12.04.19
[21] BAFICI _ Festivales

[21] BAFICI | Crítica: Aniara, por Guido Pellegrini

(Suecia, 2018)

Guion, dirección: Pella Kågerman, Hugo Lilja. Elenco: Emelie Jonsson, Arvin Kananian, Bianca Cruzeiro, Anneli Martini.Fotografía: Sophie Winqvist Loggins. Edición: Björn Kessler, Michal Leszczylowski, Pella Kågerman. Producción: Annika Rogell. Duración: 106 minutos.

La ciencia ficción en el cine tiene un gran problema: cuesta demasiado. Hay que generar todo un mundo, con sus escenarios, efectos digitales y máquinas futuristas. Y para justificar los valores de producción, en la mayoría de los casos se apunta a un público masivo y se apuesta por la aventura y la espectacularidad. Pero si nos acercamos al género desde una perspectiva más amplia, que abarca tanto películas de culto como clásicos literarios, entendemos que la mejor ciencia ficción, en realidad, es otra cosa. Puede incluir una cuota de acción y adrenalina, sin duda, pero lo más importante es que aproveche el contexto y las herramientas del género —la especulación sobre el avance tecnológico y sociedades futuras— para plantearse preguntas sobre política, cultura, espiritualidad y filosofía.

Aniara, de Pella Kågerman y Hugo Lilja, es la historia de un barco a la deriva, aunque el mar es el espacio infinito y el barco, una nave-ciudad que transporta colonos a Marte. La Tierra se ha vuelto inhóspita, destruida por el calentamiento global, la radiación solar y los desastres naturales, y la civilización ha iniciado una progresiva migración hacia nuestro vecino rojo. No se trata de un éxodo emprendido a las apuradas. Todo el proceso está institucionalizado e incluso comercializado. Las naves que trasladan a los emigrantes son como aeropuertos gigantes. Hay restoranes, un anfiteatro, un arcade retro, un boliche y una sala donde una inteligencia artificial, Mima, penetra en los recuerdos de las personas, las mezcla con imágenes idílicas de una Tierra impoluta y natural, y produce sueños placenteros.

La nave-ciudad es, para usar un término acuñado por el antropólogo Marc Augé, un no-lugar. Su principal función es servir de puente entre la Tierra y Marte durante tres semanas. No está pensada para que sus tripulantes sienten raíces y construyan la Historia con mayúsculas. Pero un accidente convierte a este no-lugar en el único lugar posible. Un puñado de basura espacial colisiona con el motor nuclear, que es desechado para evitar una explosión, y la nave se desvía de su camino sin que exista manera de corregir el rumbo. Al principio, el capitán de la nave promete que, en dos años, podrán usar el campo gravitatorio de algún planeta o satélite para revertir su trayectoria. Pero es una mentira que encubre lo inevitable: seguirán a la deriva para siempre. Sustento y oxígeno no les faltará, gracias a la granja de algas que hay abordo. Y deberán hacer de la nave su nuevo hogar, lejos del resto de la humanidad.

Basada en un poema del sueco Harry Martinson, ganador del Premio Nobel en 1974, Aniara pone el foco en lo emocional, psicológico y existencial, y le resta importancia al suspenso. Gran parte de lo ocurre es presentado como inevitable. Los personajes, a regañadientes, intentan formular objetivos y razones para seguir viviendo. Pero no son pocos quienes consideran que la nave es un sarcófago y prefieren el suicidio antes que enfrentar una noche eterna. Otros se vuelven adictos a las fantasías de Mima, que eventualmente empieza a funcionar mal, desbordada por las penas de sus usuarios. Y también surge un culto a la fertilidad, que mezcla orgías y oraciones a la luz estelar.

A pesar de su fuente poética, lo que le falta a Aniara es poesía. Los puntos más altos de la ciencia ficción cinematográfica utilizan cada rincón del encuadre no sólo para mostrarnos el futuro sino también para evocarlo: la megalópolis triste de Blade Runner, corroída por la lluvia ácida; la estación espacial inmaculada de 2001, girando como un topo ridículo; el campo irradiado de Stalker, que convierte lo terrenal en algo extraterrestre; los edificios vacíos de Morning Patrol, en los que sólo permanecen las memorias de ciudadanos ausentes; la París irreconocible de Alphaville, donde el futuro ya llegó. Aniara no sabe bien qué hacer con sus escenarios. La cámara se limita a mostrar primeros planos o planos medios y seguir los diálogos. Hay algunos planos generales, pero son cortos y prácticos. Es una falla importante, porque la agonía de los personajes es una respuesta a su entorno, a la frialdad de la nave-ciudad y el fondo de estrellas que los rodea.

Por su poca ambición estética, la película a veces parece una producción televisiva de hace veinte o treinta años. Y como lo prueban algunos de los ejemplos recién enumerados, la falta de presupuesto no es excusa. Se trata da una falta de imaginación que se extiende también al guión. Kågerman y Lilja nos muestran los dioramas soñados de Mima y las procesiones grotescas del culto religioso; subrayan las sucesivas muertes de los protagonistas, el nacimiento de un bebé concebido abordo y la creciente decadencia de la nave. Podríamos esperar que la película se explaye sobre teología y atavismo; sobre arte, ficción y fantasía; sobre la crueldad y el amor del que todos somos capaces. Y en parte, lo intenta: aborda cada punto, aunque luego lo deja atrás. La estructura episódica y elíptica de su narración —dividida en capítulos que atraviesan meses, años y décadas— le juega una mala pasada. Es como si cada reflexión quedara trunca, sin desarrollar. Insinúa más de lo que profundiza. Lo que llega a plasmarse en la pantalla está bien, pero había potencial para más.

 

 

© Guido Pellegrini, 2019 | @beaucine

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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