11.05.18
71º Festival de Cannes _ Festivales

Cannes a lo Ganzo (03): Wildlife y Cold War

El agua y el aceite

Quiero volver un momento sobre Wildlife, de Paul Dano. Charles Tesson (director de la semana de la crítica y antiguo crítico, entre otros, en Cahiers du cinema) dijo algo antes del pase que, sin ser falso, fue un poco un error: antes de presentar a Paul Dano y a su coguionista Zoe Kazan, que, según me cuentan, es una reconocida activista del cine entendido como una cuestión de representación de género, Tesson aseguró que se podía decir que la película era un relato de emancipación femenina, aunque decir esto era al mismo cierto e impreciso. No es que no tenga razón, pero oír esto antes de la proyección puede inducir a un despiste durante los primeros minutos de la película, por su aire “de calidad” y por cómo evoluciona en un primer momento el personaje de la madre, interpretado por Carey Mulligan. Podemos a esas alturas pensar que estamos ante una especie de Todd Haynes poco sutil, que Dano quiere mostrarnos la otra cara de esos melodramas ambientados en los finales de los años 50 en los Estados Unidos, con esas mujeres que se desgarran en medio de un decorado residencial y perfecto. Pero no: lo que resulta magnífico en Wildlife es que en ningún momento se sitúa a un personaje por encima del otro, que el punto de vista más poderoso es el del hijo y, sobre todo, que lo que les sucede, su vida que se desmorona, sus locuras y complejos, no son en absoluto responsabilidad de otro personaje. Marcos Uzal, crítico francoespañol con una frustrada carrera de torero a sus espaldas, lo dijo perfectamente: es una película en la que la gente se hace daño pero en la que todos son buenos. Y para comprender a todos los personajes es necesario acompañar sus sentimientos por igual, sin que ningún discurso busque culpables. Finalmente, esa película que podía haber parecido obvia, con mensaje, postmoderna, se acerca a algo más humanista, más clásico y, puede que yo delirase, pero más que en Haynes, me hizo pensar en cosas anteriores, incluso en otro Paul: Newman.

La “calidad” puede ser también un freno a la hora de apreciar Cold War, de Paweł Pawlikowski. En esta historia de amor entre Wiktor, un pianista y compositor, y Zula, su alumna en una escuela de canto y baile en Polonia en los años 50, todo está filmado como debe ser. El blanco y negro y el formato 4/3 de época, el los movimientos de cámara, adecuándose a la música y al decorado (el único movimiento de cámara brusco de la película, Pawlikowski se lo permite filmando una actuación de jazz, pasando en un barrido del batería al pianista, un verdadero cliché). Pero eso no debe impedir apreciar por qué la película es impresionante. Y esto es la precisión narrativa, la exactitud del relato, la economía de una historia que dura unos quince años y que Pawlikowski logra hacer comprender en toda su magnitud con apenas unos detalles perfectos (para entendernos, digamos que Honoré, hubiera requerido de más de cinco horas de película para contar una historia así). Pero hay casi una contradicción: los personajes terminan sobrecargándose de ficción, como si Pawlikowski, para hacer avanzar su historia con ese pulso de narrador asombroso, con esa voracidad exacta, les convirtiese un poco en marionetas de un teatro brillante, manejadas por un fino demiurgo que quiere que sea la precisión del relato la que nos arrastre, más que los sentimientos de una historia, sin embargo, desgarradora, casi de amour fou: una historia que va de las salas rurales polacas a los clubes de jazz (homenaje a Antonioni incluido) parisinos, pasando por los teatros yugoslavos, las estaciones de tren y la frontera berlinesa, una historia de guerra fría en la que parecen querer decirnos que este amor se corrompió por los defectos de los dos bloques. En el Este, tienen que someter su proyecto musical a la voluntad socialista, y en el este, tienen que socializar en la noche mundana para hacer contactos y lograr el éxito: la primera razón hace que Wiktor tenga que marcharse, la segunda, que Zula tenga que volver. Precisamente, la impresionante actriz que interpreta a Zula, Joanna Kulig, físicamente a mitad de camino entre Jessica Chastain y Léa Seydoux, logra contrarrestar la velocidad casi metonímica de Pawlikowski, compensar el cerebro con la carne, crear presente. Pero no deja de resultar tremendamente sorprendente ver a un cineasta contrarrestar hasta tal punto los sentimientos de su película con su propia precisión narrativa (resultando así el final realmente abrupto). Casi hasta podríamos preguntarnos si son dos cosas contrapuestas, si pueden aunarse o si Pawlikowski realizó un intento brillante de mezclar el agua y el aceite.

Pero hoy, hay misa a las cuatro y media. La nueva película de JLG. Así que vamos a acicalarnos y dejar estas cuestiones para más tarde.

@ Fernando Ganzo , 2018 | @GanzoFernando

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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