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02.05.12
15º Festival de Málaga

15º Festival de Málaga – Crónica Nº3

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Buscando a Eimish

¿De verdad era necesario buscarla?

El otro día comentaba a propósito de Seis Puntos Sobre Emma que uno de los mayores peligros que debe sortear un director novel consiste en no resultar pretencioso, en los riesgos que supone querer dejar a toda costa un sello de estilo propio y olvidarse de contar una historia porque es fácil despeñarse por el precipicio. Eso es lo que por desgracia le sucede a Ana Rodríguez Rossell en Buscando a Eimish, una relamida comedia romántica que cuenta la historia de una pareja que se separa de forma abrupta cuando la Eimish del título – que no es que practique esa religión de Testigo en Peligro que suena igual, es que es muy moderna ella y se llama así – coge las de Villadiego y deja plantado a su pareja sin darle ningún tipo de explicación más allá de que quiere tener familia pero no con alguien que no la desea y por supuesto, sin decirle donde va.

El novio, un Oscar Jaenada con pinta de no saber muy bien que pinta en la película – claro que su personaje tampoco es que sea un prodigio de inteligencia – agarra un tren y sale detrás de ella, intuyendo que tiene asuntos pendientes de resolver con un ex en Berlin, iniciando un periplo que también le llevará por Verona y unos preciosos pueblecitos de postal de esa Toscana que todos conocemos gracias al cine. Mientras la una se pasea por Berlín enfrentándose a su pasado, el otro la busca por Verona siguiendo otras pistas. Y cada uno hace el periplo que debe hacer para encontrarse a sí mismo. O algo así. Por allí pululan un Jan Cornet que sufre pesadillas – posiblemente debido a que aun no se ha recuperado del trauma al que sometió Almodovar a su personaje en La Piel Que Habito, por mucho que le valiera un Goya – una Emma Suarez embutida en unos preciosos modelitos dignos de cualquier película de Wong Kar Wai que luce de forma esplendorosa (mejor por detrás que por delante, eso si), un ex alemán al que su nueva mujer amenaza con matar en cualquier plano y un Birol Unel que no se sabe muy bien que pinta por allí, más allá de recitar poesía, cazar moscas, dormitar y poner cara de “¿Dónde está mi jodido cheque por poner mi careto en esto?”

Buscando a Eimish no funciona pese a la descomunal belleza de una Manuela Vellés que luce impresionante en el filme, sacando la directora el máximo partido de su incuestionable fotogenia y su facilidad para acuar sus ojos y soltar la lagrimita, no funciona pese a que la estructura de continuos saltos temporales tenga buenas transiciones, no funciona pese a la melancólica BSO de Alondra Bentley y pese a que saca en pantalla un Berlin tan pintoresco y bohemio y una Verona tan bonita capaz de convertir Vicky Cristina Barcelona en una peli neorrealista de Rossellini o Visconti. Porque para que funcionara tendría que conseguir que te implicaras en las emociones y lo que sienten sus personajes. Y la verdad sea dicha, a mi al menos me importa un pito lo que le pase a semejante par de pijos desubicados.

No deja de ser una lástima porque la verdad es que la película rebosa de planos cuidados y alguna que otra idea visual interesante, como esa cercanía de la cámara a los rostros de sus actores en momentos en los que la ocasión lo requiere. Pero para conseguir verdadera poesía y extraer emoción no basta con filmar lo que consideramos bello o poético. No es algo que se deba forzar, debería surgir sin esfuerzo de la mente del espectador. Eso no ocurre con esta Buscando a Eimish en la que el espectador acaba por preguntarse si verdaderamente era necesario salir a buscarla.

El Sexo de los Angeles

De afinidades electivas y equilibrios inestables

No puede decirse que el tema del trío sentimental sea precisamente algo novedoso en el cine. Más bien al contrario: disponemos de obras tanto clásicas como canónicas sobre un tema que siempre ha estado ahí e incluso un buen puñado de películas españolas que con mayor o menor fortuna han abordado el tema del triángulo como alternativa a las relaciones de pareja tradicionales. Xavier Villaverde, el director de Finisterre (1999) o Trece Campanadas (2003)  asume el reto de volver a enfrentarse a una variación del mismo tema pero desde una perspectiva que a mi al menos me resulta a priori interesante: cómo pueden vivirlo las generaciones más jóvenes, supuestamente mucho más abiertas y tolerantes en cuestiones de libertad e incluso orientación sexual. Las viejas cuestiones de la razón enfrentada al deseo, de los límites que uno puede o no traspasar en la relación de pareja, de la fidelidad entendida más allá de una cierta permisividad, todo ello aparece en esta película de Villaverde que si bien no tiene un planteamiento demasiado original, al menos si parece tratar de esforzarse en parecer acorde con los tiempos actuales.

Carla (Astrid Berges) y Bruno (Llorenç Gonzalez) son una pareja feliz que parece tenerlo todo. Ambos son guapos, atractivos, se quieren y se entienden en la cama divinamente. Hasta ahí todo estupendo. Pero un día entra en juego Rai (Álvaro Cervantes) un tipo atractivo con un punto misterioso e inquietante que le entra por el ojo a Bruno, con el que inicia una tórrida relación con un fuerte componente sexual. Claro, a Carla digamos que esto no le sienta especialmente bien y decide romper la relación. Pero Rai consigue hacerle ver que ambos le ofrecen a Bruno cosas diferentes y que no tienen por qué ser incompatibles sus relaciones con él entre sí. A partir de aquí se crea una nueva relación de equilibrio inestable, un terreno muy frágil al que todos tratan de acomodarse.

La película de Xavier Villaverde tarda un poco en entrar en materia, pero hay que reconocer que cuando lo hace engancha al espectador jugando dos cartas fundamentales. Uno es el innegable atractivo pero también el buen hacer de sus actores, especialmente ese Álvaro Cervantes que está en mi opinión un escalón por encima en un personaje que tiene algo de puesta al día de aquel ser turbio que interpretaba Terence Stamp en la canónica Teorema de Pasolini. Otra es la agradable frescura y naturalidad con la que se presenta una historia repleta de aristas que bien podría haberse ido por el terreno mucho más lógico del drama. Al desdramatizar la historia, presentarla con naturalidad – con toda la naturalidad que puede presentarse una relación a tres como ésta – y jugar bien la carta del sentido del humor (ojo al personaje de la amiga y confidente de Carla) Villaverde hace que el espectador comience a preguntarse lo que haría en una situación semejante y al conseguir eso tiene mucho ganado.

Por supuesto, esas generosas dosis de escenas de sexo donde vemos a los guapos protagonistas retozar sin complejos también ayudan a que no decaiga el interés. Villaverde no está interesado en resultar discursivo o solemne: se limita a presentar su historia e intentar que el espectador reflexione sobre ella. Por eso resulta una verdadera lástima que la película se vaya por derroteros de mal guionista en su horripilante tramo final. No por la resolución de la historia en sí, sino por la forma en la que lo presenta, con un recurso impostado que va precisamente en contra de lo mejor del filme: su naturalidad. Lástima ese regusto amargo final porque la película de Villaverde, sin ser demasiado original, no carece de ciertas virtudes.

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Balance y Palmarés: El enfermo se resiste

Como si se tratase de uno de esos enfermos crónicos al que los médicos han desahuciado ya más veces de las que uno podría recordar pero que con terca obstinación se recupera una y otra vez para desesperación de todos esos agoreros a los que les gustaría certificar su defunción, el cine español resiste. Al menos lo hace en este reducto que es el Festival de Cine de Málaga, al que podrá achacársele sin duda una mayor amplitud de miras en lo que se refiere a la diversidad y el riesgo de las películas seleccionadas a concurso en Sección Oficial y una cierta complacencia en estar demasiado volcado en un público que por desgracia no frecuenta las salas para ver cine español como sería deseable ni lo considera como una parte esencial de su cultura. Sin embargo, en estos tiempos oscuros de recortes de las ayudas y paralización del sector, en estos tiempos en los que el renovarse o morir ya no parece un concepto abstracto sino una dolorosa realidad, Málaga ha ofrecido muestras de que el cine español sigue gozando de salud. Precaria, sin duda. Pero salud al fin y al cabo. El año que viene ya veremos.

Dos propuestas habían destacado por encima del resto en Sección Oficial. Y las dos estuvieron entre las triunfadoras de esta edición. Por un lado Els Nens Salvatges, donde Patricia Ferreira construye una inteligente y algo provocadora propuesta que pone el dedo en la llaga de uno de los problemas más acuciantes de este país: la educación. Y lo hace fijando su mirada no tanto en el papel de los educadores, que también, sino en el de los padres de esos adolescentes a los que tanto nos empeñamos en demonizar, haciendo que nos preguntemos sobre el futuro de esta bonita sociedad que nos estamos construyendo. La Biznaga de Oro a la Mejor Película, junto a los premios de Guión, Mejor Actriz de reparto para Aina Clotet y Mejor Actor de Reparto para Alex Monner (en gran medida por la buena química y la fuerza de las escenas que ambos comparten) harán posible que más gente vea una notable película cuya mejor virtud, por encima de cualquier otra consideración, es que se trata de una obra necesaria que todos deberían ver.

Junto a ella, A Puerta Fría, demoledora mirada a la crisis actual desde uno de esos vendedores crepusculares de la vieja escuela al borde del precipicio interpretado de forma magistral por Antonio Dechent, acompañado de un reparto ajustadísimo, era en mi opinión la película más sólida de las presentadas a concurso. Afilada como una cuchilla, primorosamente rodada y repleta de momentos magníficos, la propuesta de Xavi Puebla, que ya había dado muestras que de esto del mundo de las relaciones laborales y los negocios sabe un rato en Bienvenidos a Farewell-Gutmann, deja un sabor de boca tan brillante como en el fondo amargo en el espectador. Aparte del indiscutible premio a Mejor Actor de Dechent, al que por fin se le hace justicia tras toda una vida interpretando los más diversos papeles de reparto con este personaje construido expresamente para él, el Premio de la Crítica avala su calidad.

Pero el fenómeno de este 15 Festival de Málaga ha sido sin duda Paco León. Su Carmina o Revienta, inaudito falso documental que busca en todo momento la complicidad y la carcajada del personal con un personaje, su propia madre, la Carmina del título, demasiado increíble y al mismo tiempo cercana y reconocible en su tremebunda desfachatez e incorrección política hasta el punto que uno no deja de preguntarse dónde termina la realidad y empieza la ficción, no solo le ha valido el premio a la Mejor Actriz para Carmina Barrios, que ya puede ponerlo en una estantería junto a la Concha de Plata y el Goya de su hija María por La Voz Dormida,  sino un discutible Premio Especial del Jurado, que ante la falta de propuestas narrativas novedosas debió inclinarse por la más sorprendente que sumar al cantadísimo Premio del Público que desde el primer día de proyección todos sabíamos que iba a llevarse a casa. No sé si Carmina o Revienta se convertirá en un fenómeno mediático al estilo Torrente, pero mimbres tiene para ello. Cuestión bien distinta es que eso sea bueno o malo para nuestro cine, claro está.

Por lo demás, en este palmarés tan repleto de premios que lo complicado es no llevarse uno a casa, el Jurado presidido por Gonzalo Suarez decidió premiar en exceso Miel de Naranjas, la acartonada propuesta de Imanol Uribe, que se llevó Mejor Dirección – había trabajos mucho más premiables, por correctísima que fuera esta historia de resistencia en la posguerra – y Mejor Guión Novel para Remedios Crespo. El Sexo de los Ángeles, fresca adaptación a nuestros tiempos al manido tema del triángulo sexual y sentimental, le proporcionó una alegría a un estupendo director de fotografía, Sergio Gallardo, responsable también en el mismo apartado de Els Nens Salvatges y un premio ex aequo al Mejor Actor de Reparto para Alvaro Cervantes, uno de esos jóvenes actores a los que conviene seguir de cerca: a diferencia de otros compañeros de viaje del medio televisivo, estamos ante un actor de talento, con la cabeza muy bien amueblada que, si sigue eligiendo bien, tiene por delante una carrera interesante.

De justicia fue el reconocimiento a la belleza y delicadeza de la BSO compuesta e interpretada por Aziza Brahim para la muy necesaria Wilaya, una película saharaui para no olvidar las muchas deudas que aun tenemos pendientes con ese pueblo y extrañas las menciones especiales fuera de lugar a Kanimambo y a Angela Molina, que sonaron a cierta componenda como la concesión comercial al por otra parte más que correcto trabajo de montaje de The Pelayos, de lejos una de las propuestas más decepcionantes de este Festival, como habrán tenido ocasión ya de comprobar en los cines antes incluso de que les llegara este aviso. Por mi parte, eché de menos en el Palmarés algún reconocimiento para O Apostolo, curradísimo trabajo de animación en stop motion que por su brillantez técnica y su sola existencia tiene desde ya un lugar de privilegio en el cine español, más allá de que su arriesgada propuesta que mezcla camino de Santiago y referencias góticas y de terror al más puro estilo Tim Burton no sea, por culpa de un guión algo esquemático que perjudica su ritmo, todo lo redonda que uno desearía con todas sus fuerzas. Una firme apuesta del festival por el cine de animación que hay que saludar como acertada y que debería tener su continuidad en años venideros.

En ZonaZine que la extravagante y desigual propuesta de Chiqui Carabante 12+1 Una Comedia Metafísica (Mejor Película y Mejor Director) se repartiera los honores con el sólida y muy interesante debut en la dirección de Roberto Perez Toledo Seis  Puntos Sobre Emma (Mejor Guión y Mejor Actriz para Verónica Echegui) y la disparatada comedia financiada via crowfunding El Mundo Es Nuestro (Mejor Actor y Premio del Público) parecieron decisiones equilibradas de un Jurado que repartió entre la diversidad de las propuestas ignorando las obras más terribles de la sección paralela. En Territorio Latinoamericano tomen muy buena nota de la película colombiana ganadora, Silencio en el Paraíso, una durísima a la par que sólida visión de un conflicto enraizado en los más profundo de la identidad de ese convulso país narrado con fuerza, elegancia e inteligencia. Por último, la sección documental premió dos producciones españolas rodadas en el extranjero que son verdaderas disecciones de un estado de cosas: Yatasto, una historia de cartoneros infantiles en el gran Buenos Aires y Otra Noche en la Tierra, donde  a través de un puñado de taxistas y sus clientes, el talentoso David Muñoz clava un retrato del interesante momento que está viviendo Egipto tras la primavera árabe del pasado año. Todas ellas propuestas muy interesantes que está por ver si llegarán a nuestras carteleras. Que esa es otra.

En fin. Málaga cierra sus puertas un año más con dos conclusiones sobre las que reflexionar. Una es que desde luego el enfermo crónico no está ni mucho menos tan desahuciado como muchos lo pintan y se resiste tozudo a exhalar su último suspiro. El otro es que ante la grave situación que atraviesa todo el sector audiovisual tras la política de recortes salvajes emprendida por el gobierno con el aplauso inconsciente de muchos que no saben ponderar la importancia de nuestro cine no solo como industria generadora de empleo sino como valor cultural en sí mismo, nadie sabe lo que pasará el año que viene en el que el equipo de Carmelo Romero va a tener muchas menos películas entre las que seleccionar. Lo que no tiene por qué ser malo si eso hace que fije su mirada en ese nuevo cine español algo más alejado de las fórmulas convencionales que también existe y debería sin duda tener su hueco en un festival de estas características. Pero lo que está claro es que este país tiene un muy serio problema tanto con la percepción errónea y a menudo injusta sobre la calidad del cine español como en la debilidad de una industria que no sabemos si podrá reaccionar y adaptarse. Que la película de clausura del festival fuera Adios a la Reina de Benoit Jacquot, primorosa reconstrucción histórica de los primeros días de la Revolución Francesa desde la óptica de una criada al servicio de María Antonieta que por mucho que cuente con una parte de producción española (lo que justificaba su presencia) es un dardo envenenado en toda regla. Ese es precisamente el tipo de cine que según parece ahora mismo estamos muy pero que muy lejos de poder acometer. Pero es que claro, Francia y los franceses tienen claro un concepto de la defensa y consumo de su cine como partes esenciales de su cultura que aquí nos suena de lo más marciano. Así nos va, claro.

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