13.05.18
71º Festival de Cannes _ Festivales

Cannes a lo Ganzo (06): Lazzaro Felice

Santa revolución

Creo que buena parte del entusiasmo provocado por Lazzaro felice, de Alice Rohrwacher, viene del hecho de ver en vivo el alumbramiento de una singularidad, de un cine que no responde a las reglas convenidas, en cuanto a la evolución temática y narrativa, que casi toda película de festival parece obedecer de una u otra manera. Para expresarlo es necesario seguir aquí el filo de lo que se nos cuenta, lo cual es una lástima, porque buena parte del placer de la película viene de esa evolución sorprendente de su flujo narrativo, creando algo que se encuentra en algún lugar entre el falso naturalismo con toques de farsa, la fábula política, el cuento trascendental (por no decir realismo mágico) y el misticismo telúrico. Como en Le meraviglie, se trata del encuentro de un colectivo que lleva una vida campesina extrañamente peculiar con una mitología mayor, descrita con cierto tono grotesco. Allí, una familia de apicultores que de pronto acababa en una emisión televisiva medio milagrosa. Aquí, Rorhwacher nos sitúa para empezar en Inviolata, un pueblo en el que trabajan numerosos campesinos cuyos lazos familiares nos resultan un tanto confusos. Entre ellos se encuentra Lazzaro, que es algo así como un idiota dostoïevskiano del campo, incapaz de desobedecer o de mentir y que siempre está dispuesto a ayudar. Los otros reclaman constantemente su ayuda para reemplazarle en las tareas o para llevar en brazos a la abuela, cosas todas ellas que realiza con una alegría que Rorhwacher logra transmitir de la forma más difícil posible: dilatando y contrayendo el tiempo, convirtiéndolo ligero o sólido para dar a esos momentos una sensación de plenitud. Pronto nos enteramos de que Inviolata es un pueblo regentado por una marquesa, a la que llaman la víbora y a la que pagar tributo, entregando sus cosechas, sobre todo de tabaco. En ese momento comienza ya un juego con el espectador, que intenta situar cronológicamente la acción de la película: el atuendo de los campesinos podría situarnos en los años 60, pero vemos que el hijo de la marquesa tiene un teléfono móvil y camisetas modernas. Este juego es interesante porque implica una relación política: podemos deducir en un primer momento que el campesinado permite menos determinar la época de una película que la burguesía.

(Aquí, me permito un paréntesis. Posiblemente el cerebro más poderoso de Francia hoy sea Jean-Louis Schefer, autor de libros sobre cine, sobre pintura y sobre representación iconográfica, la transmutación, etc. Libros que todo el mundo considera incomprensibles, por su forma de partir de detalles de una pintura o una película y, a través de ellos, construir algo enorme sobre su época, su percepción, sus mitos. Pues bien, lo que hace el espectador de Lazzaro Felice en estos primeros minutos no es mucho más sencillo de lo que hace Schefer: buscar índices, apreciar el detalle de cómo es un reloj, un teléfono móvil, un tipo de peinado o de gafas y entender a través de ello en qué época estamos, y preguntarnos por qué podemos adivinarlo sólo por ello, qué es lo que ese detalle nos cuenta.)

Cierro el paréntesis y vuelvo con la película, sin desvelar, espero, demasiado: al cabo de un momento, entendemos que hay un engaño por parte de la marquesa que le sirve para esclavizarlos, un engaño que torna esa relación entre la familia noble y los campesinos en políticamente mítica si no lo era ya religiosamente, con Lazzaro como santo inocente. También sin desvelar mucho, digamos que en un momento dado hay una enorme elipsis de unos quince años y el salto a un espacio urbano, donde Rohrwacher transmite menor alegría a la hora de filmar los espacios y la luz y donde los momentos más hermosos son precisamente los que juegan con la temporalidad y el aspecto trascendental de su historia: en un plano, sin corte, los campesinos vuelven a ser jóvenes como en la primera parte de la película durante unos segundos, y en otro, su paso por una iglesia crea un aliento que hace que la música del órgano se escape y les acompañe por la ciudad. Este momento es la materialización de una idea que ya se había expresado antes, cuando un campesino dice que los que les mandan nunca podrán poseerles del todo, porque los campesinos son inasibles como el viento (y de hecho, todos soplan cuando Tancredi, el hijo de la marquesa, pasa ante ellos como único gesto de revuelta).

La ternura con la que Rohrwacher contempla a sus personajes se manifiesta así a través de estos pasajes que prácticamente los beatifica, simplificando en cierto modo la película. Es ahí donde le falta quizás a Rohrwacher la fuerza presente en la línea cinematográfica en la que parece inscribirse, y que no es la del neorrealismo italiano ni la del naturalismo europeo, sino la trascendental de Pasolini, Ermano Olmi o incluso la de Buñuel (y basta con comparar a Simón en el desierto con Lazzaro en el campo para ver que hay una gran diferencia entre esos dos “santos”, por no hablar de lo que sucede si comparamos a sus gentiles campesinos con los mendigos de Viridiana). De ahí que la cineasta quiera apretar los dientes y añadir un poco de mordiente, sin tanto éxito, en el cierre de la película, sobreponiendo de forma un tanto violenta un mensaje (que los trabajadores urbanos de hoy han destruido toda relación con el campesinado que ellos mismos fueron antaño), como si de pronto perdiese la confianza, como si sintiese que a la película le faltaba algo de “impacto”. Se movía mucho mejor en la complejidad generosa que proporciona Tancredi, personaje bromista y contradictorio que traba una hermosa amistad con Lazzaro y que formula la idea más fuerte de la película: cuando su madre le dice que, a fin de cuentas, si ella explota a los campesinos, estos explotan a su vez a Lazzaro, como si la explotación del débil fuera algo inevitable, él le responde que sí, pero que Lazzaro, que siempre obedece, no ordena nada a nadie a su vez. Dicho de otro modo: que la revolución no vendrá de aquellos que se niegan a obedecer, sino de los que se niegan a mandar, como si no sintieran siquiera la necesidad. De ahí venía también ese entusiasmo del que hablaba al principio, de la calma y alegría con la que se propone una revolución bondadosa.

@ Fernando Ganzo , 2018 | @GanzoFernando

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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