08.04.19
[21] BAFICI _ Festivales

[21] BAFICI | Crítica: Las facultades, por Diego Maté

(Argentina, 2019)

Guion, dirección: Eloisa Solaas. Duración: 82 minutos.

Las facultades es un documental de su época. La película está armada como una secuencia de fragmentos que giran en torno de una misma escena, la de la evaluación, con un alumno que trata de responder a los requerimientos de un profesor. Se trata de momentos de gran tensión que condensan tiempo y esfuerzo, de cursada y de estudio: cada pregunta abre un abismo que el evaluado supera como puede, a veces a los tumbos, no siempre de la mejor manera. Los planos son abiertos y capturan las respuestas de los alumnos, pero también sus nervios, los gestos con los que intentan completar algo que no alcanzan a decir, la atención expectante que dedican a cada nueva pregunta. El sistema estético se reitera pero está abierto a un sinfín de variaciones: dependiendo de la facultad y de la carrera cambian el espacio, los materiales, las preguntas o la forma de evaluar (la más potente de todas, la más cinematográfica, seguramente sea la del final de abogacía, en el que dos grupos de alumnos asumen los roles de la fiscalía y de la defensa como si estuvieran en un juicio).

Así es que se vuelve evidente un anacronismo muy bello: la manera en la que la película recoge los exámenes, que incluyen el despliegue de conocimientos de alumnos y de maestros, hace pensar en una suerte de galería científica o de inventario de saberes; un dispositivo contemporáneo que recrea una búsqueda enciclopédica de algún siglo anterior.  En la película se escucha hablar de filosofía medieval, sociología, botánica, derecho penal, diseño, teoría de cine, anatomía, etc. La seguidilla de los temas hace pensar en un muestrario elemental de las áreas de conocimiento del presente. Cada examen funciona como el umbral que permite asomarse a un universo especializado con sus reglas y sus lugares propios: las paredes frías de la sala con miembros falsos dispuestos sobre mesas metálicas donde se evalúa anatomía no podría ser más diferente de la enorme habitación con muebles de madera en la que se rinde botánica. La sumatoria instaura un efecto lúdico que hace pensar en una especie de gabinete de curiosidades científica y, en un mismo movimiento, cancela cualquier posible solemnidad académica.

El dispositivo diseñado por Eloísa Solaas proporciona una gran plasticidad y la película fluye sin perder en ningún momento el interés. Pero en el final la directora introduce un cambio: la última escena transcurre en una clase  de economía. Un profesor habla y explica que no existe un verdadero Nobel de Economía, que el premio fue inventado por corporaciones para difundir el pensamiento ortodoxo; que los economistas heterodoxos (como él) carecen de ese poder discursivo; que la ortodoxia logró instalarse como sentido común excluyente que ellos (los alumnos) deben derribar. La situación es distinta a la del examen: ya no asistimos al momento de la prueba, circunscripto al alumno y el profesor; ahora somos incorporados en la escena. La cámara se ubica entre los alumnos y transforma al espectador en un destinatario más de lo que allí se enseña. Cualquiera que se haya sumergido en el fascinante recorrido anterior no puede evitar sentir la brusquedad del cambio: primero espectadores de los mecanismos institucionales de evaluación, la película nos coloca ahora en el lugar de alumnos a los que se les imparte una lección. El momento no ocupa un lugar semejante a los otros, sino que tiene una clave meta. Se entiende que la aparición de la clase y del tema funcionan como un comentario sobre lo ya visto, y cuyo sentido seguramente pueda resumirse así: el trabajo de las instituciones filmadas queda sujeto a la implementación de un modelo económico heterodoxo.  La afirmación puede o no ser correcta: no lo sabemos porque la película no desarrolla la idea, no brinda argumentos; el momento llega sobre el final y a las apuradas, como si se nos pidiera que aceptemos una tesis sin ofrecer fundamentos ni explicaciones, sin tratar de convencernos. Pero la irrupción de ese tono pedagógico del final no empaña en nada el trayecto por los juegos del saber por el que Las facultades nos condujo gozosamente hasta hace apenas unos minutos.  

calificacion_4

 

 

© Diego Maté, 2019 | @diegomateyo

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