24.06.19
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FECIVE 2019: El vampiro del lago, por Eduardo Elechiguerra

(Venezuela, 2018)

Guion, dirección: Carl Zitelmann. Elenco: Eduardo Gulino, María Antonieta Hidalgo, Miguel Ángel Landa, Carla Muller: Producción: Rodolfo Cova, Carl Zitelman. Duración: 102 minutos.

Del grito al susurro, el filme recorre el espectro de las voces*

Con alguna frecuencia, se cuestiona que alguien elogie solo las actuaciones de una película para reconocer sus méritos. Un ejemplo reciente fue Hereditary el año pasado, con alabanzas para Toni Collette pero ataques al resto del film. “Ni que fuera una obra de teatro”. Como si la potencia de una actuación fuese sólo necesaria en el ámbito teatral. Ahora, ¿qué ocurre cuando la película tiene malas actuaciones? ¿Acaso no sentimos que se empobrece lo visto, que no nos lo creemos?

Esto ocurre en varias ocasiones con El Vampiro del Lago (2018), la ópera prima de Carl Zitelmann que compite en el Festival de Cine Venezolano de Buenos Aires con otras seis películas. La historia está basada en El Vampiro de Maracaibo, la novela publicada en 2008 por la editorial Alfaguara y escrita por José Norberto Olivar, narrador e historiador venezolano. Zitelmann crea un thriller donde se enfoca en las noticias sobre Zacarías Ortega (Eduardo Gulino), un asesino en serie marabino atrapado en 1975 que se bebió la sangre de sus 33 víctimas antes de quitarles la cabeza.

La distracción constante durante gran parte de la película es que las voces de todos los actores parecen estar declamando ciertas líneas o empobreciendo a los personajes con una entonación adormilada. Esto no es necesariamente perjudicial para la historia en todas las ocasiones. Por ejemplo, ciertas líneas de Miguel Ángel Landa, quien interpreta al policía retirado que siguió el caso de Ortega, nos recuerdan a la ternura o la malicia de sus expresiones en películas de décadas pasadas. Además, la ambigüedad de ciertos personajes circunstanciales se transmite con sus entonaciones más oscuras, como el brujo. Otras actuaciones como las de Julie Restifo y Javier Vidal, más formados en teatro, hacen pensar que sus presencias son por razones ajenas a la calidad actoral, sino más como alusiones indirectas a la cultura venezolana. Interpretan patrones.

Esta ambivalencia actoral hace tambalear la coherencia de la película, incluido Sócrates Serrano que protagoniza la historia. Hay asomos enriquecedores sobre qué puede significar simbólicamente el vampirismo entre personas, más allá de la pura maldad y más acá de la naturaleza de toda relación humana: ser otro y, en el caso de Ortega, ser “eternamente” otro. Es en la representación actoral y psíquica de esta búsqueda donde está la intensidad de la película.

Por un lado, ya desde la primera aparición en un plano picado, Eduardo Gulino nos sorprende desnudo, ensangrentado y succionando sangre de una de sus víctimas. La fortaleza que refiere Jeremías en voz de Landa unos segundos después en un fundido a negro, la vemos sin tapujos inicialmente. Y la decisión de que se cuele el acento argentino de Eduardo, quien vivió y trabajó 18 años en Venezuela, permite pensar que la maldad de tantos siglos se ha posado en una ciudad de Venezuela, pero también es foránea. “Seré todos”, dice el asesino en dos o tres ocasiones, y termina siendo muchos. En algunas entrevistas, Zitelmann destacó su atracción por películas como El silencio de los inocentes, un thriller ya clásico. Es difícil olvidar siquiera cómo Hopkins pronunciaba el nombre de su amada detective, como si se tratara de una serpiente diciendo “Clarice”.

Que a fin de cuentas el protagonista de la historia, un escritor de mediano éxito que indaga en los crímenes, termine convirtiéndose en el vampiro, lleva a otro nivel la mentada relación vampírica entre los seres humanos. Ahora es el escritor el que succiona, ya no solo historias, sino también sangre de sus conocidos. Estos matices de sentido se enriquecen también con cierta atención al detalle en el diseño de producción y vestuario, por ejemplo con la presencia de autos de la época, que le dan relieve a una historia que de lo contrario estaría allanada por el sonido de voces planas. Aunque el cine no sea teatro, siempre amplifica la gestualidad de los actores para que los diversos códigos tengan suficientes niveles de sentido y emoción.

Es curioso que en el género del thriller o el suspenso, sea también la voz la que más se manifiesta en el espectador cuando consume la película. En la sala de cine durante la proyección, por cierto, no faltaron sustos de sorpresa o gritos ahogados en dos escenas claves para la conclusión del film. Este vínculo vocal o, si acaso, gutural entre obra y recepción da cuenta de la relevancia simbólica de la voz en el cine, y del éxito del film al menos en un sentido básico.

La gran tarea del cine acaba siendo domesticar las voces*

 

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Las citas pertenecen al capítulo dedicado a la voz en el libro El actor de cine de Jacqueline Nacache.

(Gracias a Hernán Schell por el préstamo del material, tan pertinente para el texto)

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