13.04.19
[21] BAFICI _ Festivales

[21] BAFICI | Crítica: Selfie, por Leonardo Guitiérrez

(Italia, Francia, 2018)

Guión y dirección: Agostino Ferrente. Elenco: Alessandro Antonelli, Pietro Orlando. Producción: Marc Berdugo, Barbara Conforti, Fabrice Puchault, Anne Charbonnel, Gianfilippo Pedote. Duración: 76 minutos.

Per il mio amico Alessio

“Nápoles es un paseo por los callejones entre la gente. Nápoles es todo un sueño y la conoce todo el mundo, pero no saben la verdad”, cantaba -en la bellísima “Napule é”- el gran Pino Daniele (ese spinetteano trovatore que junto a San Gennaro y al Diego conforman la santa trinidad de Nápoles).

Vaya si lo sabrá el director Agostino Ferrente -consciente de que, aun siendo italiano, él mismo es un forastero de la Apulia-, que en lugar de apostar al registro directo y el reportaje guiado, es decir la convencionalidad, decide dejarles un Iphone a los protagonistas (Alessandro y Pietro, dos chicos inolvidables) para que ellos mismos nos hablen sobre el gran tema del film, y al mismo tiempo filmen, y vivan, y digan absolutamente lo que se les ocurra.

No se trata de un simple gesto o demagogia a la moda, sino entender -y aceptar- cómo y dónde expresa hoy un teen sus pesares y alegrías. Peor también es la mirada más generosa posible: aquella que deja que los protagonistas sean esa mirada y que a la vez la dirijan, la “actúen” y la escriban sin escribir. Una selfie (en este caso video selfie) sin filtros, tanto los estéticos y artificiales como los que impone la edición mediática periodística dominante.

El tema antedicho es la (dura) vida en Rione Traiano, uno de los barrios más peligrosos de la ya de por sí amenazante Nápoles. El disparador (literal) es el asesinato a sangre fría, por parte de un policía que lo “confundió” con un sospechoso, de Davide Bifolco, joven de 15 años amigo de ambos.

 Si uno tiene la doble bendición de haber estado en Napoles y haber hecho un amigo napolitano, sabrá que para ellos es algo más que sagrado, y que la pasión con la que un “hermano” de la Campania expresa su afecto para con un amigo de su mismo sexo haría sonrojar hasta al porteño más efusivo. La amistad es sacra como casi todo en la ciudad, y vaya si lo demuestra este dúo que no puede guionarse.

Alessandro y Pietro tienen 16 años, pero son bastante diferentes: uno es flaco y “con onda”; el otro pesa 120 kilos y teme no conseguir novia jamás. Uno trabaja y el otro no. Pero lo más sustancial: uno quiere ser un hombre de bien, no meterse en cosas raras; el otro aún mantiene algunas amistades peligrosas. Juntos (eso es lo importante) conforman una suerte de Terence Hill y Bud Spencer (no sólo por la delgadez y la gordura; también por las risas y la violencia) de la Italia más ignorada, de los terroni. Los une el barrio y el amigo muerto, dos cosas más que suficientes para un napolitano, pero los aúna una amistad a prueba de balas (y la frase es más que pertinente). Alessandro y Pietro son también una perfecta síntesis de lo que- se nos cuenta- es Nápoles: una suma nada matemática de afectos fraternales, efusividad y sobre todo humor en medio del caos.

Las versiones y lamentos sobre el caso Bifolco se alternan con momentos diarios que los protagonistas/co-directores filman por separado o juntos, o los testimonios sobre el barrio que dan otros jóvenes (siempre ellos; los adultos no tienen voz en la obra), verdaderos pieces of cakes de sabores dulces y amargos, pero sobre todo de un agridulce difícil de conseguir. Es en esa frontera de ánimos o deseos opuestos donde la película encuentra su mayor virtud: los momentos duros se alternan con ese maravilloso humor negro que suelen tener los italianos del sur en general, y Alessandro y Pietro.

Algunos quieren, pese a todo, quedarse en el barrio, y otros escapar apenas la eterna falta de oportunidades se los permita, pero en el fondo todos transmiten la cuasi certeza del sino trágico de los millenials de esas cuadras duras: morir por una bala, ya sea merecida (como los vendedores de droga) o perdida (como Davide).

Pese a todo también, la esperanza asoma, a veces fulgurante, de la mano de las ocurrencias del dúo, pero sobre todo de esa amicizia incondicional -blindada por el humor y el amor-, permitiéndonos gozar por momentos de una suerte de Supercool napolitana que funciona como un oasis dentro de Rione Traiano, pero también dentro del cine de autoregistro que pulula en cada festival.

Esta película debería ganar la competencia de DDHH, pero es probable que dicho galardón caiga en manos de obras/latitudes mucho más “urgentes”, como Oriente Medio, Asia o Centroamérica. Sucede que Nápoles, como también canta Daniele y nos repiten sus habitantes en Selfie, “no le importa a nadie”.

 

 

© Leonardo Gutiérrez, 2019 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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