24.05.19
[21] BAFICI _ Festivales

[21] BAFICI: 10 películas para disfrutar como, cuando y donde sea

Por si te perdiste el BAFICI del mes pasado y querés verlo resumido en un puñado de títulos. Por si no te importa el BAFICI pero sí extrañás las buenas películas, o al menos las inolvidables. Por si querés salir al menos dos horas de esas temporadas que al final siempre te defraudan.

A continuación, 10 películas del festival porteño que en cualquier país normal deberían estrenarse en salas, pero que si eso no sucede (al menos tres están confirmadas, y una estrena esta misma semana: Badur Hogar), deberían esperarse o rastrearse en cualquier tipo de plataforma. Lo bueno es saber que existen, y están por ahí para verlas hoy o cuando toque.

Tres europeas, dos asiáticas, una norteamericana y tres latinoamericanas, entre ellas una argentina. Tres documentales y siete ficciones, entre ellas dos musicales, dos comedias, una de ciencia ficción y dos biopics. Todas dejan en claro una sola cosa: al cine no le importan las crisis.

L’ÎLE AU TRÉSOR

Quintín dijo en el catálogo que probablemente ésta era la película más placentera de todo el festival. Tenía razón, pero se quedó corto: seguramente también sea la mejor. Ok, “mejor” es demasiado subjetivo, y aún se sigue discutiendo qué es una obra maestra (o, si prefieren, una película perfecta), algo difícil de explicar pero fácil de comprobar: solo hace falta ver esta película para tener la certeza de estar frente a ello. Pero ante todo, dejarse llevar por el placer. Uno que está presente en cada fotograma, escena o diálogo, pero que a la vez es un todo inasible, imposible de señalar ni mucho menos contar: se trata de esas pocas veces donde el cine parece recién inventado.

Como si Renoir y Depardon se unieran para filmar un balneario parisino y un Linklater les guionara un par de escenas, L´île au trésor despliega los encantos etéreos de otras obras veraniegas como Aquel querido mes de agosto (esas películas que uno sigue extrañando en los festivales). Pieces of cake suprema, esta isla fílmica de tesoro(s) documental -aunque uno no lo crea- no tiene “argumento”, prueba de que se puede maravillar sin ese mero recurso; más bien una serie de viñetas encantadoras donde observamos a algunos de los veraneantes -jóvenes y adultos- durante un par de días. El verano -ese tiempo detenido y transitorio a la vez-, sus amores o flirteos, sus encuentros y sus juegos nos envuelven como un líquido amniótico hecho de cine que nos recuerda esas vacaciones obligadas y/o gasoleras en nuestros lugares de origen.

Una película que, como la época estival, queremos que dure por siempre, pero que ante esa imposibilidad será, como aquellos veranos, atesorada por siempre en la memoria.

L´île au trésor representa un escape del ruido citadino, pero también del cine que nos llega.

Una película -volviendo a Quintín- que vale un BAFICI entero, y posiblemente también un año todo. Si no se consigue, habrá que atracar la embajada francesa. Y si el gran cine no es esto, yo ya no sé lo que es.

SWING KIDS

Esplendorosa. No hay otra palabra para definir a este musical ambientado en plena guerra de Corea, más precisamente en el campo de prisioneros de Geoje, donde convivían (realmente) coreanos del norte, chinos y sus captores yanquis. Si hay algo que define al musical clásico es su felicidad “pese a todo”, su derribar barreras sociales, ideológicas y políticas a través de la música y el baile. Y vaya si lo ha logrado: este espécimen de Corea del Sur no solo le rinde homenaje sino que supera por lejos a todo musical hecho por Hollywood en lo que va del milenio (exceptuando tal vez a La La Land). En este caso no en su vertiente cantada sino coreográfica, con música siempre diegética (salvo el “Modern Love”, de Bowie, la mejor escena de la película). Y en un marco histórico -la época de oro del musical de Broadway- donde todavia no había llegado la hecatombe Gangnam Style, y tanto la fraternidad a través del arte como el escapismo a través del swing y el tap eran más sinceras y probables que “virales”. El imperativo “Sing Sing Sing”, de Benny Goodman, pega con la fuerza de mil Jack Whites, y no porque se lo reversione a lo Moulin Rouge, sino por la potencia del relato y la puesta en escena que lo contienen. Como en la reseñada We are Little Zombies, cuatro personajes estupendos (un negro, una mujer y tres asiáticos: anoten, Academia) hacen el resto.

En Swing Kids, el arte elegido para ser representado nunca fue tan coherente con lo que produce en quien lo ve: es una forma de tap -involuntaria, primitiva- lo que hacemos con los pies mientras miramos esta felicidad hecha película.

“Fuck ideology”: quienes hayan tenido la suerte de verla recordarán esta frase como un mantra.

WE ARE LITTLE ZOMBIES

La película que debió ganar la competencia internacional. ¿Por qué? Porque si hay algo con lo que el festival -y sus buenos programadores- ha insistido es con las películas “de crecimiento” (que incluso poseen una sección propia), a veces con razón y muchas otras con bastante repetición.

We are Little Zombies subvierte y supera el género con la fuerza de un tsunami japonés que arrastra cine, música y videogame bien entendido (en formato Gameboy 80, pero sin ánimo vintage, o que incluso colabora en la puesta en escena), para desembocar en algo así como una cruza entre su coterránea Linda linda linda y Escuela de rock. Y también con unos niños tristes y sobreestimulados que superan a cualquiera de los de Wes Anderson. Especialmente porque los adorables integrantes de este cuarteto inolvidable son apáticos y grandes a la fuerza no porque sí, sino porque han quedado huérfanos y se conocen ni más ni menos que en el funeral de sus padres (sí, de los cuatro), para luego transmutar esa furia y esa tristeza en una banda de pop que se “viralizará”, signo de los tiempos, de manera tan efervescente como desmedida. Lo que se viraliza también es la felicidad, en formato de un humor negro infinito, flashbacks brillantes y una fuerza narrativa (de ideas visuales, de montaje) que haría sonrojar al mismísimo Edgar Wright. We are Little Zombies es una película-refugio para escapar de todos los males de este mundo. Y de haber triunfado, la competencia oficial del festival también hubiera tenido su bienvenido y ansiado crecimiento.

Advertencia: la canción del título no se va de la cabeza por una semana.

BADUR HOGAR

Es una pena que Rodrigo Moscoso haya estado 18 años sin filmar, porque nos hemos perdido grandes películas. Como prueba tenemos la mejor comedia romántica argentina que recuerde, una de las comedias a secas más redondas en años (no sólo de acá), y una de las mejores obras de nuestra industria toda. Sí, las comedias también son cine, y cuando funcionan de manera tan inmejorable también son películas perfectas.

Acá no hay chistes memorables ni one liners brillantes, sino algo mucho más difícil: el tan mentado (y clásico) tono perfecto, ese que nos conquista a los 5 minutos y no nos larga más, manteniéndonos con una media sonrisa en la cara (o sea, la felicidad) y logrando que cada diálogo, expresión o situación nos resulten hilarantes e inéditos. Badur Hogar se nutre de lo mejor de la ya casi extinta Nueva Comedia Americana, y entiende -como la estupenda Voley– estos this is 30 fuera de la corriente abúlica y snob tipo FUC. O sea, es más Apatow que apática.

También sabe que el humor no significa prescindir de la crítica o de temas sesudos que supuestamente pertenecen a otros géneros. Así podemos ver las contradicciones de clase de una Salta pudiente, o incluso se atreve a plantear dos grandes misterios relativos a la salud y el dinero (este último resuelto con una patada a la nostalgia vintage a lo Campanella), para llevarnos de la mano hacia la parte más importante del trinomio: el amor. O cuyo tema mayor es un elogio a los “quedados”, esos seres supuestamente pasivos que quienes han tenido un mínimo logro señalan al volver (al barrio, a la ciudad) como si la existencia realmente se tratase de El Juego de la Vida.

Una película tan encantadora como esos queridos locales del interior -como el de aquí- que terminaban su nombre con la palabra “hogar”. Y esta es realmente una película-hogar, un refugio contra el cinismo más rancio.

¿Será Moscoso un quedado para otros cineastas más “exitosos” que estrenan una película pobre pero convocante cada 2 años? Si es así, el director ha tenido su hermosa revancha.

MONOS

Estetizar no es necesariamente banalizar, y vaya si lo entiende una película que convierte -al fin, y a la vez- al miserabilismo revolucionario for export en goce y belleza en clave Malick, o al militarismo absurdo en coreografía corporal de inusual poesía, sin que eso le quite agudeza a la hora de observar dichos asuntos.

La naturaleza imponente de la selva es bifurcada con gracia por los jóvenes y espartanos cuerpos de los personajes (que parecen salidos de un País de Nunca Jamás concebido por Matías Piñeiro), conformando un todo tan puro como efímero, o al menos muy pronto a estallar en cada plano. El homo sapiens -el mono- ya no está hecho para vivir en (y de) ella, y esa imposibilidad, junto con la lucha y sus contradicciones irrumpen con la fuerza y la tosquedad de esa estructura de cemento que los cobija.

Ese animal llamado hombre, especialmente en su estado neófito y libertario, no nació para vivir alienado o seguir órdenes, por más nobles que éstas sean. Por eso los jóvenes -los alfa, pero también el resto de la manada- se van adueñando de los planos, de la película y de todo, en un espiral salvaje impregnado por la imposibilidad del adoctrinamiento o la domesticación. O tal vez, simplemente como metáfora histórica de las cíclicas y desvaídas dictaduras de nuestra castigada región.

Monos es una película atípica en ambición, en potencia y en exuberancia que da una inyección adrenalínica de calidad al cine latinoamericano. Y por eso mismo, una de esas que generan rezongos o indiferencias entre los críticos más conservadores (la mayoría). No los escuchen. Sí escuchen la banda sonora, que ganó el premio del festival. Pero junto a esas imágenes, claro.

DIVINO AMOR

Esta ingeniosa e hipnótica distopía brasileña se asemeja a Monos en su bienvenido intento de trascender la temática festivalera o de exportación (en este caso, ni más ni menos que la política, la religión y el sexo del subdesarrollo) para elaborar una fábula repleta de imaginación, casi un capítulo latino de Black Mirror, Bolsonaro de por medio, que se arriesga -no hay otra palabra- a predecir un Brasil de 2027 sin zombies literales pero sí con criaturas que deambulan sin chistar, casi voluntariamente, en una cosmogonía evangélica que se ha adueñado de todo, Incluso del carnaval (al que se ha reemplazado por orgiásticas fiestas electrónicas), pero sobre todo de una burocracia que haría palidecer a la mismísima Blade Runner o, más adecuadamente, Brazil. Bueno, la verdad es que la película entera podría hacer palidecer a muchas otras sci-fi actuales, sencillamente porque es superior en todos los rubros y con mucho menos barullo.

La fe es representada como filosofía y como ordenamiento social, donde la institución familiar es ama y también esclava, y la ausencia de ella puede ser tan aterradora como un par de colmillos en el cogote.

Esto, que puede sonar grave y solemne, es tratado con tanta elegancia -neones wongkarwaianos y electropop mediante-, sumado a no pocas risas ni cavilaciones acertadas, que se disfruta de manera encantadoramente clásica.

El plano final (como el de As boas maneiras, del BAFICI anterior, otra irrupción brasileña fenomenal en el fantástico) es menos explícito que el de esta última, pero dejará pensando por horas.

Una película que se anima al género, a la voz en off, a todos los pecados que los manuales modernos y festivaleros condenan: la originalidad y la fuerza siempre estará en transgredir los mandamientos que el mismo arte (o su crítica) le impone. Divino Amor es, por sobre todas las cosas, un acto de fe.

LORO

Nueva moda entre los críticos snobs: tildar a Sorrentino de falso “nuevo Fellini” (quiero ese apodo ya), de publicitario, superficial o grasa. Si todo eso fuese cierto (lo dudo), la cosa es que le calza a la perfección a este retrato de Berlusconi y su entorno grotesco. Las formas del napolitano -nacidas en una Italia de paparazzis- encuentran su fondo supremo.

Si hay algo que el cine de Sorrentino sí es, eso es seductor, algo que también se amolda a este desvergonzado -otro rasgo/virtud del director- picaflor de jóvenes y masas, y que nutre de punta a punta a todo el film, contagiando hasta el más pacato. En suma, una película oportuna que desde las virtudes -e incluso desde sus supuestos defectos- está lista para sacudirnos de lo lindo.

Pero Loro no busca lo apologético; sí transmitir el magnetismo y la hiperbólica figura del sujeto retratado -y, repetimos, de la sociedad que lo parió y cobija- sin juzgarlo jamás, algo que consigue con un cine colmado de éxtasis (también de manera literal). E incluso permitiéndose el gesto de humanizarlo: la escena en la que el ex premier llama a una desconocida para mostrarse y mostrarnos sus dotes como vendedor es magnífica.

Todo esto, sumado al extraordinario Toni Servilio, convierte a Loro en una fiesta impura de tres horas, una que consecuentemente incluye el fin de esa fiesta y sus resacas culposas. Una donde la seducción audiovisual está por encima de cualquier atisbo moralizante y tribunero. Un placer culposo que se parece más a las gansteriles de Scorsese (incluyendo a El Lobo de Wall Street) que a toda estampita-panfleto sobre políticos (anti o pro, lo mismo da) que se arrastra por ahí. Después de todo, el director tan solo comprendió que estos payasos jokerianos no son más que embaucadores con innegable encanto cinéfilo a los que compró medio país, y nos invita de colados de lujo a una juerga en su casa.

De lo único que se puede culpar al pobre Sorrentino es de tener la fortuna de haber nacido bajo el ala de un personaje servido en bandeja a su estilo. ¿O será al revés?

LETO

Leto es una hermosa y transparente anacronía que narra -con fulgurante blanco y negro, como corresponde- un nacimiento obligadamente tardío: el del rock ruso, a principios de los 80. Debería decir del new wave ruso, porque el rock entre comillas (clandestino hasta entonces) existía ya, pero lo que es parido aquí es la esencia del rock: los shows, los fans, las groupies, y sobre todo una movida absolutamente contracultural. En la Rusia de 1981 todo esto era más pecaminoso que lo de Elvis en el ‘55, simplemente porque Elvis no cantaba canciones comunistas…

Con una energía puesta en escena(rio) y una propuesta estética que recuerda a Todd Haynes (especialmente al Dylan de Blanchett), Leto narra la génesis de la mítica banda Kino, símbolo de esa década de oro, que amaba la música “capitalista” como Bowie, Blondie o Lou Reed. Como en la Swing Kids de arriba, la música derriba toda barrera y aúna pese a todo, incluso entre los tres protagonistas principales, que forman un triángulo (isósceles) romántico en nombre de ese amor mayor llamado rock. Lo bueno es que, más allá de las graciosas -por no decir absurdas- escenas que muestran, por ejemplo, las prohibiciones para “moverse” durante un show, no pinta con trazo grueso a esa dictadura. Leto celebra la música y no es una balada para lloriquear sino una hermosa canción para bailar o romperlo todo. Gran muestra de ello -que pueden googlear- es la mejor versión de “Psycho Killer” jamás filmada, que se rebela autoconsciente de la ficción y juega con una estética rota por la animación, anunciando un sistema a punto de resquebrajarse por completo.

En suma, una biopic musical de esas que el enemigo yanqui ya no hace, repleta de sensualidad y ganas de habitarla, resignificando un subgénero acostumbrado a uno o dos acordes monótonos en formato Wikipedia. Véanla y escúchenla. Serán más felices.

BREAKING NEWS

Si hay un estilo de película que satura los festivales, ése es el de las ficciones que aparentan ser documentales. Esta obra checa hace exactamente lo inverso, y es de lo mejor que se le puede pedir a un documental: que más allá de su representación verista de los hechos, estos sean narrados con amor genérico, clásico y pertinente con la profesión que retrata; en este caso la periodística, dueña de un par de anaqueles ilustres de ficciones que han honrado dicho oficio (sus biopics setentosas están aquí siempre presentes). Eso la convierte en una película atrapante y apasionante, pero además universal.

Una vez establecidas las coordenadas genéricas, el conflicto, planteado sin flashbacks ni explicaciones innecesarias, es simple y directo al mentón: el actual presidente checo le anunciará a su círculo íntimo, a lo largo de la jornada, si va por la reelección o no. Los grandes medios de ese país quieren tener la primicia, solo que no pueden ingresar al sitio del anuncio. O si…

El villano es el tiempo, ese malandrín que a la vez es gran aliado del cine. Del resto se encargan nobles y múltiples personajes, y un montaje vibrante que nos sumerge en el verdadero corazón del periodismo (la primicia), en un ajedrez cinematográfico y adrenalínico que no vemos ni en el mainstream de acción actual. Sabedora de su tema, Breaking news jamás adopta la abulia o distancia observacional que suele abundar en los documentales sobre oficios. Al contrario: el desarrollo de intriga(s), sus sujetos y su humor nos posiciona bien adentro de esas redacciones. Y sobre todo, con un suspenso tan descomunal como agotador. Cuando termina, a pura épica propia de una de astronautas, uno sencillamente no puede creer que mañana esa gente deberá volver a hacer lo mismo con otra noticia, sintiéndose tan cansado como si hubiera visto siete temporadas de la serie más tensa y agobiante. Y bueno, la magia del cine ha logrado que uno haya hecho precisamente eso, sólo que en 90 minutos.

WHAT SHE SAID, THE ART OF PAULINE KAEL

Última, pero necesaria para entender a las otras 9. O tal vez su existencia.

Aunque empezó “tarde” (a los 34), entre los ‘60 y 2000, Kael escribió doce libros y 11 mil reseñas, y cambió la crítica de cine para siempre. Pero mucho más importante: ayudó a cambiar el cine. Entre otras cosas, dudando del autorismo, defendiendo las “películas basura” y sobre todo, desafiando -a través de las películas que encumbraba- al pacato público (crítico y espectador) americano, en una quijotada político-social: Kael sostenía que éstos sentían culpa ante el placer del arte, y ensalzó a los directores que se animaron a sacudir esa modorra (Scorsese, De Palma, Coppola, el primer Spielberg), contribuyendo a la creación del fabuloso Nuevo Hollywood. Y todo a través de un verdadero estilo (mordaz y honesto pero sumamente imaginativo) que terminó de configurar a la crítica de arte como un arte per se (de ahí el título de la película). Kael ayudó a hacer un cine mejor (tipos como Tarantino y Wes Anderson forjaron su estilo leyéndola), y varias de estas películas son nietas involuntarias de su obra y legado. Su documental es bastante convencional y la misma Kael lo hubiera amonestado, pero si solo presentara placas con texto también estaría aquí. Por suerte todo lo que ella dice está acompañado por hermosas imágenes de las películas amadas u odiadas, y con eso es suficiente.

¿Querían feminismo bien entendido? ¿Querían una dama que en vez de lamentarse conquistó un mundo en base a agudeza y además hizo trizas a todo hombre que se le cruzó? Acá lo tienen. Y a propósito: años antes de que la corrección política infestara el arte y su análisis, Kael deploró el hecho de confundir las causas nobles con las obras que las trataran.

Dicho todo esto, y no sin cierta envidia a la doña: todas las palabras de esta larga nota no formarán ni un asistente de dirección de segundo orden, pero quien vea al menos una de estas diez películas será un espectador más feliz. Y con eso estamos hechos.

 © Leonardo Gutiérrez, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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