13.11.19
34º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

34º MDQ FILM FEST | Ne croyez surtout pas que je hurle, por Eduardo Elechiguerra

(2019, 75 minutos)

Son más de cuatrocientas películas las que toma Frank Beauvais junto con el montajista Thomas Marchand para su primer largo. La propuesta anda a medio camino entre el diario audiovisual y la crónica a partir de material cinematográfico. Beauvais nos narra que vio todos estos filmes en una época de crisis vitales (2016). Entonces, nos tiene que quedar claro que estamos frente a un adicto al cine, como lo es todo cinéfilo en mayor o menor medida*. Para efectos de este texto, la adicción no será vista como una enfermedad**. De hecho, para el director y el montajista tampoco lo podría ser si caemos en cuenta de que ellos están armando sentidos a partir del placer de mirar. ¿Acaso lo enviciante no anula el sentido para cerrar al individuo en sí mismo? La adicción puede ser una muleta para continuar y así la aprovechan acá.

Por un lado, los cortes a negro marcan el paso de los días. Aquí además el yo está enunciado siempre fuera de campo y apenas sugerido en el discurso visual. Nos lo sugiere la presencia de algunos cuerpos masculinos que podemos asociar, por partida doble, con la voz: identidad y homoerotismo. Por otro, la duración de los planos, menor a diez segundos, está elidiendo las limitaciones de los derechos de autor. Esto también brinda un ritmo donde el montajista atiende a dirigir los sentidos de este aluvión de escenas provenientes de películas tan dispares. 

Tales obras, citadas como “espejos y no ventanas”, “fantasmas … medicamentos”, son lo que queda para diferenciar un día de otro. Muestra de ello son los pocos rostros que aparecen en escena. Aquí no importa estar escindido/escondido si por lo menos se encuentra lo asible en el padre: la cadencia de los mon pere en ese segmento amplía la intensidad de la figura paterna dentro de Frank y la sociedad en general. Tampoco la revisión entre rostro y yo lírico imposibilita la empatía porque hallan engranaje filial y amoroso con la mudanza de Estrasburgo a París. La cantidad de cortes tendría que ser un indicio de lo que significa mudar la percepción frente al dolor. Al final, esta in(di)gesta de películas no cae en la autoindulgencia porque la autocrítica y las alusiones a un cine abarcante, íntimo y escurridizo lo salvan de ello.

La mayor fortaleza de la película está en ejemplificar la abstinencia de un vicio. El narrador nos refiere varias canciones como, por ejemplo,  “I See a Darkness” de François Breuet. Las cita con sus respectivos cantantes (Catherine Sauvage, David Mansfield, Zippo). Son varias las referencias musicales pero no escuchamos música sino hasta los créditos. Marchand ha construido un ritmo a partir del montaje y la voz pero dejándonos con ganas de verdadera música. ¿No es esta la búsqueda de todo vicioso? Desear lo que carecemos, lo que nuestro cuerpo solitario no puede producir fisiológica o filosóficamente. Así la obra termina siendo, sin pretenderlo, un alegato dinámico a favor y en contra de la soledad.

 

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2019 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

* Thomas Szasz, psiquiatra e investigador, sostiene con firmeza esta idea a lo largo de su obra, sobre todo en Nuestro derecho a las drogas.

** Ver la entrada de Aumont y Marie al respecto en Diccionario teórico y crítico del cine. Vinculan la cinefilia con la neurosis del coleccionista y el fetichista, con la pasión y con la experiencia estética. La fundan sobre tres pulsiones: escópica (mirar), invocante (escuchar) y, en menor medida, sádica (saber y analizar).

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