17.11.19
34º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

34º MDQ FILM FEST | La virgen de agosto, por Carla Leonardi

La errancia como ocasión de una nueva oportunidad:

Hay pocos realizadores que realmente conocen el mundo femenino. En La virgen de agosto, acaso por la impronta de Itsaso Arana en el guión, Jonás Trueba logra superar ese desafío.

Eva (Itsaso Arana) es una mujer de 33 años que decide quedarse en Madrid durante las verbenas de la primera quincena del mes de agosto. Esto la sitúa ya en el lugar de la rareza que va a contramano de la mayoría predecible; al permanecer estoica cuando casi todos parten de vacaciones hacia otros lugares para evitar el calor sofocante de la ciudad. Se queda como suspendida durante ese tiempo en el departamento que le presta un conocido. Este hombre está escribiendo una necrológica sobre un teórico de las comedias de la época dorada de Hollywood, cuyas protagonistas femeninas se caracterizan por ser mujeres decididas. Este dato anticipa que Eva no será el estereotipo femenino convencional.

Y así sucede. El verano implica una temporada relajada. La ciudad se vacía. Y Eva se permite abandonar las obligaciones, las determinaciones y los semblantes que actuamos para los otros, intentando encontrarse a sí misma tal como es. La película se construye entonces en torno a la deriva sin rumbo determinado de Eva por las calles de Madrid y a las conversaciones que mantiene a partir de una serie de encuentros casuales que le ocurren. Tropieza con amigos de su vida como Luis y Sofía , con una vecina del edificio, con jóvenes ingleses residentes en Madrid, con su ex-pareja (de quien se ha separado recientemente) y con una practicante de Reiki.

Eva aparece como un personaje enigmático, no se sabe qué quiere,  ella no sabe quién es, ni qué espera de su vida. La errancia como modo de andar y su extravío hacen de ella un personaje al cual no se le puede sacar la ficha de entrada. El misterio de Eva es un rasgo típico de lo femenino. Su deslocalización y su fugacidad se expresan en esa mirada suya hacia el cielo, sin punto fijo definido, que se topa por azar con una estrella fugaz. Su interés por los saberes esotéricos alternativos al saber científico, por los insondables designios del cosmos y la fe religiosa que se respira en las calles madrileñas, hace también de Eva un personaje femenino por excelencia.

En este mismo deambular, ella se transforma. Paulatinamente, va abandonando los condicionamientos que la separan del sexo opuesto. Y como en toda buena historia de amor, Eva (parafraseando a Picasso) no lo busca, sino que lo encuentra por contingencia. Agos (Vito Sanz) fuma melancólico y taciturno en un viaducto. Se trata de una zona prohibida por las autoridades, no apta para almas sensibles y en pena, dada la leyenda popular que la vincula a un desdichado destino romántico. Que Eva traspase aquella barrera que la separa de Agos, que lo siga en su recorrido cuando lo vuelve a encontrar casualmente por segunda vez, rompe con el estereotipo de la mujer que es seducida mediante trucos por el hombre. Eva avanza decidida hacia el hombre para gozar de él, dejando atrás sus inhibiciones y prohibiciones internas.

El amor cuando ocurre es del orden del misterio y del milagro. Este aspecto le otorga el aura de lo divino, de lo místico. El milagro del embarazo virginal al que refiere el título es el elemento que condensa metafóricamente la posición de Eva. Ya no se trata de la feminidad desamarrada del comienzo, sino de una posición femenina que no reniega de su relación con el falo. Su vínculo con Agos la conecta con el enigma de ese goce de lo divino de la palabra de amor que resuena en el cuerpo, pero a la vez le brinda un punto de anclaje a esa loca deriva infinita.

En una época de tanto cinismo y desencanto, no queda más que celebrar que en La virgen de gosto Jonás Trueba haga una apuesta fuerte y nos regale esta luminosa historia de amor (de claros ecos rohmerianos), que consigue conmovernos.

 

© Carla Leonardi, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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