06.04.19
[21] BAFICI _ Festivales

[21] BAFICI | Crítica: Familia, por Diego Maté

(Argentina, 2018)

Guion, dirección, producción: Edgardo Castro. Elenco: Alicia Mabel Pepa, Edgardo Castro, Magda Castro, Félix Agustín Castro. Duración: 97 minutos.

Until a quarter-to-ten

I saw the strain creep in

He seems distracted and I know just what is gonna happen next

Before his first step…he is off again

“Off he Goes”, Pearl Jam

 

Todos preguntándonos qué cosa haría Edgardo Castro después de La noche: cómo filmar después de semejante explosión. Y qué filmar. Castro responde -y uno se lo puede imaginar sereno, inconmovible-: haciendo una película que sea el reverso exacto de la otra. Si La noche descubría un mundo, Familia en cambio se mueve por un universo bien conocido, cercano para cualquiera: las orgías lánguidas y prolongadas en lugares marginales se transforman en cenas e intercambios con padres y hermanos; la sordidez se transmuta en calidez. O algo así, porque que las dos películas puedan ser vistas como opuestos no significa que estén incomunicadas. Familia empieza con el viaje de Castro hacia una localidad del interior. Uno espera que el viaje sea apenas un prólogo breve, pero el director impone un tiempo que se hace sentir en cada etapa del trayecto. Una en especial parece reveladora: Castro (nada hace pensar que se trata de un personaje) cena en un parador de la ruta. Se pide una botella de vino que toma de a poco, con hielo, y alterna la comida con la lectura y el envío de mensajes en el celular. Es de noche, el tipo está afuera y desde el off llegan toda clase de ruidos y voces típicos de un espacio de tránsito. La soledad de Castro, la naturalidad casi mecánica de sus movimientos, la sensación de aislamiento en la multitud, todo hace acordar a La noche y a esa intemperie asordinada que corroía a los personajes y los empujaba a buscar formas de cobijo, las que se pudiera, junto a otros. Entonces tenemos dos películas posiblemente opuestas pero que dialogan y trafican códigos, que hablan una lengua común y hasta comparten un tema: el de la deriva de seres más o menos desamparados.

El viaje es largo. Castro para comer, dormir en un hotel, cargar nafta y prender una vela en un santuario del Gauchito Gil. Todo esto lo hace con el misma aire lacónico del protagonista de La noche: el hombre mira ojeroso hacia fuera del plano y es como si no observara nada, como si se midiera con alguna especie de vacío. El tono hace acordar a una de las escenas más impresionantes de La noche, que justamente no transcurría en ningún telo: cuando Castro se despertaba ya tarde y, para no perder tiempo cenando, sacaba unos tirabuzones de la heladera, les ponía un poco de aceite y comía directamente del tupper. El minimalismo de la puesta y la naturalidad de Castro le imprimían al momento un aire de desolación como no recuerdo haber visto en el cine argentino.

Cuando Castro llega a la casa y se reencuentra con los padres y con la hermana nada cambia: no importa si se trata de cocinar, sentarse a comer, mirar televisión o cambiarse el boxer, todo es realizado con los mismos gestos automáticos, como si fuera otro el que ejecutara cada movimiento. La familia, por su parte, conforma un sistema que se rige también por impulsos repetitivos: la hermana cumple con sus tareas casi sin hablar, la madre se refugia del mundo en su celular con videojuegos, el padre tiene la excusa de la sordera para retirarse de cualquier  eventual conversación. Así y todo, la película encuentra breves estallidos de cariño donde los personajes se reúnen y comparten algo, como cuando Castro, la madre y la hermana se tiran en sillones a ver una telenovela turca y comentan la trama: el relato, la moral de los personajes, cualquier cosa se vuelve el pretexto para hablar y hacer preguntas, como si se tratara de borrar de un plumazo siglos de silencio y de distancia.

La escena final transcurre en la cena de Navidad. Los Castro van a la casa de un familiar y la película introduce un verdadero contingente que rompe el tono elaborado hasta el momento. Llaman la atención en especial dos parientes bastante corpulentos, sobre todo uno de ellos, que parece el anfitrión y una persona de acción, que se pasa la noche haciendo llamados y tomando decisiones a pesar de estar en una silla de ruedas. El amontonamiento de gente, voces y objetos se vuelve algo así como una prueba de fuego para los Castros, en particular para Edgardo, que debe adaptarse a un clima nuevo. 

Llegados a este punto, conviene explicar que Familia no es un documental de observación de esos que se inmiscuyen en un espacio y hacen sentir su presencia. La apuesta de la película, al contrario, es penetrar en la intimidad de los Castro con recursos de la ficción: muchas escenas están visiblemente construidas, como las charlas del desayuno, que transcurren en una cocina muy chiquita y el montaje alterna entre ángulos que no pudieron tomarse sin cambiar la cámara de lugar, o el gag en el que el hijo abre la puerta del baño y sorprende a la madre sentada en el inodoro. La película no trata de ocultar esto, al contrario, parece decirlo más o menos abiertamente: la cámara se interpone entre los retratados, les hace primeros planos y planos de conjunto, siempre fijos, diseñados; la planificación es fuerte, como la de una película de ficción.

El caso es que la película sostiene ese sistema de puesta en escena en todo momento, al menos hasta el final: cuando la cena se vuelve muy caótica, la cámara opta por replegarse sobre los Castro, hasta que llegan los festejos y todos salen afuera a ver y escuchar los cohetes. Se trata de una extraña comunión en la que todos ríen, hablan y parecen plenos (salvo por el padre, que después del brindis se recluye nuevamente en la habitación y el sueño). Todos lucen un raro brillo, las sonrisas circulan ampliamente, Castro ayuda a entrar al pariente de la silla y los dos se matan de risa. El momento dura poco, sin embargo: una vez adentro, Castro se levanta de la mesa y se va a fumar a la calle; una vez afuera, se le nota la misma mirada lanzada hacia ninguna parte que antes, la misma expresión ausente, de nuevo el cuerpo que parece moverse solo, adelantársele. Ve pasar a una persona distraídamente, puede estar pensando en procurarse compañía, tal vez recuerda a alguien (¿de La noche?): no sabemos. Castro gira y sale del plano: la cámara no trata de seguirlo, lo libera para que vaya a buscar lo que quiera, lo que pueda, y se queda filmando la calle.   

 

 

© Diego Maté, 2019 | @diegomateyo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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