Faretta

Ensayos _ Faretta

Vértigo. De los fines últimos. 2

 a Seba De Caro

 

 “But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange”.

 Ha mutado como cambia el mar

 En algo rico extraño

 Shakespeare, La Tempestad

 

En la secuencia final de Vértigo tenemos una de las más complejas, variadas, ricas y extrañas composiciones simbólico-metafísicas de la historia del arte y del pensamiento. Del pensar y poetizar

Veamos primero la escena final. Muestra a un Scottie detenido sobre el borde exiguo y más que peligroso del campanario de un monasterio, el de “San Juan Bautista” situado “más allá del bosque” y en las afueras de San Francisco.

Veamos sus gestos. Los brazos apenas alzados en cruz y las manos vacías que parecen ser escrutadas por la mirada del agonista. Fuera de campo, las campanas que siguen sonando y que hemos visto comenzar a tañer por la monja segundos antes, y que provocaran en parte la caída de Judith Barton -transfigurada exteriormente en una Madeline Elster- al vacío. “Una” que jamás existió. Mejor dicho, ésta cae porque desde su punto de vista ve subir una sombra al campanario, mientras que, segundos después, la mirada de Scottie -y la nuestra- ven que se trata de una monja católica. Que se persigna y comienza a tañer la campana.

Hitchcock suma aquí toda la variada batería emblemática de ambigüedad barroca posible. Desde The Tempest, de Shakespeare, no se había conseguido nada similar…

La pregunta que se hace el espectador más que a menudo es ¿Scottie, no se arroja o no cae al vacío porque es salvado in extremis por la llegada de cierta brisa y sonido católicos a esa “capilla del dolor” (1). Y más aún: ¿aunque ha sido presentado como un escocés, es decir un viejo calvinista y puritano, el aire, el viento del Espíritu es tan fuerte y poderoso que franquea esa barrera al parece infranqueable?

Sí y no. La convergencia polar de lo simbólico, según creemos, alcanza aquí su cima más alta y desde luego más compleja. La cima siempre es solitaria, y el vértigo una vez llegado allí es por momentos insoportable.

Pero también vemos a Scottie quedar con las manos vacías. El cotejo entre el mundo platónico de las ideas o imágenes preexistentes, así como de la creación del mundo mediante, una selección y ordenamiento de tales, por un demiurgo que las recibe y actúa como amanuense, frente a la creatio ex nihil, pero por un acto de la voluntad divina y que crea también cada una de nuestras almas, que no preexisten en ningún paraíso perdido de los arquetipos sino que es creada en el momento exacto del engendramiento, es uno de los motivos centrales de la expresión mitopoética de Vértigo. Esto ya ha sido tratado por nosotros y seguramente merecerá uno o varios ensayos más…

Luego tenemos la reconfiguración de la saga y leyenda artúricas que también hemos examinado anteriormente, aquí de manera un tanto más extensa.

Pero la resolución de esta polaridad funcional se da precisamente en este final. Tanto el pasado pagano o precristiano del pensamiento e ideario platónico, como el sustrato también pre-cristiano del ciclo artúrico, actúan como móvil del desesperado erotismo delirante de Scottie. Que vive su propia o cree vivir su propia pasión, cuando no ejecuta más que la copia de una copia de un aciago demiurgo que –además- debe hurtar del inventario legendario de la propia ciudad de San Francisco, y por ende de su pasado latino y católico.

Pero la pasión, lo “tristanesco”, el “amor loco” que engendra esa copia maligna, parece funcionar siquiera en un plano erótico a la perfección. La “second chance” delirada in extremis por Scottie, aunque aquí se le confunda o regrese a su profesionalidad anterior suspendida por la aparición del síntoma del “Vértigo”- y que él cree auto “curado”-, es en lo verídico y real la confesión involuntaria del proceder de Scottie. Crear una criatura pasiva y objeto erótico más pasivo aún desde la nada, “ex nihil”. El comprender –lo cual en parte es cierto- que estaba siguiendo nada más que los pasos de un demiurgo anterior.

“Él te hizo”, grita y luego dice y afirma creer que Judith fue simplemente “An apt pupil”, un discípulo apto y acorde a ello. Lo que lleva a Scottie -¿involuntaria, inconcientemente?- en forma directa a celar al Creador.

Gavin Elster se convierte aquí en mero puente o tan solo en un intermediario y vicario de Dios. Podría decirse que Elster es un Papa (un Padre) al revés: aunque no sepa que está procediendo de esta manera.

Veamos esto. Scottie cela que un “él” anterior a su yo, haya hecho a la criatura, no que tiene entres sus manos, sino a la que “él” cree haber inventado desde la nada. Pero este él se transforma en Él, más allá de la conciencia de Scottie, cegada además aquí por la reviviscencia de su inmediato pasado como profesional liberal y de la que ha sido suspendido al padecer un síntoma laboral, el vértigo o acrofobia.

Entonces este memento de amor pasión “tristanesco”, sumado a ese substrato platónico indomeñado por las mores católicas (no por la teología y filosofía católicas, atención) es lo que lleva a Scottie a ese borde del que no cae, pero en el que queda con las manos vacías.

Sin vueltas ¿Son esas manos vacías y esos brazos en cruz apenas esbozados, una lítote debida a la irrupción católica –cierto que tardía- a ese lugar donde el eros anterior estaba llegando a ser concretado de manera loca, pero lógica a su manera?

Es así si olvidamos un punto a pasaje intermedio. Una concreta tercera posición entre el eros pagano y el eros “tristanesco”. Y que nos ha sido ofrecida en bandeja (¿no estamos en un lugar consagrado a San Juan Bautista?) poco antes.

Judith Barton ha sido sí creada, o más bien co-creada por un auténtico amor equidistante del amor loco “tristanesco” y tardo romántico, así como de un platonismo sin la posterior corrección o calibramiento de la revelación cristiana. Es ese amor que una tercera mujer le ofrece y que le pide ser reconocido y tomado, y que él, regresado a sus fueros liberales-profesionales (y en parte psicológicamente reductivos), un Scottie envanecido de su saber anterior, no sabe re-conocer y menos sostener.

 

 1: de este símbolo del ciclo artúrico –así como de otros- trataremos más adelante en un próximo ensayo.

 

© Ángel Faretta, 2016

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Más ensayos de Ángel Faretta publicados en A Sala Llena.

 

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