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05.11.10
25 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Competencia Oficial

Tuesday After Christmas (Marti, Dupa, Cracium, Radu Muntean, Rumania, 2010), por Jose Luis De Lorenzo

Crítica previamente publicada con motivo de exhibición en el 63ºFestival de Cannes.

http://www.asalallenaonline.com.ar/festivales/63o-festival-de-cannes/746–diario-del-festival-dia-1.html

Integrando la selección de Un Certain Regard llega un nuevo exponente del cine de moda actual, rumano, con méritos. Una senda que iniciaron La Noche del Sr.Lazarescu y Bucarest 12:08, mencionada en el largo.

Paul mantiene una tarde de sexo, al cabo de escasos minutos nos damos cuenta que Raluca no es más que su amante. El lleva diez años de casado, tiene una hija y conoce a su amante hace seis años, ya que es la odontóloga de su pequeña hija.

El amor, el sexo, las relaciones, las decisiones…

Paul es un hombre que actúa racionalmente sin importar las consecuencias, lo impulsa el deseo, no quiere herir ni pasar un minuto más de su vida fingiendo. Una eventualidad complica el panorama cuando Adriana (Mirela Oprisor), su esposa, acompaña al clan familiar a la clínica odontológica.

Es ejemplar ver la labor de Oprisor dentro del rol de mujer engañada, capta la atención como en Network lo fuera Beatrice Straight, da lugar a desarrollar una interpretación poderosa.

El Ilusionista (Sylvain Chomet, 2010), por Carlos Federico Rey

El Ilusionista es justamente lo que significa su titulo, es la ilusión de tener vivo por un rato al eterno Jacques Tati y lograr emocionarnos con su último guión, texto  que jamás llegó a filmar.

Sylvain Chomet, director de la magnífica película Las Trillizas de Belleville toma la responsabilidad de darle vida a este Tati y dibuja al mítico personaje ( con una precisión en cuanto a expresiones y movimientos casi matemática) en esta oportunidad llamado Tatischeff (el verdadero apellido de Tati) un ilusionista que deambula por bares y teatros europeos y no es visto prácticamente por nadie. Tatischeff conoce a una joven mujer en un bar escoses y comienzan una historia fraterna de cuentos de hadas inolvidable. El Ilusionista es una bella fabula que permite disfrutar una vez mas a uno de los mas grandes protagonistas de la historia del cine.

El Ilusionista (Sylvain Chomet, 2010), por Rodolfo Weisskirch

Elogio a Tatí

Una imagen vale más que mil palabras y con un lenguaje sencillo y simple se pueden reconstruir mundos reales y complejos. Eso es lo que propone Sylvain Chomet, en su nueva obra, tras el éxito de Las Trillizas de Belville.

Al igual que en su primer largometraje, el realizador de 47 años, nos muestra que la falta de diálogos puede enriquecer la pantalla siempre que la animación sea clara y el mensaje, universal. En este sentido, se lo puede considerar a Chomet, otro discípulo de Hayao Miyazaki, y un compatriota ideológico del cine de Nick Park o John Lasseter, dos artesanos de la animación contemporánea, que han demostrado con sus respectivas empresas, Aardman y Pixar, respectivamente, que las herramientas de las que se debe valer el realizador de animación son sus propias manos y el trazo de su lápiz, aún cuando sea virtual.

Esta vez, Chomet no solo se inspira en la imaginación, sino también en la obra de un artista completo (payaso, actor, guionista, realizador) de la década del ’50 proveniente de su Francia natal: Jacques Tati.

Con apenas 5 largometrajes (Día de Fiesta, Las Vacaciones del Sr. Hulot, Mi Tío, Playtime, Trafic) , Tati revolucionó el cine francés a fuerza de una inocencia keatoniana, basada en miradas, planos generales silenciosos, y una visión infantil del mundo que en realidad, termina siendo compleja e irónica, llena de ternura, humor y melancolía.

Inspirado por un guión nunca realizado por Tati en 1959, demasiado lúgubre según el autor, Chomet agarra la posta y dirige esta obra largamente esperada por los fanáticos del cine, y especialmente de ambos artistas.

Inteligentemente, Chomet homenajea a Tati con gracia y melancolía, pero lamentablemente hay más de la segunda que de la primera.

A veces hay obras que gustan más o menos, según la percepción que uno tiene de la vida en general, y del momento anímico que cada espectador pasa cuando ve la película en sí.

Y si uno anda medio deprimido o no quiere deprimir, El Ilusionista no es la obra adecuada. ¿Por qué? Porque destila melancolía y tristeza en cada plano. No a un nivel literario, vulgar o burdamente representado como se suele hacer en el cine estadounidense, sino a un nivel subtextual. El Ilusionista desilusiona en cierto sentido.

Aun con una mirada cínica y satírica alrededor de la ternura, nostalgia y melancolía que rodeaba a Las Trillizas de Belville, uno podía palpar cierto optimismo o esperanza, en medio del humor negro imperante. Pero en El Ilusionista, el texto es tan directo y poético a la vez, que a pesar de no usar recursos golpebajistas, primero planos de los personajes, diálogos o una empatía entre los protagonistas y el espectador, Chomet logra emocionar con muy poco, y un mensaje demasiado claro: cuando no hay espectadores, la magia y el arte están muertos, dejan de existir. Son solo trucos creados creados por hombres.

Esta moraleja tan sutilmente confeccionada, pero a la vez tan directa es lo que convierten a la película en un obra pesimista y desesperanzadora acerca del futuro de la sociedad. No hace falta tener un cinismo estupidizador como el de los hermanos Coen, para mostrar como la humanidad se viene abajo si no existe el arte, solamente ver como los jóvenes prefieren ciertas arbitriariedades de la vida, antes que el esmero de expresar un sentimiento a traves de la creación artística.

Tati, siempre fue un visionario en este sentido. Un crítico de la sociedad, un marginal. Pero tambien un amante del cine mudo, especialmente de Keaton (en cuanto a la inocencia, expresividad y sentido del humor) y de Chaplin, (por la manifestación social). En este sentido, Chomet se acerca un poco más al segundo, en su última etapa (la de El Pibe, La Quimera del Oro, Luces de la Ciudad y especialmente, Tiempos Modernos).

No dudo, que a pesar, de su pesimismo, El Ilusionista (al igual que Las Trillizas…) se convierta en un clásico y Chomet en un autor de culto. Más allá de las contundentes imágenes, los paisajes, el clima, el diseño de los personajes, se trata de una obra atemporal. Al poco tiempo de situarla en París, 1959, nos olvidamos del tiempo. El mensaje es demasiado contemporáneo y por eso impacta.

Se destaca la cinefilia de Chomet y el amor por la obra de Tati (asi como el tributo de este por el Music Hall), y como ya dijeron varios colegas, la secuencia en la que personaje y creador original se reúnen en un cine, provoca una grata sonrisa en el amante cinematográfico.

Los 80 minutos y la narración episódica provocan que el relato se haga un poco monótono, y por momentos tedioso, pero aún así es una maestra, que imagino se va a poder apreciar más si uno está con el ánimo adecuado para verla, y que no va a faltar en ninguna retrospectiva de los tesoros cinematográficos que Francia ha heredado del gran Jacques Tati.

Chantrapas (Otar Iosseliani, 2010) por J.L.D.L.

Nicolas es un jóven cineasta cuyos trabajos no agradan a sus productores y sensores, metraje de fílmico malgastados en producciones que nunca verán la luz. Sus familiares sin embargo lo apoyan, su padre tan impulsivo como él mismo afronta similares instancias en otro momento de su vida, se violenta con sus pares cual si fuera un niño.

Nicolas debe migrar para conseguir que éstos proyectos se materialicen, un film sobre el fracaso.

Iosselani nos propone un viaje, jugando con la inocencia, la juventud y el crecimiento físico y personal, su visión sobre la de un cineasta, por qué no vincular a historias propias el relato.

 

Fase 7 (Nicolás Goldbart, 2010), por Carlos Federico Rey

El cine de género es posible en la republica Argentina. Fase 7, la opera prima de  Nicolás Goldbart (anteriormente editor en grandes éxitos del nuevo cine argentino como Mundo Grúa, El Bonaerense o películas que transitan el camino del cine de genero como Los Paranoicos de Gabriel Medina, que aquí participa como asistente de dirección) propone la relectura del cine clásico americano en una especie de Comedia/Thriller/Buddy Movie con influencias externas al cine como El Eternauta pero tomando como cimiento fílmico el cine de John Carpenter para construir la narración, desde lo visual , lo argumentativo y lo sonoro.

Coco (Daniel Hendler) esta casado con Pipi (Jazmín Stuart) y esperan tener a su primogénito ya que ella esta embarazada de siete meses. Tras hacer las compras de artículos domésticos en un supermercado, regresan a su casa y se enteran por un llamado de la madre de Coco que existe una alerta sanitaria grave con decenas de miles de enfermos a lo largo y a lo ancho del mundo. Nada parece alterar a esta pareja, ni el comportamiento de la gente ante la noticia (la horda de changos que invade el supermercado) ni la reacción de las autoridades ante la misma. Cuando los convocan a una asamblea en el hall del edificio hasta dudan en ir a ver que sucede. Goldbart, como en las buenas películas de genero, propone un tema central, en este caso el Apocalipsis como cáscara, casi como Macguffin, como diría Hitchcock, pero la película esta lejos de hablar del Apocalipsis , las películas atrapantes son las que tienen relieve, espesor, donde vemos algo en apariencia pero se esta hablando de otra cosa. Goldbart reflexiona sobre estas parejas modernas de clase media indolentes a todo lo que sucede a su alrededor, “mata tiempo” cultores de la batalla naval y la generala.

En el nuevo edificio conviven cuatro familias mas, una familia de coreanos que no se encuentran en el lugar en el momento del incidente, los Lange (Abian Vainstein en el papel del padre), los Guglierini (Carlos Bermejo como el “jefe” de familia), Horacio (el genial Yayo) con su hija y Zanutto, con el resucitado, y por fin, con un papel a su medida, Federico Luppi.

Todos son puestos en cuarentena por el ministerio de salud a causa del virus que aqueja a la población, el encierro que remite a películas de George Romero, Howard Hawks y principalmente John Carpenter donde grupos de resistencia deben soportar y aguantar el asedio que provoca una amenaza externa. La situación termina generando resquemores entre los vecinos que comienzan a luchar por el aprovisionamiento de los víveres disponibles. Luppi se revela y se convierte en una amenaza interna dentro de los pasillos del  edificio, con una escopeta a cuestas, y provoca que nazca la relación fraterna entre Horacio y Coco. El tema de las relaciones fraternas es algo común tanto en el cine de Hawks como el de Carpenter, películas como Río Bravo, Asalto en el Precinto 13, o Fantasmas de Marte para poner algunos ejemplos, proponen la alianza como oposición a la amenaza. La música, extremadamente carpenteriana, acentúa brillantemente tanto los momentos de suspense  como los de comicidad. Guillermo Guareschi, autor del score, aprende del maestro Carpenter; solo con un sintetizador Roland se puede hacer magia en el cine con un estilo de música minimalista que remite claramente a películas como Escape de Nueva York o They Live. Las referencias y los homenajes al cine de Carpenter son infinitas. Cuando Hendler sale de su impavidez y se da cuenta que realmente todo se fue al diablo entra a la casa de Horacio y bebe de una botella de whisky del pico, tal como hacia Kurt Russell en la misma situación en El Enigma de Otro Mundo, son momentos claves donde los personajes se resignan a entender que el mundo no continuará como funcionaba antes.

El brillante timing cómico entre Hendler y Yayo funciona a la perfección, las escenas que comparten con Luppi son memorables (hay un gran tiroteo con una enorme habilidad del director para producir en vibrante efecto visual a través  del montaje) y la química entre el actor uruguayo y Jazmín Stuart es una garantía ya probada anteriormente en Los Paranoicos, redondean esta brillante apuesta nacional al cine de genero, una bocanada de aire fresco que es necesaria y esperemos que se repita.

Silent Souls (Alexander Fedorchenko, Rusia, 2010) por Emiliano Román.

Ganadora de dos de los más importantes premios de la competencia oficial: mejor dirección y mejor guión,  Almas Mudas llega desde Rusia cargada de poesía visual y simbolismo colectivo.

A pesar de unos cuantos malestares que despertaron estos reconocimientos es irreprochable que esta obra goza de un alto valor cultural, social y humano. Aborda un tema tan incómodo como la muerte, pero lo hace de un aporte antropológico a través de los rituales culturales, los cuales posibilitan de alguna manera tramitar la insoportable idea conciente que es la desaparición absoluta de la vida.

Dos hombres pertenecientes a la cultura finlandesa en extinción Merja, emprenden el largo camino que lleva el ritual de cremación de la mujer de unos de ellos, como una forma de resaltar la feminidad de esta pero también, es un intento de resistir a la muerte de la tradición. “Una cultura sólo muere cuando desparecen los rituales y el lenguaje”.

Gran parte del relato está hecho desde el punto de vista omnisciente de uno de los protagonistas, el compañero del flamante viudo, es así como nos va introduciendo en el simbolismo y sentido que tienen estas tradiciones para esta gente. Este recorrido lo lleva a recordar la muerte de su madre y la relación con su padre, a través de algunos flashbacks que transmiten aquellas vivencias.

Los planos se detienen en los más ínfimos detalles de la ceremonia y reflejan las emociones de sus personajes, la fotografía logra captar los bellísimos escenarios naturales, la música un tanto enfática le brinda mayor solemnidad al relato, pero la debilidad de film radica en lo narrativo, por momentos se estanca en los rituales y la trama se torna algo adormecedora.

Igualmente goza de una gran calidad visual, sonora y sobre todo poética. Es un film que si bien parece que habla de la muerte, apuesta a lo contrario, estos dos hombres buscan la inmortalidad, tanto de la vida humana como de la cultural.

 

Aballay, el Hombre sin Miedo (Fernando Spiner, 2011), por Matías Orta

Aunque no lo parezca, hay varias y buenos exponentes de westerns argentinos. Desde La guerra gaucha hasta Juan Moreira, pasando por la paródica Los irrompibles, el cine nacional supo utilizar códigos del que fuera considerado el género estadounidense por excelencia. 

Pero la mejor exponente llega ahora con Aballay, el Hombre sin Miedo.

Siglo XIX. Años después de presenciar el asesinato de su padre, Julián (Nazareno Casero, soberbio como siempre) sale a vengarse de los asesinos. No tardará en descubrir que Aballay (Pablo Cedrón), el líder de los forajidos, dejó la violencia tras aquel episodio y decidió no bajarse de su caballo. Su sentido de la culpa es tal que los lugareños lo consideran un santo. Pero el pasado se niega a quedar en el olvido, y pronto volverá a correr sangre.

Basada en el cuento de Antonio DiBenedetto, Aballay posee la esencia y la fuerza de los clásicos de Far West, como los film de John Ford y hasta los spaguetti westerns, principalmente los de Sergio Leone. Allí están los planos generales (ya no de Monument Valley, pero sí de los hermosos cerros de Tucumán, donde se filmó la película); allí están los atracos a diligencias; allí están los personajes intentando sobrevivir en una tierra sin leyes, pero donde subsisten los códigos… hasta cierto punto. También hay elementos de tragedia, ya que Julián está al borde de convertirse en lo que más odia.

Fernando Spiner vuelve a demostrar que es un conocedor de los géneros cinematográficos y que sabe reinterpretarlos de un modo argentino. Ya lo había hecho con la ciencia-ficción, en La sonámbula y Adiós, querida Luna.

En cuanto al brillante elenco, además de Cedrón y Casero brillan Claudio Rissi como El Muerto, temible y amoral gaucho, otrora esbirro de Aballay. Moro Anghileri se luce como Negro, el interés romántico de Julián, la única que evita la deshumanización del muchacho. En roles secundarios pero interesantes aparecen Luis Ziembrowski (matón aliado de Aballay), Gabriel Goity (un sacerdote español) y Horacio Fontova (curandero cordobés).

La película demuestra que las historias gauchescas no murieron con Martín Fierro y Don Segundo Sombra, y que el cine de género en Argentina está pasando por un momento más que interesante.

The Hunter (Rafi Pitts, Alemania, Irán, 2010), por J.L.D.L.

 

Inusual film iraní, uno bien podría imaginarse un metraje de velocidad característica, temas de profunda agudeza, pero no, The Hunter no es el caso, es atípica, violenta, personal, sombría.

La historia posee dos divisiones fácimente identificables, intenta cubrir el cambio personal de alguien que frente a un ambiente socio político hostil, víctima de un confuso episodio que tiene repercusión sobre los integrantes de su familia dan causa a ese cambio de actitud marcado en el personaje principal, un ex convicto que decide delinquir ante la vaga respuesta a su pérdida. La segunda mitad del film es imponente con lugar a reflexión sobre los actos humanos desesperados.

Presentada en la 60ºBerlinale, su director Rafi Pitts quien también actúa presenta un logro no menor en su ascendiente carrera, perfilando como un de los directores iraníes que vinculan la actualidad social de Iran con distintos géneros cinematográficos.

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