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02.05.12
15º Festival de Málaga

15º Festival de Málaga – Crónica Nº2

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Wilaya

De reencuentros, frustraciones y tristezas

Hay películas cuya importancia o trascendencia radica en elementos que poco tienen que ver con su mayor o menos calidad. Que España tiene una deuda pendiente que nunca terminará de pagar del todo con el Sahara Occidental, aquella provincia 53 que abandonó en manos de Marruecos en 1975 es una de esas cosas a las que habitualmente no damos una excesiva importancia. Acallamos nuestra mala conciencia a base del trabajo de las ONG, los programas de acogida en familias de niños saharauis durante los veranos, las ayudas humanitarias para un pueblo que sigue esperando que se haga realidad ese derecho a la autodeterminación reconocido por las Naciones Unidas, aunque con el paso del tiempo, y ya van tres generaciones de saharauis que no han conocido otra cosa que los campos de refugiados argelinos, resulta algo que se antoja cada vez más y más utópico.

Pedro Perez Rosado, que ya abordó los orígenes de este conflicto en Cuentos de la Guerra Saharaui (2004) y en el documental Sahara, Un Pueblo (1996), vuelve de nuevo a los campamentos para contarnos la historia del reencuentro entre dos hermanas a la muerte de su madre. Una fue criada en el seno de una familia de acogida española desde los diez años, con pasaporte español y todas las ventajas que supone haber crecido en libertad en nuestra sociedad sin que eso le haya hecho olvidar sus raíces. La otra, que quedó en los campamentos con su madre y el otro hermano, una luchadora acostumbrada a enfrentar las dificultades. Su reencuentro, repleto de humanidad, obliga a la primera a recordar sus raíces y pensar qué puede hacer por esa familia que quedó atrás. Ha de decidir si quiere volver a un sitio donde su futuro resulta incierto o aprovechar las oportunidades que su posición de privilegio le brinda en España. No es para nada una decisión fácil.

Resulta difícil no sentirse conmovido ante la historia que cuenta Pedro Perez Rosado. La descripción que hace de las duras condiciones de vida en esos áridos campamentos de refugiados, la falta de esperanza y la resignación ante unas circunstancias impuestas que no tienen viso alguno de cambiar en un futuro próximo, algunos apuntes sobre la situación de la mujer en esa sociedad – aunque las saharauis gozan de una libertad mucho mayor de la que disponen las mujeres en otras sociedades árabes de su entorno, no deja de ser una libertad condicionada por esa cultura – la honestidad, en fin, que subyace tras toda la propuesta, más valiosa por servir de recordatorio de una situación que preferimos ignorar que por la forma en la que está contada la historia en sí, hacen de Wilaya una película importante.

Más allá de ciertas debilidades en el guión y la interpretación de estos actores no profesionales – hay algún que otro momento puntual en el que el espectador puede despistarse por algo que no queda bien explicitado, ya sea por estar escrito de forma poco clara o por el trabajo de los actores, desigual incluso dentro de una misma interpretación – Wilaya se beneficia de la fuerza de sus dos protagonistas que reproducen en sus personajes sus situaciones personales reales: uno intuye que esas dudas y la frustración de Fatimetu son parejas a las de Nadhira Mohamed,  algo que esta debutante aprovecha bien para apuntalar un buen trabajo mientras que la capacidad de adaptación a las circunstancias de Memona Mohamed (por cierto: no son hermanas en la realidad, aunque compartan apellido) son de por sí evidentes. Con una hermosa fotografía, un final tan abierto como la propia situación de ese pueblo en puntos suspensivos y esa mezcla de melancolía e impotencia que invade al espectador,  Wilaya es, insisto, una obra que merece la pena ver aunque solo sea para recordarnos que seguimos teniendo una deuda pendiente con el pueblo saharaui.

Carmina o Revienta

Paco León, su hermana y la madre que los parió

Paco León lo dejaba muy claro a las primeras de cambio en la abarrotadísima rueda de prensa posterior a su sorprendente debut tras las cámaras que había inundado de carcajadas el Teatro Cervantes: “No intento empezar una carrera como director. Solo pretendía contar una historia” Es toda una declaración de intenciones que no debe caer en balde, sobre todo teniendo en cuenta que muy probablemente su película, un falso documental de una desfachatez y un atrevimiento inauditos protagonizado por Carmina Barrios, la propia madre del artista que jamás antes se había puesto antes delante de una cámara, acababa de convertirse por derecho propio en el fenómeno mediático de este Festival de Málaga.

Porque claro, esta Carmina, impresionante personaje a caballo entre una versión destroy de la Omaita que inmortalizaron los Morancos, el frikismo de aquellos personajes que invadían nuestro salón desde Crónicas Marcianas y la ternura y humanidad de esas madres y amas de casa sin otra escuela que la vida capaces de cualquier cosa para sacar adelante su familia con un puntito Torrentiano innegable resulta un cóctel tremendo que nos sume en la duda sobre si su madre es verdaderamente tal y como Paco León la retrata o está construida desde la ficción. Pero que no deja lugar a dudas sobre los orígenes del enorme talento tanto del intérprete de Aida, que ha tomado aquí la inteligente decisión de mantenerse oculto tras la cámara, y de su hermana, que nos deslumbró en La Voz Dormida y que vuelve a salirse en ese rol de choni poligonera que uno intuye que conoce de primera mano.

Carmina o Revienta está contada con inteligencia. La cámara se pone en marcha y su irresistible protagonista, disparatado producto de siglos de tradicional picaresca y esperpento pasado por el tamiz de una visión algo surrealista de la vida y un punto nada despreciable de provocación que haría sonrojar al mismísimo John Waters de Pink Flamingos o al primer Almodovar, se come literalmente a bocados la cámara. Uno no deja de sorprenderse ante la desfachatez producto no de la inconsciencia sino de algo perfectamente calculado desde el guión, una historia construida en diversos flashback que asumen el formato de un falso documental que aparenta ser poco más que una colección de sketch desiguales:  los hay ofensivos, descacharrantes, tiernos, repulsivos, escatológicos y sí, alguno que otro simplemente soberbio como el de esa conversación entre vecinas que deriva de Mayra Gomez Kemp hacia la familia real sin que nadie sepa exactamente cómo con resultados antológicos.

Vale, uno puede ponerse digno y argumentar que Carmina o Revienta no es una película sino otra cosa. Pero es algo absurdo, además de una pérdida de tiempo y saliva: lo que Paco León buscaba no es otra cosa que divertir, provocar la carcajada sin renunciar a ningún arma por tremenda que nos pueda parecer ni mucho menos pararse en barras ante la corrección política. Y eso, le pese a quien le pese, lo consigue de sobra en muchas ocasiones con un humor bruto, sí, de trazo más que grueso. Pero con el que uno no puede evitar descojonarse de vez en cuando porque por muy sofisticados que queramos ponernos, ese humor primario, sobre todo cuando alude a una realidad que uno sabe a ciencia cierta que existe a la vuelta de la esquina. Una cosa es segura: el Premio del Público lo tiene en el bolsillo.

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Ali

Adolescencia repelente

La jornada de hoy en la Sección Oficial es una de esas que parecen diseñada con escuadra y cartabón por un programador. Dos variaciones sobre un mismo tema, la adolescencia, con dos enfoques prácticamente opuestos y resultados también dispares. En la primera de ellas, Ali, el debutante Paco Baños le sigue de cerca los pasos a una chica de 18 años bastante repelente que aparenta una madurez y una responsabilidad algo impropia de su edad mientras huye de los compromisos con un noviete del que no quiere enamorarse, trata sin mucho afán de aprender a conducir y se toma muy en serio el cuidar de su un tanto desequilibrada y ciclotímica madre cuando ésta sufre de alguna depresión nerviosa, lo que produce una curiosa inversión de roles entre madre e hija.

La propuesta de Paco Baños gira por completo alrededor del personaje de Ali, una niña bastante repelente las más de las veces, con pose permanente de tenerlo todo bajo control cuando en realidad no controla nada de lo que sucede a su alrededor, que dice y hace cosas que uno no asocia a la edad que tiene salvo que se tenga una madurez bastante impropia y que, en fin, se pasa toda la película buscándose a sí misma mientras su madre inicia una nueva relación que ella no acepta, huye de los intentos infructuosos de su colega del curro para convertir su relación en algo más serio y juguetea con un vecino buenazo  que trata de enseñarle a conducir superando su miedo irracional a los coches, en una metáfora no demasiado sutil del proceso de madurez que afronta su personaje.

Ali descansa por completo sobre los hombros de la joven Nadia de Santiago, una actriz con carisma y talento que le otorga a su personaje una pátina demasiado parecida a aquella respondona Juno que hace unos años se convirtió en el fenómeno indie de moda en los EE.UU. gracias a su guionista Diablo Cody, que ponía en su bica líneas de diálogo mucho más incisivas y elaboradas de las que utiliza cualquier adolescente. Paco Baños se apoya por completo en Nadia de Santiago y ésta le devuelve un muy buen trabajo recreando a esta chica tan aparentemente rebelde como en el fondo desvalida. Solo hay un problema y es que más que probable que al espectador le importe más bien poco lo que le pase a la tal Ali, que en el fondo cae bastante antipática con esa pose de listilla resabiada y respondona algo cargante. Resulta extenuante el verse obligado a seguir toda la historia exclusivamente a través de los ojos de un personaje tan poco interesante. Por desgracia, no hay otra mirada a la historia que la suya, que domina toda la función.

Paco Baños trata de recrear una mirada personal en una película que se pretende fresca y que no disimula sus ganas de recoger muchas de las señas de identidad de cierto cine indie norteamericano. Sin embargo su propuesta fracasa en enganchar el interés del espectador, que solo puede quedarse con el estupendo trabajo de una esforzada Nadia de Santiago que uno intuye muchísimo más interesante que su repelente personaje – la chica tiene talento y no cabe duda que, si elige bien en el futuro, tiene por delante una carrera de lo más prometedora – de algún secundario eficaz como Luis Marco y poco, muy poco más.

Els Nens Salvatges

La educación de nuestros hijos

Mucha, pero que mucha más enjundia tenía la segunda propuesta protagonizada por adolescentes del día, Los Niños Salvajes, un proyecto que la realizadora Patricia Ferreira ha tratado más de cinco años en poner en pie y que viene que ni al pelo que se estrene en estos tiempos en los que los anunciados recortes en la educación pública hacen que muchos se pregunten si el modelo que tenemos actualmente y ese otro presumiblemente más terrible al que nos encaminamos con más alumnos por clase, menos medios y escasos apoyos, es lo más sensato para nuestro futuro, la formación de nuestros hijos.

Sin embargo Los Niños Salvajes no es tanto una película sobre el sistema educativo (que también) sino una mirada un tanto descarnada y bastante crítica sobre la incomunicación, la incomprensión y el abandono que pueden sufrir los adolescentes de hoy en día por parte de profesores pero aun más por parte de sus propios padres, a los que la película señala en último extremo como responsables en gran medida de esa situación con un arsenal de comportamientos con los que todos estamos familiarizados y consideramos normales. Patricia Ferreira construye su película alrededor de la amistad que surge entre tres chavales que vienen de familias de extracciones sociales distintas pero no desestructuradas, desde una chica cuyos padres tienen recursos sobrados hasta los humildes dueños de un pequeño bar que atraviesan problemas económicos pasando por una familia de clase media tipo.

Los tres chavales comparten una sensación de hastío e incomprensión ante el mundo que les rodea y no les comprende, de inutilidad ante lo que están obligados a hacer pero cuya importancia en sus vidas se les escapa. El talento de Alex para hacer graffitis no le sirve para canalizar una rabia cada vez más creciente que de vez en cuando le juega malas pasadas, los mensajes erróneos que Gabi recibe de su padre le sume en la más absoluta confusión y la desconexión progresiva que Laura siente ante unos padres capaces de castigarla sin salir una semana por sus notas un día y comprarle una moto porque se está esforzando mucho al siguiente hacen que ésta busque refugio fuera del ámbito familiar. Y cuando el sistema educativo y de orientación falla en proporcionar ese apoyo cualquier adolescente más o menos normal puede romperse bajo la presión.

Los Niños Salvajes, ya desde su irónico título, toma partido por los adolescentes y se muestra bastante más crítica tanto con los profesores como en última instancia con los padres. Patricia construye su película con mimo e inteligencia: más allá de una cuidada estructura narrativa que ofrece la información al espectador de forma metódica y de un excelente trabajo con ese reparto que mezcla rostros jóvenes – destaca sobremanera Marina Comas, a la que ya descubrimos en Pa Negre – con veteranos solventes como Ana Fernández o José Luis García Pérez, lo mejor de Los Niños Salvajes es su capacidad de hacernos reflexionar según la película se va a acercando a su desenlace sobre una pluralidad de temas que van desde el papel que juegan o deberían jugar los educadores – ojo a esa escena del claustro de profesores que parece sacada directamente de aquella de La Clase de Laurent Cantet, una obra notable con la que Los Niños Salvajes guarda, para bien, algunos puntos en común – los orientadores y por supuesto los padres. La película de Ferreira nos obliga a pensar y a ser muy autocríticos y exigentes con nosotros mismos en un tema tan candente como delicado y fundamental para nuestro futuro.

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