24.05.19
72º Festival de Cannes _ Festivales

Cannes a lo Ganzo (02): Liberté

En un día en el que numerosos periodistas cinematográficos que consideran Cannes como el nec plus ultra de su profesión, el verdadero place to be, decidieron perderse películas por ver el último episodio de Game of Thrones, se genera cierta relatividad en torno a la importancia o gravedad de lo que aquí sucede, se rebaja la histeria, se corta con un poco de agua, como ciertas bebidas. De ahí tal vez que pueda acogerse tan bien Liberté, la última película de Albert Serra, completando lo que aún no sabremos si se llamará su “trilogía de la muerte” o su “trilogía de las pelucas”, tras Historia de la meva mort y La Mort de Louis XIV. En este caso se trata de acompañar en el tiempo que transcurre entre un anochecer y el amanecer en un claro del bosque a una tropa de libertinos de tiempos de Luis XV. Entre ellos, y con las mujeres que por allí pululan o que han vampirizado para su causa, viven una noche de deambulaciones nocturnas masturbatorias, escatológicas, humillantes y sadomasoquistas. De los discursos verbales, en un primer momento, sobre lo que han visto o lo que les gustaría ver, y que suelen girar en torno a los excrementos, el esperma, el vómito o la sangre, a la puesta en ejecución, más tarde, de esas diversas fantasías, ante las miradas curiosas de aquellos que, desde fuera, se acarician repetidamente la entrepierna.

Son de hecho esas apariciones insólitas de los libertinos, zombificados o hipnotizados por un placer tibio y humillante lo más curioso de esta película que, más que intentar reactualizar la idea de escándalo (sin embargo, eso fue lo que provocó en Berlín la primera versión teatral de la misma), parece más bien interrogarse si en esos momentos de júbilo, placer y suplicio, lo que estamos viendo es la cumbre de las luces o el fondo de su decadencia. La cámara de Serra filma prácticamente de todo: desde un anulingus (o “beso negro”, según se prefiera), hasta una mujer recibiendo latigazos en las nalgas, pasando por otra restregándose el ano con un palo e incluso varios personajes orinando sobre un hombre manco de rostro quemado y deformado mientras alguien le hace sangrar el muñón de su amputado brazo derecho. Filma todo, pues, salvo una cosa: un pene en erección. Más que algo que venga de los personajes (pues, entendemos, tienen lugar penetraciones), o de una prudencia ante la censura (aunque esto es algo que habría que preguntar a Serra, pues es conocido que ciertas cadenas televisivas o de exhibición prohíben la difusión de ese tipo de imagen – que se lo digan justamente a los espectadores de Game of Thrones) casi parece tratarse aquí de representación visual y sexual de un cierto dandismo narrativo del cineasta español. Me explico: en los numerosos restriegues y excreciones que se ven en los miembros sexuales masculinos, casi da la sensación de que la erección sería una forma de vulgaridad, una búsqueda banal del placer superficial, lejos del más elevado (¿o depravado?) y profundo, ligado a la tortura, la humillación, etcétera. Y casi da la sensación de que el rechazo de esa vulgaridad sexual va de la mano de aquello que el cine de Serra casi siempre dejó detrás como una vulgaridad cinematográfica, una convención comercial, un lastre: la obligación de identificar la obra cinematográfica con la construcción de un relato. De ahí que el momento del rodaje, aquí más que nunca, parezca el centro de todo, aquel en el que podrá captarse algo en directo, sucediendo ante la cámara, y que posteriormente el montaje podrá montar “de cualquier manera”. Un personaje puede pasar de una situación a otra en cuestión de un plano, sin que sepamos realmente si ha pasado un lapso de tiempo o no, sin que sepamos qué antecede y qué sucede a qué, porque todo vale. Sólo la muerte del personaje de Helmut Berger parece definitiva y ser respetada. Esa descomposición del relato que lleva la película, de forma más profunda que cualquier otro gesto radical, a un nivel de puro estímulo, es la que nos inmerge en una especie de sucia duermevela. Desde este punto de vista, es la película más lograda de Serra, o, quizá, la que más explica la esencia de lo que siempre buscó.

 

 

@ Fernando Ganzo , 2019 | @GanzoFernando

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