22.11.17
32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Críticas 8

Wajib, de Annemarie Jacir (Palestina, 2017 – Competencia Internacional), por Alejandro Turdó

La tierra de la que vengo

Annemarie Jacir es la primera mujer palestina en dirigir un largometraje, y para estar a la altura de semejante logro nos entrega una historia donde el mandato familiar, la tradición y el sentido de pertenencia marcan el ritmo.

Wajib (2017) nos lleva a recorrer la ciudad de Narazet, ubicada en la conflictiva zona de Palestina, bajo ocupación Israelí. Abu y Shadi -padre e  hijo, respectivamente- recorren las calles en auto con la tarea de entregar las invitaciones para el casamiento de Amal, hija de Abu y hermana de Shadi. Abu es ortodoxo y conservador, por ese motivo quiere cumplir con la tradición de entregar cada invitación personalmente. Shadi tuvo que abandonar Palestina por su ideología política y vive en Italia, pero vuelve a su tierra exclusivamente por la ceremonia.

Mientras el día transcurre entregando invitaciones, Abu y Shadi chocan constantemente debido a sus puntos de vista diametralmente opuestos sobre Palestina, la ocupación israelí, el apego a las tradiciones y el mantener las apariencias. Mohammad y Saleh Bakri son padre e hijo en la vida real, cuestión que agrega un plus de realismo a las interacciones entre los personajes.

La caótica ciudad llena de autos, basura, el ruido y la geografía de su urbanidad accidentada funcionan en una primera lectura como telón de fondo, pero se vuelve al mismo tiempo ese tercer protagonista que marca el tono del relato y llena de sentido aquello que experimentan los personajes.

Con el acento puesto en la fuerza innegable de los lazos familiares y el sentido de pertenencia, Wajib se vuelve radiografía de una cultura y un modo de vida lleno de particularidades, las cuales al mismo tiempo revelan problemáticas universales… de esas que merecen ser contadas en la pantalla grande.

 

 

 

Mariana, de Chris Gude (Colombia, 2017 – Competencia Latinoamericana), por Matías Orta

Las propuestas cinematográficas de carácter contemplativo, alejadas de las convenciones de los productos más comerciales, tienen sus hallazgos, en especial cuando el director en cuestión planeta una mirada honesta, no una estrategia para impresionar a unos pocos entendidos. Mariana (2017) es lo nuevo de Chris Gude, quien ya había demostrado su visión en la premiada Mambo Cool (2013). Una visión suya, hermética, pero que termina por agotarse.

Ambientada en la península de la Guajira (frontera con Venezuela), presenta a dos contrabandistas –uno colombiano, otro sudafricano- acostumbrados a sobrevivir en diferentes situaciones. Pronto se irán cruzando con otros personajes que también viven al margen del mundo moderno, dentro de un microcosmos que parece detenido en el tiempo.

Entre discursos sobre Simón Bolívar, planos secuencia de vehículos en marcha, tomas estáticas, Gude va construyendo una road movie intimista, basada en los climas. El espectador es testigo de cada conversación y de cada acto de los protagonistas, pero la acción avanza de manera lenta y monótona, y se hace muy difícil involucrarse en lo que sucede.

Los logros formales de Mariana no compensan una narración que, aún cuando se trata de un film contemplativo, cae en el tedio y en la intrascendencia.

 

 

 

Eugenia, de Martín Boulocq (Bolivia, 2017 – Competencia Latinoamericana), por María Paula Putrueli

Como su título lo indica, Eugenia (2017) es una película esencialmente femenina. No solo aborda la vida de su protagonista y un quiebre en la misma, sino que trata, de manera sensible y sin caer en los lugares comunes, la división entre el mundo femenino y masculino, y la necesidad cada vez más urgente de reconocer el poder y la ambición de cada mujer en el mundo.

Eugenia decide separarse de su marido luego de seis años de relación, decisión que viene acompañada con otros grandes cambios: se muda de la casa de su madre para ir a vivir con su padre y su nueva esposa y su pequeño hermanastro. Allí cada acción llevará a un camino nuevo y abrirá diferentes oportunidades para vivenciar experiencias que la conectarán cada vez más consigo misma y con ese deseo único de encontrarse consigo.

La actriz Andrea Camponovo -quien ejerce también como productora- reproduce en su rostro y sus gestos, los miedos e inseguridades por los que atraviesa su personaje, haciendo que el relato ficcional, por momentos, se confunda con un documental.

Boulocq, director y guionista, también se encargó de la música de la película; con la decisión de hacerla en blanco y negro, el relato se mueve sigilosamente, dotado de una pasividad que se opone a la necesidad de su protagonista de ponerse en movimiento.

Una propuesta intimista, bien lograda, pero con momentos demasiado inmóviles que terminan por perder la atención del espectador.

 

 

Cobertura completa del festival.

Cobertura vía Instagram.

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