19.11.17
32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Críticas 3

Columbus, de Kogonada (Estados Unidos, 2017 – Competencia Internacional), por Alejandro Turdó

Sobre deber, querer y soltar

El largometraje debut de Kogonada, un cinéfilo análitico proveniente del universo Criterion, propone un ensayo sobre los vínculos familiares conflictivos, la búsqueda del rumbo propio y el verdadero significado de esos espacios cotidianos a los que rara vez prestamos verdadera atención.

Columbus (2017), película que pasó por el festival de Sundance y Rotterdam, entre otros, cuenta la historia de Jin (john Cho), un joven coreano que debe viajar a Columbus, Indiana, cuando su padre –un respetado catedrático universitario- cae en coma y su salud se vuelve una incógnita. Conoce fortuitamente a Casey (Haley Lu Richardson), una joven fanática de la arquitectura que no se anima a perseguir una carrera de postgrado por temor a desatender a su madre, una adicta en recuperación.

La relación entre Jin y Casey crecerá durante el relato, con largas caminatas y charlas frente a las creaciones arquitectónicas más curiosas de la ciudad de Columbus. Es posible notar cierta similitud temática con Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2002), de Sofia Coppola, por su forma de representar en pantalla a dos personajes buscando el rumbo en un ambiente donde no se sienten plenos y la belleza del paisaje urbano funcionando como telón de fondo.

Con una mirada contemplativa, Kogonada explota el ritmo interno de los planos generales, prácticamente olvidándose de los primeros planos, demostrando cuánta importancia tiene para lo narrado la integración con cada espacio. Un ensayo sobre que ocurre con aquello que no miramos y aquello que evitamos.

 

 

 

Estoy Acá (Mangi Fi), de Juan Manuel Bramuglia y Esteban Tabacznik (Argentina, 2017 – Competencia Oficial), por Ana Manson

Partiendo de una disrupción en la forma de contar documentales sobre inmigrantes, Estoy Acá (Mangi Fi) (2017) pone el foco en sus dos protagonistas y la forma en que su viaje externo los transforma internamente. La dimensionalidad de cada uno no queda supeditada a un tema a tratar, sino que los creadores les dan la libertad de convertirse en personajes tan complejos como las propias personas.

A través de las conversaciones entre Ababacar y Mbaye, que tienen visiones diametralmente opuestas, contemplamos la realidad que pasa por dentro. Mientras la cámara nos muestra la de las calles: una realidad conocida, pero vista desde otra perspectiva, que no resulta tan ajena como cabría sospechar. Es difícil imaginar dos culturas más distintas que la argentina y la senegalesa, y sin embargo estos dos jóvenes se integran tan bien a nuestras costumbres (sin dejar de lado las suyas) que pronto olvidamos que los separa un océano de su tierra natal.

Mientras tanto, ellos nos devuelven la mirada a través de la pantalla, observando nuestra fauna urbana con la lente de la novedad, pero sin prejuicios. Con el espíritu de trabajo y sacrificio propio de los inmigrantes, dispuestos a construir un futuro mejor, Aba y Mbaye reciben extrañados la hostilidad de la inseguridad, la discriminación y las políticas restrictivas que los reciben. Pero también experimentan lo mejor de la calidez porteña, que sale a relucir en los afectos que conocen de este lado del mundo y pondrán en jaque su decisión de volver al continente que los vio nacer.

 

 

 

Good Luck, de Ben Russell (2017 – Competencia Internacional), por A.T.

A pico y pala

En su nuevo documental, Ben Russell se despachó con un registro que primero va tras los pasos de la rutina de un grupo de mineros de la Serbia de post-guerra, y después se enfoca en el día a día de un conjunto de buscadores de oro en la selva de Surinam.

Ambas historias dividen en dos los extensísimos 143 minutos de duración total, en un ejercicio que abarca mucho y aprieta poco, o al menos sin nada tan interesante entre tanto material presentado.

La cámara de Russell se siente como un trabajador más, como uno más dentro de estos grupos que ponen en evidencia el trabajo duro y mal recompensado de los protagonistas. La fuerza de esta mirada sin embelesamiento ni glamour habla por sí misma, pero pierde efectividad cuando la repetición y extensión de ciertas secuencias no renuevan ni redoblan la apuesta en pos de lograr un mayor interés por parte del espectador.

Tampoco las entrevistas a los involucrados logran obtener respuestas lo suficientemente profundas o interesantes. Russell apenas logra raspar la superficie de ambas problemáticas -la minería en Serbia y la búsqueda de oro en Surinam- ante la limitada expresividad de sus entrevistados, lo que se percibe como una gran oportunidad perdida.

Con el punto alto puesto en el poder de las imágenes y la relevancia de su contexto, Good Luck (2017) nos deja con un sabor amargo y la sensación de dos historias que quedaron a medio camino.

 

 

 

Chaco, de Daniele Incalcaterra y Fausta Quattrini (Argentina / Italia / Suiza, 2017 – Competencia Latinoamericana), por Matías Orta

En el documental El Impenetrable (2012), el cineasta italiano Daniele Incalcaterra y Fausta Quattrini cuenta cómo debe hacerse cargo de 5.000 hectáreas de un bosque del Chaco paraguayo heredado por su padre, quien lo había adquirido durante la dictadura de Alfredo Stroessner. La odisea de Incalcaterra por recuperar esas tierras –bautizadas Arcadia- y devolvérsela a los nativos parecía encaminada al final de la película. Sin embargo, los problemas estaban lejos de solucionarse.

Chaco (2017) es la continuación de las peripecias de Incalcaterra en Paraguay, donde no hace más que toparse con burocracia, desidia y corrupción, ya que la influencia del narcotráfico impregna los alrededores. La cámara lo sigue en la intimidad, mostrando cómo delibera consigo mismo o dialoga vía Spype con periodistas o políticos, y entrevistándose con figuras como el ex presidente paraguayo Fernando Lugo, quien durante su mandato había declarado área silvestre a aquellas tierras, lo que quedó sin efecto cuando fue destituido por el Congreso de su país. La cámara también nos lleva a las profundidades del Chaco, incluyendo filmaciones de máquinas arrasando con árboles, ya que la finalidad es convertirla en un campo de soja. Arcadia vale millones, pero quienes pretenden adueñarse del lugar tienen planes de hacer más dinero aún. Pero eso no detiene al director; aunque deba estar lejos de su tierra natal, está dispuesto a enfrentarse a los más poderosos.

Es posible ver Chaco sin haber visto El Impenetrable (durante los primeros minutos se traza un resumen de la historia de Incalcaterra). En ambos casos, documentales que no sólo muestran la lucha de un hombre contra el sistema sino el oscuro manejo de la distribución de las tierras, propias del Lejano Oeste.

 

 

Cobertura completa del festival.

Cobertura vía Instagram.

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