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27.05.12
2º Fest. Int. de Cine Ind. de Cosquín (FICIC)

2º FICIC Festival Int. de Cine Indep. de Cosquín – Día 3

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Amanece nublado pero, dado que es el último día del festival, solo es una excusa más para ir al cine. La incertidumbre que acompaña la previa a la entrega de premios ya se empieza a sentir. Pero lo más importante de todo, se proyectan algunas películas muy esperadas, al menos por mí. La primera función a la que asisto este sábado es la de Yatasto, un documental cordobés sobre un grupo de chicos de un barrio marginal de las afueras de la Ciudad de Córdoba.

Fue la proyección más accidentada del festival. Primero, la función anterior terminó más tarde de lo esperado. Luego, hubo un problema con el subtitulado: valga la pena la aclaración, el acento cerrado de los chicos y algunas expresiones muy locales ameritan subtítulos. Finalmente, hubo que cambiar la copia del film. Igual, esto resulta meramente anecdótico. El público esperó fiel y ansiosamente para ver una película que, por lo que se pudo observar, venían esperando de la misma forma desde hacía tiempo.

Yatasto es uno de esos extraños casos que, por motivos de agenda, no pude ver con anterioridad. Aclaro esto porque tuve la oportunidad de conocer a los realizadores del film, y creo que eso le sumó algo al visionado de ella. No obstante, más allá del encanto de los jóvenes protagonistas, un par de momentos entretenidos y una realización correcta, no creo que haya cumplido con todas las expectativas que había generado.

Aproveché unos momentos que tuve entre función y función y me acerqué al río para conocer, al menos un poco, la ciudad que me había albergado los últimos días, de la cual había visto unas pocas cuadras y su plaza principal. Para quien viene acostumbrado a ríos como el De la plata o el Riachuelo, el Cosquín resulta realmente bello. Lamentablemente, Las Acacias me estaba esperando, y caminé las 3 cuadras que separaban el cine del paisaje de los cerros y el río.

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El film de Pablo Giorgelli es sumamente particular. Una historia chiquita, simple, con una realización minimalista, da por resultado una opera prima sumamente sutil y sentimental. La historia avanza, y las pocas cosas que pasan lo hacen casi sin darse cuenta. Vale la pena destacar, brillante como siempre, la dirección de fotografía de Diego Poleri. Normalmente el cine de autores que trabajan con cosas tan mínimas como un viaje en la ruta, aun cuando hablan de grandes temas, suele tener una recepción bastante reacia del público. Lo cual no quiere decir que ni el director ni la película sean malos, sino que se requiere una predisposición particular, algo para lo que el espectador no siempre está listo. Pienso en lo diferente que puede resultar ver esta misma película, no en la tranquilidad de este festival, sino en una tarde de semana en el Gaumont, en medio de la vorágine porteña; no estoy seguro si hubiese entrado en el ritmo de la película tan rápido o me hubiese conectado con los personajes con tanta facilidad. En ese sentido, agradezco haberla visto aquí, agradezco haberlo tenido a Pablo en la sala para contarnos anécdotas del rodaje. Acertada la remera que vestía el director en la sala, con la leyenda “Una historia sencilla”, en referencia al film de David Lynch, porque eso fue lo que presenciamos: sencilla, sí, pero buena también. Esta sería para muchos la última proyección del festival, tanto para quienes la vimos en esa función, como para los se quedaron afuera y la vieron en la función que agregaron.

Del microcine nos fuimos en caravana al Teatro El Alma Encantada para presenciar la charla que darían Santiago Mitre y el propio Pablo Giorgelli sobre el recorrido de sus películas. Una charla que se concentró en ese punto en el que lo artístico y lo comercial se cruzan, para entender cuál es el mejor camino que conviene seguir para difundir una película, a partir de la que uno hizo. En ese sentido, los directores convocados fueron elecciones interesantes, puesto que ambas películas siguieron un camino atípico, alejado del convencional estreno masivo en salas comerciales, o bien del estreno con pocas copias en salas del INCAA.

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Nuevamente, de ahí sin escalas para ir a la entrega de premios. No sin antes presenciar un pequeño recital de una banda llamada Droid Doll, que acompañaron todo el festival con su música electrónica. Sin ser un experto en música, debo decir que lo que hacían sonaba bastante bien. Luego vendrían los premios especiales como el “Gracias por Venir”, un poncho blanco, que se entregó para felicitar a los coscoínos que asistieron a la mayor cantidad de funciones. Después, los diplomas de participación a las selecciones oficiales de cada una de las tres categorías en competencia y, finalmente, la consagración del cine mexicano.

Los Cortometrajes dieron dos menciones especiales, la segunda para Memorias del Viento de Katherina Harder, que se vino desde chile para acompañar su obra documental. La primera mención, una grata sorpresa, Zombirama, el trabajo de animación sobre Zombies en argentina de Ariel Lopez V. y Nano Benayon. Finalmente, el premio, por decisión unánime, fue para Lo que Haría de Natural Arpajou, que narra la historia de una chica que supera una ruptura sentimental gracias a una serie de charlas con una telemarketer que le quiere vender un plan de larga distancia.

La selección de largometraje documental tuvo sólo una mención, que fue para la obra cordobesa Yatasto, mientras que el premio principal fue para la producción mexicana de Tatiana Huezo, El Lugar más Pequeño.

Finalmente, el premio a largometraje ficción. Una primera mención para El Espacio entre los Dos, obra cordobesa de Nadir Medina, quien subió a recibir el premio acompañado por su productora y los actores de la obra: un equipo muy joven de trabajo que estaba muy contento, y no es para menos, por el reconocimiento recibido. Y el galardón principal se fue para México, para la película El premio de Paula Markovich.

El festival se acabó. Me quedará el recuerdo de los cerros, de las películas, de los cortos, de la gente. Me llevo un lindo recuerdo de un festival chiquito pero en el que la intensidad y felicidad con que lo viven los locales contagia y hace que uno lo disfrute más.

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