24.05.19
72º Festival de Cannes _ Festivales

Cannes a lo Ganzo (3): O que arde / Por el dinero

Uno de los elementos que podrían definir al cine contemporáneo es que, mientras que en el cine clásico, salvo contadas excepciones, los actores y actrices eran siempre más guapos que los cineastas, en la actualidad, con mucha frecuencia, cuando el equipo de una película sube a escena para presentar su trabajo a un festival, el director o directora son, con relativa frecuencia, los más guapos. Como si el cine contemporáneo estuviese fuera un penitente de mala conciencia, intentando pagar una deuda pendiente que los guapos tienen con los feos. Digo esto porque ya no recuerdo qué crítico escribió en una ocasión que Oliver Laxe era “bello como un dios” y porque, precisamente, su película tiene mucho que ver con la belleza (o falta de ella) de su personaje protagonista, Amador, pero no física, sino la de su alma, como cuando se habla de una alma bella, una alma buena. Los bosques de Galicia, esos que Amador o su madre recorren para sacar a sus vacas son los mismos que él quemó, según se nos descubre al principio de la película, que comienza con su puesta en libertad tras dos años en prisión. La España rural, particularmente la del norte, siempre estuvo llena de leyendas trágicas y criminales, de sacahuntos y otros criminales brutales legendarios que erraban por sus tierras, acechantes y terribles. Y O que arde resulta interesante precisamente porque hoy, en esas mismas zonas, puede que lo más parecido que quede a esas figuras legendarias sean los pirómanos (baste señalar a todo lector no español que diversos fuegos han causado estragos en España en los últimos años). De hecho, la película sigue ciertos criterios del relato de asesino en serie, en el sentido en que nos adentramos en su vida solitaria, su tristeza, su cohabitación con su madre, el rechazo o repudio de algunos, su misantropía… y puede que sea una casualidad que el protagonista se llame igual que el Amador de Francisco Regueiro, pero no deja de ser una feliz casualidad. Tal vez sin la intuición y naturalidad con la que es filmada esa relación entre madre e hijo, la película hubiera sido una más, otra película con momentos banales que se intentar llevar a lo trascendente mediante música, siguiendo las peripecias de un hombre torturado en un territorio que parece lejano de todo. Es decir: esas películas que pueden verse en casi todos los festivales, a una media de cinco o seis por edición. Laxe logra evitarlo, tal vez porque se atreve a buscar en el alma de su personajes, en algún lugar entre la belleza y el horror, la pureza de su sentimiento al quemar bosques casi por amor, ver la piromanía como en su día se hablaba de un “crimen pasional”. Casi una moral extrema e indefendible que la película acaricia y que quema mucho más que las llamas que se empeña en filmar en su parte final.

Puede que por contraste ante ese sentimiento que películas que, pese a ser valiosas, como esta, pueden provocar (por una cierta ambición, un espíritu serio, un ansia de trascender), Por el dinero, dirigida por Alejo Moguillansky sentó tan bien, como puede sentar un poco de helado tras una comida un tanto austera y monótona en el paladar. Moguillansky tiene una forma de hacer películas (o ciertas de sus películas) que, pese a no ser algo que haya inventado él, ha adquirido una tonalidad bastante única: como si una ficción pudiera acompañar siempre a la vida, como si entre hacer cine y no hacerlo hubiera algo, un espacio que nunca nadie supo ocupar totalmente para crear cine, y en el que él parece sentirse capaz de jugar libremente, de disfrutar, de rodar casi sin tensión. De ahí que al seguir las peripecias de su obra de teatro Por el dinero y su gira por Colombia, pese a que evidentemente la mayoría de situaciones sean ficcionadas, nos de la sensación de estar viendo algo así como un autorretrato, una celebración de los desgraciados avatares del joven cineasta contemporáneo, entre peticiones de ayudas y aburridos recorridos por certámenes, que Moguillansky y El Pampero critican pero no pueden evitar, en cierto modo, querer disfrutarlos. Y en ese humor burlesco de ritmo cercano a un Godard cómico, Moguillansky alcanza sobre todos grandes momentos de amor familiar, o, mejor, de amor hacia un cierto estilo de vida. Puede que hubiéramos preferido que Cannes descubriera a este director con La vendedora de fósforos, pero no se puede dejar de celebrar ver acá a un cineasta que, como cumpliendo un sueño de Jonas Mekas, se aproveche así del cine para contar su vida, celebrarla, inventarla.

O que arde

 

 

 

Por el dinero

 

 

@ Fernando Ganzo , 2019 | @GanzoFernando

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