22.05.19
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Entrevista a Guido Segal

Si bien comenzó a hacerse de un nombre a través de su labor como crítico de cine, hoy Guido Segal está creciendo como guionista en los Estados Unidos. Una serie de proyectos fuertes lo tiene en sus filas, junto a figuras importantes de la industria cinematográfica y televisiva. Esto es lo que Guido nos contó sobre su carrera.

Vayamos al principio de todo: ¿cómo nace su pasión por el cine?

Cuenta la leyenda que todo empezó cuando mis papás me llevaron a ver Volver al futuro, allá por 1985. Tenía dos años y parece que hice un escándalo, llorando y pataleando, cuando el Delorean sale volando al final de la película y desaparece. Pero, más concretamente, diría que el fanatismo real –porque el otro es más mitológico, casi de cuento familiar que se repite y cambia a lo largo de los años– empezó cuando tenía 13. Recuerdo que fui a ver Romeo + Julieta, la versión de Baz Luhrmann, con una chica que me gustaba mucho. Pero a ella le gustaba más DiCaprio que yo. Entonces me dije: “ah, va por ahí, hay que ser actor que a las chicas eso les gusta”. Pero por algún motivo me di cuenta inmediatamente a que a mí actuar no me interesaba. Que prefería estar detrás de cámara. Y ahí nomás, no sé bien cómo, explotó la cinefilia. Empecé a leer la revista El Amante casi religiosamente, sin saber que iba a terminar escribiendo ahí. Empecé a armar listas, a ver filmografías completas de gente como Carpenter, David Lynch o Burton. Y, casi sin darme cuenta, entré a la adolescencia alquilando VHS de películas polacas o screwball comedies, o lo enganchaba a mi viejo para que veamos juntos Saló, de Pasolini. Un disparate de peli para ver en familia, pero creo que era una carta de presentación: al nene le gustan las pelis raras.

Comenzaste en el ámbito del cine como crítico. ¿Qué recordás de esos tiempos?

Mi llegada a la crítica también se dio casi de imprevisto, en 2003. Había empezado la carrera de Dirección en la FUC unos meses antes y la verdad es que mis compañeros no eran muy cinéfilos, o manejaban una cinefilia más sectaria, no tan voraz como la mía. Y yo necesitaba compartir, alimentarme de otros gustos que desconocía, tenía hambre de ver más cine y de entrar en terrenos más bizarros o más psicodélicos, qué sé yo, más de todo. Yo ya iba a Bafici y quería un Bafici todo el año. Justo ese año, 2003, El Amante abrió su escuela de cine y me anoté, primera camada. Muchos de los alumnos de esa camada son hoy críticos en actividad o programadores, amigos que aún considero cercanos. La cuestión es que tuve clases con Javier Porta Fouz, y a Javier le gustó mi estilo. Yo era chico pero era muy soberbio, decía cualquier cosa, como que la Scarface de De Palma es una basura (hoy en día, más maduro, me avergüenzo un poco de ese pasado pero también me divierte). A los 19 empecé a escribir en El Amante, y con el tiempo terminé trabajando en los diarios de BAFICI y Mar del Plata. Creo que el corolario a mis doce años como crítico es haber sido elegido como jurado de la Semana la Crítica en Cannes, en 2014.

La crítica es y siempre fue para mí un canal de prolongación de la cinefilia. Nunca me pensé como un juez o un árbitro de lo que va y lo que no va, sino como más bien como un divulgador, alguien que quiere compartir lo que ama. Por eso con el tiempo dejé de escribir críticas en contra, salvo que se tratara de una película muy hija de puta o muy dañina (y aún al decir esto ya me estoy contradiciendo y estoy juzgando). Siempre se trató de saber argumentar, de poder justificar lo que se afirma más que de poner puntajes. Siempre fue un juego: ¿Qué es lo más disparatado que puedo decir sobre esta película y hasta donde lo puedo demostrar? Siempre fue una tarea creativa, lúdica y muy pasional. Creo que el crítico sigue viviendo en mí, aunque ya no escriba críticas. Hago críticas en redes sociales, ni bien salgo del cine.

¿De qué manera lográs balancear la faceta de crítico con la de guionista?

La verdad es que no balanceo ambos aspectos para nada. El día en que elegí dedicarme a ser guionista plenamente aparté del todo la crítica. Ya me venía pasando que me costaba conciliar un cerebro creativo, que construye personajes y mundos, con un cerebro analítico, que deconstruye algo ya hecho y terminado. Es muy difícil crear algo de cero si uno viene formateado con una mente que desmenuza, procesa y busca sentidos ocultos de un objeto externo. Ojo, no estoy diciendo que una tarea es mejor que la otra, digo que para mí son incompatibles. Como crítico, disfruto de la tarea. Como guionista, sufro, porque el oficio es sufrido. Quien te diga que escribir guiones es divertido yo creo que miente. Como dicen acá en Los Ángeles: “A nadie le gusta escribir, a todos nos gusta haber escrito.” En fin, allá por 2014 decidí poner fin a esos bellos años de crítico, que me dieron amigos, viajes y trabajos variados en medios y festivales, y enfocarme plenamente en hacer cine y televisión. Y no me arrepiento, porque es siempre una actividad que se reinventa, con cada guión empezás de cero. Haber resuelto algo bien o haber bajado a papel imágenes y relatos poderosos no te garantiza que en la siguiente aventura te vaya igual de bien. Y eso me estimula, me mantiene vivo y me da un motivo para seguir escribiendo.

En Argentina trabajaste como guionista en cine en películas como Leones, de Jazmín López, y Kékszakállú, de Gastón Solnicki, pero también en televisión, haciendo productos más masivos como Zamba o producciones de Sebastián Ortega. ¿Qué balance podés hacer de esas experiencias?

Yo creo un buen guionista tiene que ser todoterreno. Por eso me gusta más la idea de artesano que de artista. Y además creo en la idea de industria, donde uno ofrece un servicio o posee un saber técnico y te puede llamar cualquiera para trabajar. A mí me encanta escribir mis propios proyectos, pero también me estimula sumarme al proyecto de otro y ver cómo se desarrolla esa colaboración, qué nace de la sinergia o del encuentro de dos miradas de mundo muy diversas. En el caso del cine, con Jazmín López teníamos miradas totalmente diversas, ella más contemporánea y yo más medieval, si se quiere. Para ella era un relato de erotismo juvenil y para mí era una fantasía artúrica, de ahí que la película se llama Leones, que deriva de Lyonesse, donde originalmente se dice que estaba Camelot según un poema de Lord Alfred Tennyson. Con Gastón Solnicki fue totalmente diferente: él ya había filmado todo el material y trabajamos dando una forma final al material ya existente, casi un proceso de reescritura, donde guión y montaje pasaban al mismo tiempo. Fue una experiencia muy estimulante y compleja, casi un proceso de meterme en su cabeza y descifrar posibilidades narrativas que estaban insinuadas en el material. Fue menos convencional, pero de esas experiencias son de las que más se aprenden y además creo que Gastón tiene un instinto cinematográfico puro, una mirada que se traduce en cine. Yo quizás vengo de una tradición más literaria, y ese choque de mundos es muy rico.

En el caso de la televisión, lo que yo buscaba era una gimnasia, desarrollar más el músculo narrativo. Así como la gente va al gimnasio, yo me embarqué en algunos proyectos para entender la maquinaria industrial, para poner a prueba mi versatilidad. Y la verdad es que tanto haciendo Zamba o Siesta, que son animaciones infantiles, como trabajando en series de Underground, aprendí a trabajar eficientemente, rápido y con una mirada más popular, más masiva. Yo quiero que lo que hago sea visto por el mayor número de gente posible. Aún si mi gusto cinéfilo es más elitista o muchas veces más críptico, a mí me formó el cine de Hollywood. Antes de ser un cinéfilo “culto” era un chico que miraba con avidez cosas de Spielberg, Zemeckis, John Hughes o John Landis. Por eso no es tan extraño que haya terminado acá en Hollywood.

Viviste en Argentina, en España, en Finlandia y ahora en los Estados Unidos. ¿Cómo es la experiencia de trabajar en esa parte del mundo, la usina de entretenimiento por excelencia?

Vine a Los Ángeles a hacer el Máster de Guión de UCLA, uno de los programas más prestigiosos en rubro, que cuenta entre sus egresados a Coppola, Alexander Payne o David Koepp, que escribió Jurassic Park o la primera Spiderman. Ya que me aceptaran fue una gran alegría, porque fue como la confirmación de que estaba en condiciones de dar el salto a esta industria. El desafío después fue escribir en inglés, algo que ya había hecho, pero nunca con esta intensidad. La verdad es que mi escritura dio un salto de calidad acá. Trabajé duro en ampliar mi vocabulario y en ser más sintético, porque acá el guión no es solo una guía de rodaje, es una herramienta de venta. El guión tiene que ser divertido de leer, te tiene que atrapar y tiene que reflejar lo que ellos llaman “tu voz”, lo que te hace distinto de otros guionistas. Y yo acá encontré esa voz, mi modo personal de narrar, mi pequeño mundo que reaparece en cada proyecto más allá de las diferencias.

El otro tema de trabajar en una megaindustria es que hay estándares de calidad muy marcados. Si no tenés un manager que te ayuda a marketinear tus proyectos y un agente que sale a venderlos, básicamente no sos parte del medio. Yo por suerte llevé mi material a un nivel que me permitió contar con ambos, y eso te permite acceder a directores, productores o actores que de otro modo no te reciben. También es cierto que en esta ciudad, así como todo el mundo es actor o actriz, todo el mundo es guionista o aspira a escribir la próxima ganadora del Oscar. Entonces la competencia es alta y la presión es alta. Hay deadlines que cumplir contantemente, se reescriben los guiones los veces que hagan falta hasta que estén listos y hay múltiples filtros para garantizar que el proyecto es potente y tiene potencial de ser exitoso comercialmente.

La verdad es que la adaptación no fue fácil pero también es cierto que las puertas están abiertas. Si el material es bueno y uno es una persona agradable y fácil de tratar (que no siempre es el caso con los guionistas), no importa de qué país venís o quién sos. El material está por encima de todo y si uno es competente y eficiente te van a seguir llamando. He tenido la posibilidad de reunirme con gente como Guillermo del Toro o Greta Gerwig y me trataron como a un colega, con sumo respeto más allá de las obvias distancias entre ellos y yo.

Ahora estás trabajando en un proyecto con Anonymous Content. ¿Qué se puede contar al respecto?

Se trata de una serie de televisión llamada High Priest, que narra el ascenso y caída de Timothy Leary, el gurú del LSD entre los años sesenta y ochenta. Yo ya había escrito un piloto de tele que transcurría en los años sesenta y que contenía esa mezcla de drogas, conciencia social y política. Estaba muy atravesado por el habla de esa época y por los diferentes estratos sociales, así como los movimientos políticos y la estética de la época. Un productor leyó ese guión y me reclutó para escribir este proyecto. Conectamos inmediatamente y él consiguió los derechos de la biografía más completa sobre Leary, algo que en este momento es crucial en esta industria. Sin propiedad intelectual que apoye al proyecto, no tiene la misma credibilidad. Las cosas avanzaron muy rápido: tuvimos la oportunidad de conocer a Paul Green, uno de los fundadores de Anonymous que además produjo tres ganadoras del Oscar (Birdman, The Revenant y Spotlight). A Paul le encantó la idea y el modo en que la encaramos. Además, California está en la vanguardia de la legalización de las drogas, primero con la marihuana y próximamente con los alucinógenos, usados para tratar a pacientes terminales o a gente que sufre trastornos de ansiedad. El timing es ideal, y desde entonces escribí varias versiones de guión, al punto de que al día de hoy es sin dudas lo mejor que he escrito.

La etapa de desarrollo es larga, porque primero hay que reclutar a un director y actores y recién después de eso vas a vendérselo a un canal, porque los nombres de peso suman, más allá de la fuerza de la propuesta. Hace poco nos juntamos con Alejandro González Iñárritu, que se entusiasmó porque tenemos secuencias psicodélicas en México, y en breve nos juntaremos con Darren Aronosfky, que ya intentó filmar la vida de Leary en 2006. Otro que soñaba con interpretar a Leary es Di Caprio. Si lo quiere hacer, nosotros encantados, aunque yo apuesto más por Ethan Hawke. Es un proyecto un poco maldito, porque en intentos anteriores la época no estaba lista para hablar abiertamente de drogas, pero hoy en día la televisión evolucionó al punto de que toda serie que nos gusta tiene drogas, sexo y violencia. Entonces tenemos fe. Además, el autor de la biografía, Robert Greenfield, me dijo que es el mejor guión sobre Leary que leyó hasta ahora. Eso me honra y me da impulso, así que confiamos que a fin de este año va a haber novedades importantes.

¿Es posible hablar de futuros proyectos, al margen de los que te tienen involucrado en la actualidad?

Estoy bastante abocado a la televisión, porque hoy en día tiene un dinamismo que el cine, incluso acá, no tiene. Las películas en Hollywood tardan, en promedio, cinco o seis años en producirse, incluso más, mientras que un buen proyecto de televisión sale al aire a veces meses desde que se firma el acuerdo. Ni hablar de que la demanda de tele es monstruosa, habiendo tantos medios necesitados de contenidos (Netflix, HBO, Hulu, Amazon, canales de aire, los nuevos servicios de streaming de Apple o Disney). Yo amo al cine y prefiero verlo en pantalla grande, pero la televisión está viviendo una época dorada y decidí ser parte, porque hay un nivel de experimentación formal y narrativo que me recuerda a épocas doradas del cine.

Estoy desarrollando una serie para Argentina con una amiga y colega de allá, Luz Márquez. Un thriller en la línea de True Detective, pero que transcurre en La Rioja, donde personajes norteamericanos tienen que navegar la vida de pueblo al norte de la Argentina. Creo que puede ser divertido e interesante, y que puede funcionar en ambos mercados. Quiero hacer una serie bien argentina apuntada a satisfacer a un público argentino, pero que también responda a los estándares de acá. También me gustaría que el mundo pueda ver mejor qué somos, o en qué nos diferenciamos de otros países latinoamericanos. A veces siento que México o Brasil tienen más prensa, y me gustaría ayudar a que se sepa que tenemos excelentes técnicos, actores versátiles y relatos propios, una idiosincrasia muy marcada que es muy nuestra. He tenido reuniones y la cosa avanza bien, porque además les digo que el cambio los beneficia y que por la plata que invierten en un capítulo acá (la última temporada de Game of Thrones invirtió 15 millones o más por capítulo) hacés la serie más grande de la historia de la televisión argentina. Me toca ser un poco productor, y la verdad es que no me molesta. Quiero que esto se haga, quiero ayudar a conectar ambos mundos y poder generar trabajo en mi país, sobre todo ahora que la realidad no está fácil para nadie allá. Ojalá salga, porque me permitiría ir y venir y volver un poco a mis raíces, conectar con Argentina, que a la distancia se extraña bastante.

© Matías Orta, 2018 | @matiasorta

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