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02.05.12
15º Festival de Málaga

15º Festival de Málaga – Crónica Nº1

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En medio de un ambiente entre enrarecido y extrañamente resignado en el sector por los últimos recortes públicos que afectan gravemente a la industria del cine español, ha arrancado el 15º Festival de Cine de Málaga, un certamen cuyo futuro parece incierto pero no tanto por la falta de financiación – al fin y al cabo el Ministerio de Cultura forma parte de su Patronato – como por la simple falta de materia prima ¿Qué va a pasar el año que viene cuando apenas haya largometrajes entre los que seleccionar para competir? Si creen que estoy bromeando, tengan en cuenta solo un dato: a fecha de hoy solo 21 rodajes se han comunicado al Ministerio de Cultura para este 2012, de los cuales más de la mitad corresponden a cortometrajes. Y la cosa no tiene visos de mejorar pues todo el sector audiovisual está paralizado. Málaga debería ser un sitio idóneo como lugar de encuentro de la industria del cine español para reflexionar sobre ésta y otras muchas cuestiones, pero lo cierto es que no parece que se esté demasiado por la labor.

The Pelayos

Negro, impar y mejor pasa

A priori, la película de Eduard Cortés disponía de un buen puñado de bazas ganadoras que la hacían acreedora a ser una película interesante. Se inspira en la historia de la familia García-Pelayo, que inventó un método científico basado en la observación para desplumar casinos jugando a la ruleta hasta que éstos, alarmados por las pérdidas, intentaron primero prohibirles la entrada a los mismos y cambiaron después la normativa por las que se regían. Cuenta con un reparto atrayente en el que veteranos como Lluis Homar, Eduard Fernandez y Vicente Romero se mezclan con jóvenes como Daniel Brühl, Blanca Suárez y Oriol Vila. Y el buen recuerdo del anterior filme de Cortés, la estupenda La Vida de Nadie (2005) generaba unas expectativas interesantes.

Lo cierto es que The Pelayos es una película que decepciona por una extraña mezcla de desinterés y falta de riesgo. Si se quisiera hacer una comparación facilona, uno diría que Cortés es como ese jugador de poker conservador y amarrete que nunca apuesta a no ser que tenga entre sus manos una jugada completamente segura. Justo el sentido del riesgo y la ambición que nunca les faltó a los Pelayo en su asalto a los cielos de los casinos. La película plantea unos conflictos dramáticos mínimos, serpentea en un su puesta en escena por un estilo que trata de acercarse por un lado al Ocean’s Eleven de Soderbergh – sin que por supuesto Cortés demuestre poseer en este apartado un dominio técnico de la misma suficiente para llegar a tan altos referentes –pero que se queda mucho más cerca de otro Cortés, el Rodrigo de Concursante y finalmente se muestra timorata y plana tanto en su desarrollo como en su resolución, mucho menos sorprendente de lo que pretende.

Salvan la papeleta el buen trabajo general de los actores, que hacen lo que buenamente pueden con unos roles famélicos con mucho más hueso que carne en sus personajes, demasiado superficiales y unidimensionales para resultar atractivos al espectador  – obsérvese lo incómodo que parece incluso el siempre fiable Eduard Fernández en el rol del villano de la función – y un puntual sentido del humor que hacen que la película pase ligerita y agradable. Sin riesgo alguno y sin dejar huella. Lo que no deja de ser una lástima en una historia que pedía a gritos un acercamiento mucho más arriesgado y profundo que no dejara la sensación de quedarse en la superficie y en lo puramente anecdótico.

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A Puerta Fría

La fragilidad del vendedor

Xavi Puebla ya demostró en Bienvenidos a Farewell-Guttman (2008) que tenía buen ojo para retratar con la frialdad de una cuchilla las relaciones laborales. Si en aquel notable debut en el largometraje diseccionaba los comportamientos a menudo cuestionables de los altos ejecutivos de las empresas en una crisis que empezaba a asomar las orejas, su última película es una forma de abordar esta crisis que está ya en pleno apogeo desde la perspectiva de la infantería de esas empresas, esos vendedores y comerciales tan demandados en los tiempos que corren – échenle un ojo a la sección de demandas de cualquier periódico y comprobarán lo que les digo – para sacar de los stocks esos productos que se almacenan sin remedio porque el dinero no circula entre suministradores y consumidores.

El protagonista de A Puerta Fría – término que alude en el lenguaje comercial a la forma de venta más dura, la que se hace puerta a puerta y a la desesperada – es Salvador, un vendedor de la vieja escuela, de esos que aun utilizan albaranes en lugar de un iPad y que sigue creyendo en el contacto directo con el cliente y en generar confianza con el fin de asegurar una venta, que asiste a una feria de su sector en un Hotel en un momento delicado para su empresa y para él mismo. En este mundo vales lo que vale tu último trimestre y Salvador, abandonado por su mujer e hija, está muy cerca de ser despedido y perderlo todo. Su única esperanza reside en un mirlo blanco, un cliente estadounidense al que poder colocarle un gran pedido que salve sus cifras ante la empresa y en una azafata a la que contrata con el fin de convencerlo. Estamos en el mismo mundo desesperado y cruel que tan bien retrataron Muerte de un Viajante y la enorme Glengarry Glen Ross, referente (para bien, siempre para bien) de esta demoledora y notable película.

Antonio Dechent está impresionante en un papel que hace por fin justicia a su larga trayectoria como actor. Tras toda una vida de papeles de reparto en los que siempre ha probado su talento y solvencia, su Salvador, ese vendedor crepuscular, descreído, demolido, superviviente, que asiste con impotencia y gesto de infinito cansancio a como su mundo se desmorona a su alrededor y que se balancea entre la fina línea que separa al hijo de puta capaz de cualquier cosa para conseguir una venta y los escasos rastros de decencia moral que aun le quedan, es un trabajo memorable. Tanto que ni siquiera su duelo interpretativo nada menos que con Nick Nolte – Atención a  esa secuencia de la barra del bar del hotel donde ambos beben sin hablarse, se observan y se reconocen – queda en tablas. Está Dechent descomunal en este papel, inolvidable, más allá de cualquier elogio. Yo me alegro mucho por él. Es de justicia.

Junto a Dechent, uno de los repartos más brillantes que ha dado el cine español en los últimos años. Todos ellos, sin excepción, desde José Luis García Pérez como ese jefe de Salvador mucho más complejo de lo que aparenta hasta la cada vez mejor actriz María Valverde como esa azafata ambiciosa pero con un lado tierno capaz de establecer una trabajada relación de complicidad y afecto con Salvador, pasando por un enorme Hector Colomé como ese vendedor curtido en mil batallas hundido en la miseria que se pregunta por el sentido de su vida, el arribista y repulsivo nuevo vendedor al que interpreta Sergio Caballero o incluso el fino y cínico conserje al que da vida con una irresistible mezcla de ironía y saber estar Jose Angel Egido, confieren al conjunto una credibilidad irreprochable. Y por supuesto está el oficio y el talento de un Xavi Puebla que sabe a la perfección la historia que quiere contar, esa mirada esquinada pero demoledora a la crisis no ya del mercado laboral, sino a esa crisis de valores que marca de forma indefectible esta bonita sociedad que nos hemos construido entre todos. Con un hábil dominio de la narrativa y una puesta en escena repleta de detalles sutiles que deja espacio a sus mejores activos , ese magnífico guión repleto de inteligencia escrito a medias con Jesús Gil Vilda – ¡como son algunos de esos diálogos! – y sus actores, A Puerta Fría no solo es una más que notable propuesta. Es una de esas películas capaces de desmontar por sí solas cualquiera de las muchas sandeces que se dicen sobre la calidad del cine español. En A Puerta Fría esa calidad en muchos aspectos es, sencillamente, incuestionable.

Miel de Naranjas

Acartonamiento en tiempos revueltos

No tengo nada contra las películas sobre la guerra civil o ambientadas en la posguerra. No comparto el argumento de que todo está contado sobre aquellos duros años ni que se hayan hecho demasiadas obras sobre el tema. Muy al contrario, creo que son necesarias para recordar y no olvidar nuestra propia historia y que hay mucho aun que descubrir antes que finalmente desaparezca la última persona que viviera aquellos años. Lo que me resulta extraño en esta propuesta de Imanol Uribe es la forma tan poco atractiva en la que se acerca a un tema que me resulta interesante, la resistencia urbana antifranquista en los años cincuenta, esa especie de guerrilla que se enfrentaba con escasos medios y enorme riesgo a la máquina de represión franquista que seguía asesinando de forma impune desde consejos de guerra militares que eran poco más que simulacros de justicia.

La película protagonizada por Iban Gárate y Blanca Suárez narra la toma de conciencia de Enrique, un soldado de una de esas familias republicanas que es acogido bajo la protección de un juez militar – chocante y algo pasado de rosca Karra Elejalde – al que sirve de ayudante por su relación con su sobrina. Testigo impotente de las crecientes injusticias y los desmanes, Enrique decide abandonar sus cómodas perspectivas de futuro y prestar su colaboración a la resistencia pasándoles información desde dentro con el riesgo que eso conlleva para tratar de cambiar el rumbo de las cosas.

El problema de Miel de Naranjas no es ya ni su ambientación algo acartonada – esa lacra de la que al parecer no conseguimos deshacernos del todo por muchos equipos de dirección artística y vestuario distintos que trabajen en ella – ni el hartazgo que puede producir en el espectador la perspectiva de asistir a otra película narrada en aquellos años. No, el problema es una película tan plana en su desarrollo, tan carente de interés para el espectador, incapaz de engancharse al inexistente carisma de sus personajes y tan previsible como acomodaticia es que tiene que lidiar con el peso de las obras que le preceden, con prodigios de negrura e inteligencia que se manejan de maravilla en ese terreno de grises que huye abiertamente de los maniqueísmos como el Pa Negre de Agustí Villaronga o propuestas cuyo motor es generar emoción y conectar así con el espectador por la vía más directa apelando a sus sentimientos como hacía Benito Zambrano en La Voz Dormida. Comparada con ellas, Miel de Naranjas queda tan pacata y planita que uno tiene la impresión que hay episodios sueltos de la televisiva Amar en Tiempos Revueltos resueltos con mayor sentido del ritmo que la película de Uribe, a la que no salvan ni un reparto algo desigual ni la cálida fotografía de Gonzalo F. Berridi. Una lástima porque el tema de esa resistencia urbana podría haber dado cierto juego.

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Kanimambo

Tres miradas a Mozambique

Que el cine español está buscando en estos tiempos fórmulas para diversificarse más allá de nuestras fronteras es algo evidente. También es evidente que ya no resulta tan sencillo ni barato para nuestros productores y directores el irse a rodar sus historias en el destino más habitual y hasta ahora lógico, que era latinoamerica. La crisis ha acabado casi por completo con esa fructífera relación – aunque no del todo, como leerán luego – así que hay que echarle algo más de imaginación. El siempre inquieto Luis Miñarro – ya saben, ese productor tan raruno que viste siempre coloridas camisas, capaz de financiar el personalísimo cine de Albert Serra, Lisandro Alonso, Manoel de Oliveira o al tailandés Apichatpong Weerasethakul y ganar una Palma de Oro en Cannes  – ha presentado en Málaga una película de episodios rodada en Mozambique por tres directores muy distintos entre sí que conforman una curiosa mirada sobre la ex-colonia portuguesa.

Abdelatif Abdeselam, autor del corto Salvador, firma la primera de esas tres historias, que narra en flashback la guerra civil que tuvo lugar en el país a través de uno de sus participantes que guarda un recuerdo de ella en forma de molesta bala y que quiere para su hijo un futuro mejor.  Adán Aliaga, al que algunos recordarán por aquel interesante experimento visual en B/N premiado en Seminci llamado Estigmas, basado en un cómic y protagonizado por el lanzador de peso Manolo Martinez, no deja ni la más mínima pista sobre que se trate del mismo director en la tercera historia, que cuenta la relación que se establece entre una niña sordomuda y un viejo cantante ciego. Como aquella Ciegos, Sordos y Locos de Richard Pryor y Gene Wilder pero en un registro mucho más lírico y hermoso. Entre estas dos rebanadas de ficción, la jugosa carne del documental que le da verdadero sabor al exótico sándwich: una historia sumamente personal de Carla Subirana, la directora de Nadar, que cuenta su regreso a Mozambique dos años después de su primera visita y su búsqueda por el país de una mujer que le marcó y que puso su nombre a su hija.

Como toda película compuesta de tres historias independientes mezcladas para la ocasión, el resultado es desigual. Pero Kanimambo tiene la ventaja que su parte más débil corresponde al primer eslabón, narrado siguiendo el uso muy africano de simplificar la historia lo más posible pero con una puesta en imágenes igualmente simple y algo descuidada. Luego sube a lo más alto con el documental en primera persona de Subirana, que mezcla de forma admirable la imagen fija de sus fotografías, su propia voz en off y la desarmante verdad que transmiten esos rostros francos y bellos con los que va encontrándose a lo largo de su búsqueda, que se va transformando poco a poco con aquellos detalles sutiles que capta su cámara en un poético a la vez que certero retrato del país. Tras el despliegue de Subirana, la vuelta a la ficción de Aliaga es un descenso a tierra algo brusco, pero no exento de interés: tanto ese peculiar músico invidente como sobre todo esa prodigiosa niña sordomuda capaz de expresarlo todo con su mirada mantienen un hermoso diálogo que se llega bien al espectador.

Isaki Lacuesta demostró con su díptico Los Pasos Dobles y El Cuaderno de Barro que hay todo un mundo por explorar a tiro de piedra del nuestro, en ese enorme, diverso y fascinante continente africano al que damos la espalda de forma constante. Esta sencilla a la par que agradable Kanimambo es otro pasito más en esa dirección – y no la única que veremos en Málaga, por cierto: mañana llega Wilaya de Pedro Perez Rosado, rodada en el Sahara – y estaría bien que sirviera para ensanchar las a menudo demasiado cortas miras de nuestro cine.

Memoria de mis Putas Tristes

De adaptaciones en tiempos de crisis

Como les decía, no es del todo cierto que las producciones españolas hayan dejado de mirar a latinoamerica, aunque ya no esté el horno para muchos bollos. La prueba, un tanto peculiar, es esta traslación al cine de la última novela de Gabriel García Márquez , una co-producción con participación española dirigida por el danés Henning Carlsen – si se preguntan qué hace un danés con 25 años de carrera metiéndose en el embolao de adaptar una novela como ésta, no se preocupe, que no es el único – y que guarda un as en la manga: haber contado con el gran veterano Jean Claude Carriere como guionista de la adaptación. Un reparto de veteranos tan solventes como Emilio Echevarria, Geraldine Chaplin y Angela Molina arropaban asimismo la propuesta, que por cierto parece ser que va a ser la última adaptación a la gran pantalla de una novela de García Márquez. Al parecer el principal exponente de eso tan difícil de trasladar al cine como es el realismo mágico debe estar ya un poco harto de que destrocen sus novelas en el proceso.

Hay películas que mejoran las novelas en las que se basan. Hay muchas más que desmerecen el material literario de partida, revelándose incapaces de llegar a transmitir de forma acertada las sensaciones del libro original. También hay otras en las que uno puede reconocerse habiendo sido previamente lector de las mismas, aun y cuando ambos vehículos para narrar la historia sean diferentes. Por último hay algunas que se quedan en tierra de nadie, que no cumplen ni lo uno ni lo otro, obras correctas que ni deslumbran ni ofenden pero que provocan una cierta indiferencia. Memoria de mis Putas Tristes pertenece a esta última categoría: no puede decirse mucho malo de ella porque es una película correcta y dirigida con cierto oficio. Pero tampoco resulta especialmente memorable.

Para quien no haya leído la novela breve en la que se basa – algo que permite a Carriere y Carlsen tomarse ciertas libertades, lo cual en este caso resulta más positivo que negativo – Memoria de mis Putas Tristes narra la historia de El Sabio, un periodista a punto de cumplir 90  años que decide celebrar tan redonda efeméride acostándose con una muchacha virgen de 14 años, para lo cual llama a la madame de confianza de un burdel que siempre ha frecuentado, dado que El Sabio, a lo largo de su vida, jamás ha tenido una relación estrecha con una mujer a la que no haya pagado por ello, como tenemos ocasión de comprobar en los numerosos flashback que recorren la película. El planteamiento, más allá de lo escandaloso que pueda resultar por lo políticamente incorrecto (en su momento la novela ya despertó no poca controversia y la película se cuida muy mucho de no exacerbar los ánimos en ese sentido con algunas decisiones discutibles) acaba por configurarse en una interesante reflexión sobre la vejez, el paso del tiempo y nuestra relación con el amor, que puede llegar de las formas más extrañas y en los momentos más inesperados, algo que muchos, cegados por su intransigencia, no supieron apreciar en su momento y a lo que la película se mantiene bastante fiel.

Carlsen cuenta con el colchón que le proporcionan sus estupendos actores, empezando por ese Emilio Echeverría que resulta convincente en su papel más allá que aparente los 90 años mejor conservados de la historia del cine siguiendo con una inspirada Geraldine Chaplin y terminando con una breve colaboración de las dos Molinas, Angela y su hija Olivia, dando vida al mismo personaje en dos épocas distintas, una decisión sin duda acertada. Más discutible resulta el reiterado recurso de las conversaciones telepáticas entre Echevarría y Chaplin sin teléfonos de por medio o la edad aumentada de la adolescente objeto del deseo del anciano, pero como digo el tono general de la película es correcto, Carlsen conoce su oficio y sabe narrar. No será ésta tampoco una adaptación memorable de García Márquez al cine – que poca suerte ha tenido en ese sentido un autor tan maravilloso – pero se deja ver con cierto agrado.

Seis Puntos sobre Emma

Por último, y fuera ya de la sección oficial a concurso, me gustaría destacar la presencia de una en mi opinión bastante estimable opera prima del director Roberto Perez Toledo, autor de un buen número de cortometraje que ha dado aquí su salto al largo con una historia protagonizada por una chica invidente con unos evidentes deseos de convertirse en madre que se enreda con el atractivo terapeuta de dirige unas sesiones a las que acuden un tan variopinto como interesante grupo de discapacitados. La Emma del título – una esplendida Verónica Echegui que, como decíamos ayer a propósito de María Valverse, es otra de esas actrices jóvenes que está creciendo de forma imparable con sus últimos trabajos – es una ciega cuya ceguera va mucho más allá de la física. Creyendo tenerlo todo controlado y siguiendo los pasos de sus deseos, acaba por encontrarse en el centro de un triángulo entre el terapeuta y el hermano de una vecina que se obsesiona asimismo con ella que se va descontrolando de forma progresiva.

Uno de los errores más habituales de un director novel es tratar que su primera película sea una de esas obras “más importantes que la vida”, demostrar que se posee un rico universo personal y propio a las primeras de cambio por el camino equivocado y buscar la mejor forma de llegar al espectador potencial. El resultado más habitual suele ser o bien una película demasiado pretenciosa o bien demasiado complaciente. Roberto Pérez Toledo ha huido con inteligencia y habilidad de ambas cosas y su película, una propuesta tan sencilla como bien llevada que mezcla con habilidad emociones y sentido del humor, resulta una obra de lo más agradable con la que se conecta fácilmente y que sabe abrirse paso al interior del espectador.

Quizás lo más interesante de Seis Puntos sobre Emma – más allá, insisto, del estupendo trabajo de Verónica Echegui dando vida a la invidente protagonista – sea su mirada al mundo de la discapacidad. Roberto Pérez Toledo juega con un material arriesgado, dado que hacer comedia con ese grupo humano compuesto por discapacitados tanto mentales como físicos es algo con lo que no muchos se atreverían  a intentar. Pero Roberto consigue que el espectador se ría con ellos, no de ellos, lo que es una diferencia tan sutil como importante. Lo que queda en muchos de los espectadores más allá de la historia de amor que es el motor emocional del filme son esas estupendas secuencias cómicas en las que los discapacitados, como seres humanos normales y corrientes que son más allá de su discapacidad, expresan con entera libertad y naturalidad sus deseos, experiencias y sueños, provocando tanta hilaridad como genuina emoción. Perez Toledo sabe perfectamente de lo que habla: él mismo va en silla de ruedas. Un detalle nada menor que no le ha impedido sino que posiblemente le ha ayudado a ser el responsable de una estupenda e inteligente primera película de lo más recomendable.

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