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02.12.11
3º Semana de Cine Europeo

III Semana de Cine Europeo – Le Gamin Au Vélo

Le Gamin Au Vèlo ( Bélgica, Francia, Italia, 2011)

Dirección y Guión: Jean-Pierre et Luc Dardenne. Elenco: Cécile de France, Thomas Doret, Jéremié Renier, Fabrizio Rongione. Duración: 87 minutos.

En el marco de la semana del cine europeo, se proyecta con la presencia de sus directores, el maravilloso film El Niño de la Bicicleta. La sala estaba repleta, se respiraba gran ansiedad por todos los espectadores, de ver este último trabajo de los creadores de Rosetta.

La velada cinéfila estuvo a la altura de las expectativas, los hermanitos Dardenne demuestran una vez más porque son unos de los realizadores actuales más prestigiosos del viejo continente. El fuerte aplauso y ovación final, dio prueba de ello.

La historia parece sencilla, pero no lo es ni de cerca. Cyril, interpretado magistralmente  por el niño Thomas Doret, es un pequeño que es abandonado por su progenitor y dejado en un refugio para niños. De ahí en más la obsesión del protagonista es solo una, encontrar a su padre y así contrarrestar una realidad que él tanto desmiente.

En esa desesperación se encuentra con Samantha, encarnada por la siempre hermosa Cécile de France, una serena y ordenada mujer, con un evidente instinto maternal que se enternece con este crispado y rabioso muchacho. Es ahí donde se cruzan los dos deseos, el de Cyrill de encontrar a su padre, y el de Samantha de ser una madre salvadora. Este vínculo, cambiará la vida ambos notablemente.

Narrativamente inquietante, por momentos vertiginoso, dramático y apabullante, los Dardenne ofrecen nuevamente un relato que se sumerge en las complejas profundidades de las relaciones humanas desprovisto de todo tipo de juicio moralista y ponen sobre el tapete la ambivalencia que rigen al comportamiento a la hora de entablar vínculos. Cyrill es un niño, por momentos adorable y en otros, un pequeño demonio que dan ganas de bajarlo de un hondazo.

El desenfreno del niño, en su búsqueda constante, cuenta con una sola herramienta: su amada bicicleta. Esta sobreexcitación, nos agota de a ratos. Nosotros experimentamos el cansancio que este muchachito inquieto, no siente. El protagonista que aparece en casi todos los planos, muchas es veces seguido por la cámara en mano, pero también en otras oportunidades logra escabullirse de la misma. Esto le da un ritmo apasionante al largometraje, que a medida que avanza en lo minutos, incrementa en intensidad narrativa. La tensión no desaparece hasta el último plano.

Un dato interesante, es la música, es la primera vez que los Dardenne, utilizan este recurso en uno de sus film y lo hacen nada más y nada menos que con la sinfonía “Emperador” de Beethoven, la cual suena acertadamente en las escenas más conmovedoras de la cinta. La música amansa a las fieras dicen, y se escucha de manera muy brillante cuando este chico enfurecido puede entregarse al afecto de una desconocida.

A pesar de que Samantha y Cyrill sean dos planetas totalmente diferentes, un deseo en común los une, que es el de dar y recibir amor, esto les permite intercambiar sus bicicletas y transitar la incómoda y accidentada vida juntos.

Este ofrecimiento de amor, es el que los hermanos belgas sienten por el cine, y posibilitan gracias a películas como estas, enamorarse a uno cada vez más del séptimo arte.

 

Por Emiliano Román

O benditos sean los Dardenne

Un niño agarra fuertemente el tubo del teléfono. No quiere soltarlo, a pesar de que así se lo demandan. Su expresión, de una expectación indescriptible, es frenética. Está esperando oír una voz. Una sola voz, la de su padre.

El niño, Cyril, está internado en un instituto de menores. Está buscando a su padre. A pesar de que las autoridades del instituto lo han buscado y no han dado con él, Cyril está obstinado a encontrarlo. Se niega a creer que vendió su propia bicicleta, se niega a creer que se mudó, se niega a creer que no quiere verlo, se niega a creer que lo abandonó. Lo que vemos es sencilla y complejamente, la búsqueda que Cyril realiza de su figura paterna, el vacío que le provoca la ausencia de ese héroe con el que se identifica y que está dispuesto a seguir a cualquier parte.

Si en El Niño los Dardenne pretendían hablar acerca de la dificultad que posee un hombre adulto de aceptar la responsabilidad paterna, de abandonar ese estado de niñez, de delincuente infantil que cambia a su propio bebé por dinero; en esta película la mirada está puesta sobre el niño, quien debe aceptar brutalmente que su padre está ausente y que es necesario cambiar el rumbo, adoptar otra figura paterna.

El problema es que, justamente, el niño es un niño, y está preso de su propio laberínto. Buscando ese héroe paterno a seguir, se cruza con un delincuente callejero que “lo adopta como mascota” e inmediatamente reniega del amor que una joven peluquera, que lo adopta y acompaña, le pretende dar. Lo que se pone de manifiesto es ese mundo drásticamente adulto al que el niño, repentinamente, debe enfrentarse.

Pero el tema aún más importante es esa forma, tan característica de esta dupla, elegida para contarnos Rosetta, para contarnos El Hijo, para contarnos El Silencio de Lorna. Esa forma Dardenniana con todas sus constantes y variantes a cuestas. Su constante seguimiento del protagonista en tiempo fríamente presente, sin flashbacks ni ninguna articulación temporal notable de montaje, marcando y remarcando el proceso emocional que este atraviesa. Si en El Hijo el protagonista cargaba con la cámara en su espalda como un Jesús contemporáneo (carpintero y todo) que hace un sacrificio enorme en nombre de su hijo, aquí es este niño el que carga con el peso de todo ese mundo que se niega a aceptarlo en su condición de tal. En su condición de niño. Dispuesto a cualquier cosa por conseguir el amor de su padre. De un padre.

Ya van tres intentos de escribir esta primera oración de este párrafo, todos fallidos por no encontrar las palabras convenientes para describir la actuación del protagonista, Cyril, protagonizado por Thomas Doret, por parecerme todas ellas demasiado redundantes o empalagosas. Hasta el día de hoy (la película la vi el miércoles pasado) se me repite en la mente, en forma de loop, la escena que describo al comienzo de este artículo. Ese niño, frenético, ansioso, con su eterna remera roja, jeans y zapatillas, temeroso de hundirse en el abismo si suelta ese tubo del teléfono. Realmente no hay palabras que no suenen redundantes. Según los mismos Dardenne, en esa pequeña conferencia de preguntas de espectadores que ofrecieron al final de la película, para el casting se presentaron algo así como 200 niños, lo que pone indefectiblemente en evidencia el ojo criterioso de selección que poseen estos directores para con sus actores. No se si a raíz de esa conferencia es que se activó este mencionado loop, ya que mencionaron que la prueba crucial de dicho casting era la escena donde sostiene dicho tubo, esperando que atienda su padre. Detalle aparte.

Dudo mucho que hubiesen encontrado alguien mejor. El tal Doret, en definitiva, se lleva merecidamente todos los aplausos.

Por Martín Tricárico

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