07.09.18
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Festival Internacional de Cine de las Alturas – Comentario final a Zama

En las orillas.

Decir que Zama carece de argumento es errado. Hay un protagonista, personajes, misiones y mandados. Decir que carece de un trazado totalizador también resulta falaz. De igual manera es desacertado pensarla como una película hipnótica, sugestiva o evocadora. Zama es la cúspide de la repetición.


Me gusta diferenciar tres haceres; el desarrollo, la variación y la repetición. El autor desarrolla temas, sabe abrigar todos los aspectos de su obra, para ponerlos en disputa entre sí. Luego, el director de cine ejerce la variación de elementos a partir de una imagen matriz, si ese elemento es el agua, por ejemplo, sabe como entablar lazos operativos con -digamos- la humedad, la lluvia, el frió, etcétera; para así plantear una construcción imaginativa, una composición de lugar. Por último tenemos la repetición, hecha usualmente por técnicos, quienes, en el afán de cuestionar o establecer una forma, caen en el mero formalismo.

Zama es todo repetición, con un mínimo atisbo de variación. Ya desde el comienzo, cuando vemos al protagonista -desde la orilla- observar fijamente el mar, se entabla el elemento principal de Zama, el agua como confinamiento y encierro. Confinamiento del orden monárquico en una tierra foránea e incomprensible para ese estado mental, y el encierro de dicho orden en un régimen burocrático (oficial) y en otro natural (autóctono). Una vez entablado este interesante elemento doble (agua y orilla -bordes-/confinamiento y encierro), Zama cae en los dislates más evitables.

Desde la innecesaria voz en off (nunca retomada) que presenta una obvia comparación entre Diego de Zama y unos peces que “solo se quedan en las orillas” (y por si no quedó claro, culminando con él mirando desde la orilla), al empresario que cae enfermo a ese mundus terreno y que “ha visto el futuro”, al hombre literalmente encerrado en unas esposas de cuero; pasando por la charla entre Zama y Luenga, cuando ella le dice “En cualquier momento lo trasladan” y aparece un intenso sonido de ninguna parte. Esas “interrupciones” son similares a las que enunciamos en la crónica inicial sobre La niña santa, ese desfasaje ocurre en pos de contraponer la pugna por salir (en el uso del sonido) del confinado encierro (la imagen); este proceder se replica (repite) en muchas escenas durante la película, citamos algunas más: Cuando Zama se baña (nuevamente, el agua en un espacio foráneo al mar) y otra voz en off -como en La niña santa, un elemento fuera de la escena- le dice que sus hijos “están hartos” mientras (con mucha obviedad, por lo que decíamos del agua como encierro) un chorro importante de agua cae por su cara; y en repeticiones aún más obvias de lo mismo, cuando le dicen a Zama “que te vayas“, o cuando el gobernador le dice a Diego de Zama que Ventura Prieto será deportado, y que él sera trasladado a España, mientras la cara de Zama se oscurece frente a la imposibilidad de conocer su destino,  o cuando la familia colonial de una cautiva mulata (cautiva/cautiverio/mestizaje), le pide ayuda para frenar a unos indios que “vuelven con pretensiones“.

La división episódica del film llama a este tipo de irrupciones, y al olvido de semejante arbitrariedad, la repeticiones tienden a obviarse, y más aún, cuando son tan evidentes. Citamos algunas más: La llama que irrumpe en la oficina (irrupción del animal emblema de los poblados de la región andina), la aborigen que habla fuera de cuadro, y cuando aparece en plano, se aleja con rapidez y -en unión con esto mismo- la sirvienta muda y coja Malemba, ambas mostradas en su incapacidad para la interlocución (como mujeres y aborígenes). Este compendio de rarezas (sumando a un niño que no puede caminar, a las orejas mutiladas de Ventura Prieto, una caja que se mueve sola, unas termitas devorando rocas), las innecesaria y repetidas tomas de Zama mirando el agua, barcos y orilla; la prestancia con la que se nos muestra (en una gran parte de la película) el mar en el horizonte del encuadre y el insufrible sonido del agua a lo largo del film.Cierta variación se aprecia en la parte final del film, cuando Diego de Zama emprende la captura de Vicuña Porto; aquí observamos un elemento desplazado (una variación) al ver como el agua ahora se encuentra en los pastizales por los que circulan los personajes (es decir, que ese desentendimiento -confinamiento y encierro- se traslada de la orilla, al adentro terrestre) en contraposición al pasar de los aborígenes, quienes cabalgan en unos pastizales secos (foráneos a ese confinamiento trasladado); otra variación acontece cuando el grupo de Zama es capturado por un grupo indígena, y mientras son alegóricamente pintados como los aborígenes, escuchamos el sonido de la lluvia al impactar en dicho lugar. En esto último, acontece una interesante variación del elemento base del film (el agua) y el tema fundante (confinamiento/encierro oficial) a una forma desplazada del elemento (la lluvia) y del tema (el encierro, ahora, autóctono). Una verdadera lastima que no se haya abrazado la variación, más allá de sus más exiguos bordes.

En resumen: Zama apenas intuye temas y elementos a repetir más allá de lo mencionado, con un ínfimo lugar para una exitosa variación (y muy lejos de cualquier tipo de desarrollo). Para suplir este defecto de imaginación -que es la incapacidad de idear imágenes tanto como sonidos- se recurre a los dislates enumerados y al pragmatismo más maniqueo. Zama es una película fácil, de ideas políticas mínimas, de discursos preconcebidos y de un despliegue mínimo. El ideario colonial es planteado con la facilidad de los “conquistadores y conquistados” (1), y ese es el gran problema de pensar solamente en lo simplemente hegemónico y en lo llanamente minoritario, el carecer de desarrollo lleva indefectiblemente a confinarnos a este tipo de lugar común. Y eso es quedarse en las orillas.

© Pedro Seva, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(1) Como verbaliza Vicuña Porto, los indígenas fueron castigados por “ustedes“.

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