12.05.18
71º Festival de Cannes _ Festivales

Cannes a lo Ganzo (05): Mandy y, otra vez, un poco de Le livre des images

Bodrio fumable

La evolución de la relación del espectador cinematográfico con lo que vulgarmente (al menos en España) llamamos el “bodrio”, es bastante interesante, y Mandy, de Panos Cosmatos, juega totalmente con ella, constando el punto en que se encuentra ahora mismo. Había un cierto placer, casi a mitad de festival, en ir a ver una película que se prometía delirante, loca, extrema, divertida, irreverente. Durante la primera hora de metraje, lo que íbamos a ver era más bien un intrigante intento de inmersión del universo del cine de terror en una estética heavy metal ochentera cool (un paréntesis para decir que, por mucha simpatía que uno le pueda tener al heavy metal, si dentro de muchos años unos extraterrestres o el hombre del futuro analiza el siglo XX, seguramente encuentre que los dos mayores horrores estéticos que éste ha producido son el heavy metal y el circo), con Nicolas Cage interpretando a un leñador que vive con una misteriosa mujer, Mandy, fascinada por los dibujos fantásticos y la literatura heroica de terror, todo ello introducido por unos planos abiertamente “chulos” del bosque, acompañados por la música de King Krimson. Bien. Como si de una Don Quijote pesadillesca se tratase, Mandy termina viéndose víctima de una especie de secta pseudo cristiana con reminiscencias de la de Charles Manson, aliada con unos terroríficos moteros/demonios; es decir, termina viviendo una experiencia terrorífica análoga a aquellas que le apasionan en la literatura que lee. Panos Cosmatos cuenta esto con ciertos hallazgos formales, pero también sucede algo que me remitió a una conversación reciente con Mariano Llinás: en el cine actual, decía él, para crear “tensión innombrable”, es necesario usar un persistente sonido zumbón de fondo, con ruidos o con música. Esto es algo que antes de Lynch no existía y ese “diseño de sonido” viene totalmente de su invención, genial, pero que ha terminado convirtiéndose, nos dijimos Mariano y yo, en algo así como el kétchup, para ese tipo de momentos. Lo echas en las papas fritas y logras el efecto deseado. Una facilidad y al mismo tiempo un peaje obligado porque sin ello el espectador no traga. Pero volviendo a la película, esta primera parte da lugar a otra, de venganza gore y voluntariamente ridícula, con Nicolas Cage en modo destructor desbocado, en la que la película juega abiertamente con los códigos de un cine de baja estofa. Panos Cosmatos parece con ello querer hacer un homenaje a ciertas películas de su padre (que dirigió, por ejemplo, Cobra, con Sylvester Stallone), al mismo tiempo que lo marida con ese universo de terror gótico y gore extremo que parece gustarle a él. En cierto modo, podríamos entender que esta parte representa la venganza del metal contra el hippismo cristiano, pero sobre todo consiste en una sucesión de muertes más o menos imaginativas, con diálogos intencionalmente ridículos que generan la risa del espectador (y, siendo honestos ,algunos son realmente divertidos). En definitiva, el bodrio asumido. Poco importa si esto viene a destruir lo que parecía haber intentado en la primera parte: a partir de ahí, si está mal hecho (algún personaje muere de forma incomprensible y sanguinolenta a más no poder), si es tonto (hay una pelea con motosierras que parece ser una lucha de ver “quien la tiene más grande”), da lo mismo, porque es “a propósito”, es consciente. Y el espectador es consciente de que es consciente y su risa es “cómplice”. Esto es olvidar lo que de hermoso han podido tener ciertas películas consideradas como bodrios: esos inesperados momentos de poesía, que parecen venir de ningún lugar, digamos en una película de Jess Franco, para que se me entienda. Hoy en día, abundan en filmotecas y otras salas las sesiones cinematográficas, a menudo nocturnas, de cine bis, en las que según parece los espectadores se ríen de cabo a rabo, viéndolas sin ternura, sin espera de esos momentos insólitos de los que hablábamos, sino con una superioridad intelectual. Esta película de Panos Cosmatos es el producto, imponente, de un innegable talento y cierta seducción, de esta nueva relación de consciencia total. El fin de la dulce vida del cine, bueno o malo. Y que se haya presenciado así en el Festival de Cannes, con risas y aplausos más intensos cuanto más extremo fuera en ese sentido, hace pensar que este tipo de relación es la que está ganando en la cinefilia.

PS: Unos breves apuntes o informaciones suplementarias sobre Le Livre d’images. Marcos Uzal, cuyo nombre ya ha aparecido alguna vez en estas crónicas, y que la ha visto más recientemente y despejado, me precisa que la frase de Godard respecto a las bombas, a la que se hizo referencia en este mismo espacio ayer, es mucho más ambigua de lo que yo creí entender. Según parece, la voz de Godard dice: “Yo siempre estaré del lado de las bombas”, dejando la posibilidad de entender “del lado en que caen las bombas” y no “del lado de los que las ponen”, como podría parecer. Es, de hecho, más coherente con esa sensación de derrota asumida, no carente de desesperación y tristeza, que produce la película. Así que parece cierto lo que dice Uzal. Y mi temor de ayer, una estúpida aberración fruto de la confusión que puede generar haberla visto entre otras cinco películas en la misma jornada. Otro apunte: también intenté describir ayer el uso de las voces desplazándose por todos los altavoces de la sala, a veces sobreponiéndose, a veces coincidiendo y creando un efecto de catedral impresionante. Pues bien, me informan de que ese movimiento de voces sigue supuestamente un recorrido en buena medida aleatorio, y que en cada proyección este será diferente. Como si tras habernos separado los ojos con Adiós al lenguaje, Godard nos estuviera separando las orejas. ¿O quizás tirándonos de las orejas? A este respecto, un rumor absurdo: me cuenta un amigo que hay quien sostiene que Godard está en Cannes, encerrado en una habitación de hotel, que desde ahí hizo la conferencia por facetime, y que sólo salió para ir a la sala del Gran Teatro Lumière con el fin de, agazapado en la cabina de proyección, mezclar en directo esas voces a través de los distintos altavoces. La mera existencia de este rumor demuestra que algo sí que sabe todavía hacer Godard como nadie: poner el festival patas arriba, convertirlo en un disparate con todo el mundo pendiente de él, haciendo cosas y diciendo cosas que no harían en el caso de ningún otro cineasta.

@ Fernando Ganzo , 2018 | @GanzoFernando

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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