era la sustancia del libro: entenderlo desde el lugar histórico y de un lugar de evolución histórica, aunque los entrevistados se corresponden a un cine desarrollado luego de la guerra.

Yendo a los entrevistados, el libro cuenta con testimonios del mencionado Wajda, de Holland, de Jerzi Skolimowski… Entrevistas que fuiste haciendo a lo largo de los años, para diferentes medios. ¿Cómo surgió la posibilidad de armar un libro con todo este material?

Fue muy circunstancial. Por un lado, la posibilidad de que surgiera el libro fue como una especie de balance, porque justo lo empecé después de diez años escribiendo para La Nación. Diez años es un buen número para ponerse en perspectiva. Por otro lado, me pareció que tenía un libro cuando en 2018 fui al Festival de San Sebastián y entrevisté a Pawel Pawlikowski, la única gran referencia del cine polaco contemporáneo. Me parecía que había un entendimiento desde un Wajda, un Polanski, una mirada histórica desde diferentes lugares. Wajda hace recreaciones históricas a partir de la memoria, y Pawlikowski hace metáforas históricas; sus temas están planteados desde lo más poético y desde la subjetividad de los personajes entrecruzados por la historia. Krzysztof Zanussi –gran director, también entrevistado- cuenta de un caso de una película de él, Cuerpo extraño, en referencia a la jueza de Ida, de Pawlikowski. Ambas películas están basadas en un mismo caso real. En la de Zanussi, la resolución de la historia está tomada tal como sucedió, mientras que en el caso de Pawlikowski está la autopunición de ella. Es una manera interesante de cómo te toma la historia real a partir de la recreación de los directores. El mismo caso, con distintos enfoques del personaje. Un poco es eso el libro: la relación entre la Historia (con mayúscula) y la historia (con minúscula).

Después fue complicado armar el libro a nivel editorial, a nivel financiación, a nivel de presupuestos, a nivel de todo. Desde que empecé a programar el libro hasta que finalmente fue publicado, pasaron las tres grandes devaluaciones. Entonces es un libro que vale por tresk, lo cual hace muy bueno su valor de reventa (risas). Fue complicado de hacer, pero la verdad es que tuve mucho apoyo de la editorial, de la embajada de Polonia. Quería lograr con el libro que el lector estuviera presente ahí, junto a los directores entrevistados. Que pareciera una mesa compartida. Por eso están los perfiles antes de cada entrevista y la entrevista real y la foto. Con las fotos hubo otro tema. Por suerte, Ela Kinowska, que hizo la selección fotográfica, me ayudó muchísimo. Fueron muchos correos que fueron y vinieron durante meses, hasta poder encontrar todos los elementos. Quería que el libro se viera como algo amable, algo que te invita, como sentarse a la mesa para conversar con tu director preferido.

Además de las entrevistas, escribiste perfiles dedicados a cineastas como Polanski y Krzysztof Kieślowski.

Por un lado me dije: “¿Qué director polaco que estuvo en mi contemporaneidad me hubiera gustado que esté en el libro?”. Hubo muchos nombres, pero quedaron ellos dos y Jerzy Kawalerowicz. No pude acceder a ellos por cuestión de cronología. Cuando Kieślowski vino a la Argentina, yo era muy chico. Cuando vino Kawalerowicz, también. Cuando vino Polanski, ni hablemos. Los tres vinieron al país, pero no pude tener contacto directo. Me parecía que debían estar, y su ausencia le iba a hacer ruido a los lectores. Era una manera de tenerlos de algún modo. Además, me permitió dar detalles de su relación con Argentina. Kieślowski, por ejemplo, dio una charla en el Paseo La Plaza, que fue muy comentada en ese momento. Y en el caso de Polanski, se rescató su filmografía polaca. Esa es la parte menos visitada de su retrato. Yo no quería hacer un libro nostálgico, así que lo más nostálgico fue como cita al pie. Lo de Armando Bo y la Coca Sarli y Polanski quedó como una rica nota al pie.

¿Por qué pensás que el cine polaco tuvo tan buena recepción por parte de la cinefilia argentina?

No lo podría explicar a un nivel completo. Creo que hay diversas aristas que se fueron dando. El cine polaco vivió unos veinte o treinta años de gran prestigio y gran presencia, y a diferencia de otras cinematografías europeas, tuvo un gran desarrollo en el tiempo y una prosecución de grandes nombres de gran talento artístico aunque con diferentes horizontes. Al cine de posguerra le sucede el cine de la cuestión moral de los ’70, que tiene igual de trascendencia que el de postguerra. Y había una relación de cercanía entre esos directores. Y creo que, a diferencia de otras cinematografías, uno puede encontrar en el cine polaco un nivel permanente. Hablás de los ’50 y hablás de Wajda, de Kawalerowicz y de otros tantos directores, y si hablamos de los ’60 y ’70, se añade un Zanussi, un primer Kieślowski, con Polanski siempre gravitando a partir de su trabajo en el cine internacional pero sin olvidar su trabajo en Polonia. Después vino Pawlikowski, y en el medio anda un Żuławski y un Skolimowski, y hoy tenemos a Jan Komasa, que fue nominado al Oscar por Corpus cristi. Hay un nivel que permanece inalterable, más allá de que las generaciones tienen intereses distintos, y eso puede explicar esa relación tan directa. Uno ve cine polaco y sabe que hay una garantía de calidad base.

Comentaste tu devoción por el cine checo. ¿Le dedicarías un libro también?

Me encantaría. Lamentablemente no llegué a entrevistar a tantos grandes directores checos, como pasó con el cine polaco. No tuve la posibilidad de entrevistar a Milos Forman porque él no vivía el República Checa desde hacía años y nunca estuve en los Estados Unidos. No llegué a entrevistar a Jan Nemec, que murió hace poco. Sí entrevisté a Vojtiech Jasny, director de Un día, un gato, y a Věra Chytilová. Así que, de los grandes nombres de los ’60, tengo dos. Para mí no sería el mismo libro. Me faltaría el recorrido histórico que tiene el libro sobre cine polaco. Pero habría que buscarle la vuelta. Quizá sí podría hacer algo con el cine francés. Es una cinematografía muy presente en mi vida y entrevisté a muchos directores franceses. Ahí hay un horizonte que me interesaría trabajar a futuro. Por lo pronto, disfrutando de Diálogos con el cine polaco. Es mi primer libro en solitario y estoy muy contento.

Aprovecho para felicitarlos por la iniciativa de ASL Ediciones.

© Matías Orta, 2020 | @matiasorta

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Foto: Mika Szelag – WIFF

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